Göttinger Predigten

deutsch English español
português dansk Schweiz

Startseite

Aktuelle Predigten

Archiv

Besondere Gelegenheiten

Suche

Links

Gästebuch

Konzeption

Unsere Autoren weltweit

Kontakt
ISSN 2195-3171





Göttinger Predigten im Internet hg. von U. Nembach

11º domingo de Cuaresma, 16.08.2009

Sermón sobre Ezequiel 2:1-5; Marcos 6, 7-17, por David Manzanas Pelegrina

 

Ahora es casi medianoche. Estoy mirando el salón de mi casa, sus paredes con las fotografías familiares y los tapices de artesanía que trajimos del último viaje. Mi casa sigue siendo la misma, mi familia no ha cambiado, el entorno que me rodea es el mismo y familiar entorno de los últimos años, pero yo siento que algo en mí ha cambiado, que ya no soy el mismo. Necesito plasmarlo por escrito para que, al leerlo yo mismo con una cierta distancia, pueda asimilar conscientemente el proceso desa­tado, y también como testimonio para mí mismo, para que mañana no caiga en la tentación de pensar que fue "un estado emocional pasajero".

Esta mañana, como cada domingo, estaba sentado en un banco de la iglesia, junto con otros hombres y mujeres; jóvenes, personas "maduras" y ancianos (¡casi la mayoría!, los jóvenes son ciertamente escasos) y pocos, muy pocos niños. Sí, allí estaba, participando del ritual dominical, ritual casi invariable, siempre compuesto de cánticos, lecturas y evocaciones de los textos sagrados, oraciones y la disertación del predicador o predicadora. Este domingo era el primero de un nuevo pastor, y estaba dispuesto a oírle con toda atención.

Me gusta aprender, por ello lo que más me satisface del culto, con todo su ritual, es la predicación. Sobre todo cuando el predicador (o predicadora) explica esos textos oscuros de la Biblia, esas parábolas asombrosas de Jesús que parecen tan inocentes pero que encierran auténticas sorpresas para sus oyentes. Me gusta aprender, y me siento satisfecho con descubrir que soy un "discípulo", alguien que aprende, que es guiado en el conocimiento de una doctrina o arte bajo la dirección de un maestro. Estoy orgulloso de ser un discípulo de Jesús, el Maestro, Él es quien me enseña.

Reconozco que en ocasiones (mejor, en muchas ocasiones) me cuesta mucho aplicar lo que he aprendido. El pastor hizo especial énfasis en la exigencia de las Escrituras en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre la teoría y la práctica. Y sé que un verdadero discípulo es mucho más que un "admirador". El admirador, o fan, se maravilla de aquello que hace el maestro o la persona objeto de su admiración; pero se conforma con ello, se contenta con saber que el maestro, el genio, sigue ahí, fiel a su forma, a su estilo, a su doctrina. El admirador no buscará remedar o imitar a su admirado, simplemente se "gozara" de verle, de oírle, o simplemente de sentirlo cerca. El admirador siempre será consciente de la gran distancia que hay entre él y el maestro, y asume que jamás podrá salvarla. El discípulo aprende y quiere vivir como el maestro, sentir las experiencias del maestro, imitar su vida e interiorizarla de manera que llegue a ser una vida propia. El discípulo es consciente de que entre él y el maestro hay una gran distancia, pero, a diferencia del admirador, siente que el maestro le alienta a salvarla y a ponerse a la altura del propio maestro. Por eso es mucho más exigente ser discípulo que admirador, y mucho más complicado también. Reconozco que en ocasiones no estoy a la altura, que paso con frecuencia la línea separadora de admirador y discípulo y me acomodo en lo primero. En esas ocasiones me oigo a mí mismo decir frases como: «es que Jesús era, al fin y al cabo, Dios, y yo solo soy un simple humano». Pero después de la predicación de hoy ya no puedo echar más balones fuera, ni intentar justificar mis momentáneas renuncias a ser un discípulo.

Pero como decía al principio, ya nada es igual. Esta mañana, en el culto dominical algo me sucedió. En el transcurso de la liturgia se leyeron dos textos, uno del profeta Ezequiel y otro del evangelio de Marcos. En los dos se hablaba de un envío; en el primero Dios envió a Ezequiel a hablar a un pueblo duro de entendimiento, que se había conformado con el título de ser "un pueblo elegido", aunque hacia ya mucho tiempo que se habían olvidado de la razón de ser de su llamamiento. En el segundo relato, el del evangelio, Jesús envía a sus discípulos, en equipos de dos, a hablar a ese mismo pueblo, que continuaba asentado en la seguridad de su conformismo. Y cuando todo parecía que transcurría en la seguridad plácida del ritual cotidiano, en el que a las lecturas bíblicas seguía el consabido himno, el pastor comenzó la predicación. Esperaba sentirme fortalecido en mi condición de discípulo, incluso alentado y estimulado a seguir aprendiendo, como se espera de un discípulo. Pero recibí algo distinto, diferente de lo esperado, algo difícil de explicar con palabras sin caer en los temidos y terribles "espacios comunes" de la "conversión, iluminación, toque del Espíritu, experiencia espiritual" o cuales quiera de los convencionalismos del hablar religioso. No sé cómo definirlo, pero sé que algo cambió. Y todo arrancó desde la exposición del sermón. Intentaré resumir las ideas principales que, sin duda, fueron el origen de lo que después me aconteció.

