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ISSN 2195-3171





Göttinger Predigten im Internet hg. von U. Nembach

7. Domingo de Pascua, 12.05.2013

Sermón sobre Jeremías 31:33 c, por Jorge Weishein

 

 

"Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo"

 

Estimada Comunidad,

Cada vez que leemos este texto nos enciende de nuevo la esperanza. En los versículos que van del 31 al 34 Dios a través del profeta Jeremías renueva su pacto con su pueblo. A través, de la fe la comunidad cristiana relee esta palabra cumplida en la muerte y resurrección de Jesucristo. Dios se ha metido en nuestra historia, se ha metido en nuestras vidas, Dios mismo es quien vive y reina en nosotros.

Esta promesa y este cumplimiento en Jesucristo nos lleva a un trabajo de revisión espiritual muy profundo. Dios escribe en nuestro corazón. Dios habita nuestro corazón. Dios corre por nuestras venas llenando cada célula con su presencia. No existe la manera de exceptuarme de la presencia de Dios. Sin embargo, puedo desconocerlo, puedo negarlo, puedo vivir como si nada de esto fuera cierto. Seamos honestos: gran parte de la humanidad vive de esta manera.

Si está en discusión la existencia de Dios obviamente hablar de un pacto de Dios con la humanidad es algo que ya excede cualquier razonamiento racional y fiable. ¿Cómo es posible sostener una afirmación como la que hace el profeta en nombre de Dios? El sólo hecho de afirmar que el profeta habla en nombre de Dios ya deja a esta afirmación bajo sospecha para la gran mayoría.

La Biblia, sin lugar a dudas, está escrita en medio de una cosmovisión religiosa donde todo está sujeto a la dinámica que los dioses establecen en la historia. En ese momento uno puede creer en un Dios o en otro, pero raramente en ninguno. A partir del momento en que la ilustración hizo del discurso sobre Dios nada más que una expresión de deseos y entronizó a la razón para ser la nueva organizadora de la vida en el mundo, Dios se fue al descenso, pasó a las ligas inferiores. En los últimos 300 años el discurso sobre Dios no es más que una permanente apología de la racionalidad de la fe y una lucha denodada de un par de instituciones religiosas por seguir explicando su razón de ser en el mundo -moderno.

En las últimas décadas es cada vez más común que las personas distingan entre practicar una espiritualidad y pertenecer a un credo. Esta, tal vez, sea la veta más explotada actualmente por las cada vez más anticuadas instituciones religiosas para lograr insertarse socialmente y alcanzar esos corazones laicos, inquietos y agnósticos. La sociedad capitalista se ha deglutido iglesias y templos con una velocidad impredecible para ellas. Las religiones en su historia han tenido otros usos horarios al común de los mortales, además de otros tiempos para todo. La iglesia hace unas décadas se pregunta cómo cambiar para poder llegar con la palabra de Dios al común de la gente. Pero resulta que el común de la gente ya no se comunica con la palabra hablada y se reúne cada vez menos porque la sociedad es cada vez más individualista, está cada vez más dividida, está cada vez más aislada, y al mismo tiempo, conectada con el mundo entero.

Esta espiritualidad a la que se apela como leit motiv para referirse a una práctica de fe es una experiencia mayormente individual, en soledad, fuertemente influida por la cultura oriental, sobre todo, asiática. Los cristianos rememoran los momentos en que Jesús solía irse solo a orar y el llamado de Jesús de orar en silencio en la habitación de cada uno. Siempre es posible encontrar paralelismos entre las prácticas religiosas en el mundo entero. Sin embargo, la pregunta que queda es qué pasa con el mensaje, que hacemos con el mensaje de la palabra de Dios, qué hacemos con la Biblia. Ni qué hablar de qué hacer con los templos, sus oficiantes y tantos elementos rituales. La funcionalidad de la estructura religiosa ha quedado para experiencias aisladas y puntuales, sobre todo, en momentos y fechas claves de la vida particular o la liturgia. Las diferentes religiones se consuelan entre si viendo que esto es un fenómeno social que las atraviesa a todas y siempre es posible encontrar a alguien que le va peor que a uno, así sea un consuelo de tontos.

Esta espiritualidad tan mentada como demanda de algunos sectores sociales aspira a otorgar una mayor calidad de vida. Busca conectar al ser humano con ese tercer elemento además de su cuerpo y su vida en sí, aquello que lo funda y lo orienta dándole una razón de ser en el mundo: el espíritu de Dios, la fuerza, la energía y la palabra de Dios que se revelan en ese trance personal profundo de meditación individual. Inclusive, estando reunidos en oración, junto a centenares, se enfatiza siempre de nuevo que la revelación de Dios es personal.