El pastor mostró que, tanto en la lectura de Ezequiel como en la de Marcos, el envío recae sobre personas que habían sido previamente llamadas por Dios, sobre personas que ya desempeñaban una labor: Ezequiel en el Templo, como Sacerdote de Dios; los doce como seguidores y discípulos de Jesús. Y en ambos casos el llamamiento supone un cambio en sus labores: Ezequiel dejaría la seguridad y prestigio del Templo para ir a hablar a "un pueblo desobediente que se ha rebelado contra mí (Dios)"; los doce dejarán la protectora compañía del Maestro para enfrentarse, solos, por primera vez, con un pueblo que, muy probablemente, ni los quiera recibir ni escuchar. En las dos lecturas, los servidores-discípulos son ENVIADOS, o lo que es lo mismo, son constituidos como APÓSTOLES, enviados con una misión que cumplir. Hubo otra cosa que me llamó la atención en la predicación: también en ambos casos, el llamamiento a ser apóstoles fue acompañado del recibimiento de un cierto poder: "entró en mí el poder de Dios" se dice en el caso de Ezequiel; "dándoles autoridad sobre espíritus impuros" se especifica en el caso de los enviados por Jesús. Un poder no para estar por encima de hombres y mujeres, ni para dominar territorios o conciencias, tampoco para alcanzar mayores prestigios ni, mucho menos, riquezas o privilegios. Un poder que capacita y permite hablar a un pueblo rebelde, que comunica fuerzas para que nada impida que esa palabra delegada llegue a sus destinatarios. Una autoridad sobre espíritus impuros, autoridad que somete a todo aquello que se opone y niega la manifestación de la voluntad de Dios de salvación para todos. Autoridad sobre todo aquello que quiere impedir la posibilidad de que toda persona se vuelva a Dios.

Recuerdo que en ese momento una sonrisa, no vacía de ironía y sorna, se dibujo en mi boca, mientras en mi mente se iban gestando, como en otras muchas ocasiones, pensamientos apuntando a otros: «Esto tendrían que oírlo aquellos que siguen sacando espíritus de las gentes, confundiendo enfermedades con posesiones demoníacas; esos hacedores de exorcismos en pleno siglo XXI» «Tampoco les vendría mal haberlo escuchado a aquellos que han hecho de la Iglesia un eje de poder político y mediático, que pretenden elevar a rango de ley civil sus propios criterios y principios morales». No era la primera vez que pensamientos como estos, o similares, se formaban en mi mente mientras escuchaba una predicación. Pero esta mañana sentí como un bofetón en la cara, y desperté a la conciencia de que seguía echando balones fuera, escapando de mi propia responsabilidad. Sí, estaba claro que los pseudocarismáticos del exorcismo rápido y fácil tendrían que haber oído esta predicación, y que los que ambicionan el poder de moldear la sociedad a gusto de sus doctrinas y creencias tendrían que analizar mejor lo que significa poder y autoridad; pero ¿qué tenía que ver eso conmigo? Y después del bofetón en mi cara sentí como si el pastor dejara de hablar para toda la comunidad y se dirigiera exclusivamente a mí.

„ŸTe estoy hablando a ti, sí a ti que estás sentado en ese banco de esta iglesia, cómodamente sentando y participando de un bello ritual dominical. A ti, para decirte que dejes ya de la relativa comodidad del discípulo y adviertas que Dios te está llamando para ser APÓSTOL. No como un titulo delante de tu nombre que aumente tu prestigio o tu sensación de poder, sino como enviado para hablar a los que no quieren escuchar, para anunciar la conversión a los que están presos de tantas y tantas ataduras que les impiden volverse Dios. No te fijes tanto en lo que deberían hacer otros y comienza a aceptar tus propios retos.

¿Estaba soñando? ¿Quizás el calor de agosto me había llenado de sopor y me mente me estaba jugando una mala pasada? No sabría decir qué fue lo que pasó, lo único que sé es lo que recibí. Y recibí la claridad para darme cuenta de que hoy sigue habiendo espíritus impuros que luchan contra el plan de Dios. Espíritus que tengo que aprender a ponerles nombres, pero que se manifiestan allí donde aparecen las ansias de poder y dominación, donde surgen el orgullo y la autosuficiencia, donde dominan el egoísmo y la ingratitud, donde reinan la avaricia y usura, y donde el fatalismo y el pesimismo lastran los deseos de cambio y renovación.

„Ÿ Sí, has entendido bien, y no, no estás dormido, aunque sí formas parte de un sueño. Del sueño de Dios de que todos sus hijos se pongan en marcha y acepten el reto del envío, de ser apóstoles con una misión. El sueño de Dios de que todos sus hijos dejen de mirar fuera de sí mismos para aceptar la encomienda de ser agentes activos en Su Reino. Tú formas parte de ese sueño, de ese deseo de Dios. ¿Qué esperas para iniciarlo? Esto dice el Señor: Hay muchos demonios que expulsar y muchos enfermos que sanar y yo te envío a ti. ¿Qué esperas?

El culto terminó. Vi las caras de siempre, y recibí los saludos cotidianos, pero cuando me acerqué a saludar al pastor me pareció ver una mirada diferente. Cuando estrechó mi mano me dijo:

„Ÿ Encantado de tenerte entre nosotros. Mi nombre es Ezequiel, como el profeta que fue llamado por Dios para hablar a su pueblo desobediente, a sus hijos tercos y duros de cabeza.

Ahora, a media noche, no me cabe ninguna duda de que Ezequiel me estaba hablando. Ya nada será igual. El Señor habló y hoy he escuchado.

 



Pastor David Manzanas Pelegrina
de la IEE en Alicante
E-Mail: davidmanzanas@gmail.com

(zurück zum Seitenanfang)