En este mundo moderno sostenido sobre la base del deseo la espiritualidad busca neutralizar toda esa ansiedad y angustia por satisfacción, todo eso que desgasta emocional y físicamente hasta la enfermedad misma. Sin embargo, esta espiritualidad apunta a encontrarse cada uno, a encontrar cada uno su eje, a descubrir cada uno su equilibrio, a buscar cada uno su punto de armonización. Toda esta teología de la nueva era potenciada y actualizada permanentemente ha recreado el imaginario laico moderno respondiendo a esa necesidad humana desesperante por tener y por ser cada vez más y cada vez mejor. Esta espiritualidad, a la vez, que se constituye en la clave del éxito al mismo tiempo que lo cuestiona priorizando el cuidado de la salud personal. La pregunta es en qué momento y de qué manera todo este proceso se vincula con el mensaje de la palabra de Dios.

Actualmente, al romperse la cosmovisión colectiva de gran parte de la historia de la humanidad para jugar con las reglas actuales del sálvese quien pueda, ya nadie plantea seriamente que el bienestar personal está sujeto al bienestar de todos. Los sistemas sanitarios en el mundo entero tienden a una privatización cada vez más exclusiva, mientras que los servicios hospitalarios públicos están desfinanciados y dirigidos en gran parte a los sectores sociales más postergados.

Este aspecto, ha roto con un presupuesto fundamental de la religión cristiana: la comunidad. Actualmente, hablar de comunidad es una ilusión, además de una obra de la fe, pero para muchos es un despropósito, una expresión sin sentido. En muchos casos, las familias ponen en duda que incluso sean tal cosa. El nivel de deterioro de los vínculos sociales cuestiona incluso este fenómeno social que todavía se denomina familia. De la misma manera, ¿qué es un pueblo? Esta palabra se usó mucho en diversos movimientos sociales de distintos países del mundo.

¿Cómo hablar de pacto en un mundo regido por la competencia voraz? ¿Cómo hablar de un Dios en una sociedad de principios plurales? ¿Cómo hablar de un Dios que habita el corazón humano en un mundo que muere de cardiopatías por estrés? ¿Cómo hablar de pecado y de perdón al margen de una comunidad de fe? La teología cristiana tal cual se ha desarrollado hasta ahora ha llegado a sus límites. ¿Cómo leer la biblia sin una comprensión desde la fe que permita hacerle justicia a estos testimonios milenarios de distintas experiencias de vida con Dios?

Otro camino, además de la espiritualidad, ha sido la solidaridad, sin embargo, siglos de filantropía han pretendido mucho antes expresar la bondad del ser humano que develar la presencia de Dios en el mundo. Es por esta razón, que la iglesia en vez de filantropía o solidaridad prefiere usar la palabra griega diaconía. Una palabra que, generalmente, gran parte de las personas desconoce completamente. Sin embargo, las iglesias siguen apostando al mensaje verbal y al testimonio diaconal de la palabra de Dios.

Cada vez que veo esos pequeños templos encerrados entre decenas de torres en las grandes ciudades encuentro la pregunta sobre dónde está Dios en nuestras sociedades y metrópolis: debajo de una racionalidad y a la sombra de una estructura de pensamiento que ha superado a sus apóstoles medievales y modernos -que para ver el sol o deben atravesar estos edificios con los ascensores o deben salir de la ciudad para poder mirarse desde afuera sin nada que se interponga entre sus ojos y el cielo.

Si faltaba algo todavía, la historia de la iglesia, como de gran parte de las religiones, dista de constatar claramente su mensaje en sus hechos, antes bien, su dogmatismo y estrechez frente a un mundo que espera que cuanto enseña sea cierto pero ya se ve cada vez más lejos de poder creer. Hoy no hay pacto posible entre Dios y su pueblo. A través de la fe, y gracias a la fe, esta convicción seguirá siendo una invitación pendiente a un mundo que se desintegra en un proyecto de sociedad que explota lo mejor de la naturaleza para desarrollar lo peor del ser humano: su deseo de poder.

En este proyecto de sociedad Dios es un obstáculo... hasta que se confronta consigo mismo de la peor manera y en el momento menos esperado. Entonces, esta persona encontrará la propuesta religiosa apropiada para volver a reconstruir su autoestima gracias al desarrollo de la fe en un Dios que lo ama, un Dios que ha pactado gratuitamente su bendición en la espera de mayor fidelidad y obediencia a modo de testimonio para otros y eterno agradecimiento por su salvación.

Hoy, Dios ha devenido más que nunca en lo que siempre fue: un Dios del resto, un Dios de una minoría entre los pueblos. Entre ellos rige su pacto con toda su vigencia y toda su fuerza, mientras la fiesta del mundo yira y yira1. Dios permita que la fe y el compromiso de este resto sea motivo de esperanza para tantas personas que al límite de la razón y sus fuerzas buscan paz, justicia y bienestar, más allá de si mismas. Que así sea. Amén.

 

 

 



Pastor Jorge Weishein
Parroquia Villa Ballester Tú tienes palabras de vida eterna"
Lavalle 2881 - CP 1653
E-Mail: jorge.weishein@ceaba.org.ar

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