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ISSN 2195-3171





Göttinger Predigten im Internet hg. von U. Nembach

14ş Domingo después de la Trinidad, 25.08.2013

Sermón sobre Lucas 13:10-17, por Pedro Zamora


«Hechos son amores, y no buenas razones»

 

Un sábado estaba Jesús enseñando en la sinagoga. Había allí una mujer a la que un espíritu maligno tenía enferma desde hacía dieciocho años. Se había quedado encorvada y era absolutamente incapaz de enderezarse. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo:

- Mujer, quedas libre de tu enfermedad.

Y puso las manos sobre ella. En el mismo instante, la mujer se enderezó y comenzó a alabar a Dios. El jefe de la sinagoga, irritado porque Jesús había hecho una curación en sábado, dijo a todos los presentes:

- Seis días hay para trabajar. Venid uno de esos días a que os curen y no precisamente el sábado.

Pero el Señor le respondió:

- ¡Hipócritas! ¿Quién de vosotros no desata su buey o su asno del pesebre y los lleva a beber aunque sea sábado? Pues esta mujer, que es descendiente de Abrahán, a la que Satanás tenía atada desde hace dieciocho años, ¿acaso no debía ser liberada de sus ataduras incluso en sábado?

Al decir Jesús esto, todos sus adversarios quedaron avergonzados. Por su parte, el pueblo se alegraba de las obras prodigiosas que él hacía.

(Lucas 13,10-17, Versión La Palabra)

1. Una lectura oblicua

Permítaseme una lectura algo ‘oblicua', por no decir ‘maliciosa', del relato evangélico de este décimo cuarto domingo después de Pentecostés.

Siempre se ha destacado que los Evangelios evitan abusar de la exaltación del poder taumatúrgico-terapéutico de Jesús, por estar más interesados en realzar el milagro como poder sanador del Reino que esta ya aquí con la presencia de Jesús. Seguro que es cierto, pero en esta ocasión me ha llamado la atención, más si cabe, la exagerada parquedad descriptiva del relato:

Vamos, que mi lectura ‘oblicua' ve en esto el interés del narrador por utilizar este milagro como trámite necesario para ir directo a la típica diatriba entre Jesús y los escribas. A Lucas parece interesarle el debate para mostrar la superioridad teológica de Jesús respecto de sus oponentes.

2. El Evangelio: anuncio desde la experiencia de su poder

Podríamos decir que Lucas está enzarzado en una batalla por hacerse con la opinión pública de su tiempo. Dicho de otro modo, está comprometido con anunciar a Jesús en medio de la multitud de ‘salvadores' que también había en su tiempo, igual que en el nuestro. No seamos ingenuos: el profundo respeto e incluso amor que desde nuestra teología de la cruz debemos a todas las religiones, a todas las ideas y a todo pensamiento, no debe mitigar nuestra labor evangelizadora, esto es, anunciadora del Jesús redentor. A fin de cuentas, lo queramos o no, nuestra sociedad también es un campo de batalla por el que luchan unos y otros.

Pero por la misma razón, esto es, porque somos llamados a anunciar al Jesús redentor, estamos más obligados a hacer el anuncio desde una palabra cuyo poder transformador es real y comienza en casa. No debemos permitir que el ‘milagro' se convierta en un mero ‘trámite' para entrar en debates públicos sobre la superioridad de una u otra religión (y que Lucas me perdone por utilizarle para esta lectura ‘oblicua'). Todo lo contrario, nuestro anuncio del Evangelio debe surgir del poder de la Iglesia (Cuerpo de Cristo, según Pablo) y del poder de todo creyente por anticipar el Reino de Dios en su propio seno y en su entorno.

Un anuncio del Evangelio sin este poder jamás encontrará excusa. Jeremías intentó poner reparos a la encomienda del Señor, pero éste le dijo rotundo:

«He puesto mis palabras en tu boca [...] para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar». (RV-60)

Y desde luego, todo este poder destructor-constructor tenía como objetivo fundamental el propio reino de Judá, aunque iría más allá a partir de ahí.

Yo he comentado más de una vez que Jesús jamás escribió nada porque puso su atención y todo su empeño en su prójimo, sin querer ir más allá haciendo que su misión ‘resonara' hasta el fin del mundo. Esto lo dejó para sus seguidores, que gracias a Dios anunciaron su obra. Pero incluso ellos, entendieron que anunciar a Jesús es demandar un seguimiento real de su vida y obra, no convertir a Jesús en un objeto de debate ideológico por ganarse a la opinión pública, pero a fin de cuentas, sólo eso, opinión pública, que es muy distinto a que el Reino de Dios se acerque más a nuestro hoy.

El milagro, la transformación sanadora de la persona y de la sociedad conforme al Reino de Dios no es un trámite, no es un expediente que hay que cubrir para ‘hablar' de lo que importa, sino que es el propósito fundamental del Evangelio. La Buena Noticia lo es, precisamente, porque hay una realidad que da pie a su anuncio. Sin esa realidad, el Evangelio es pura ideología hueca.

Y desde esta comprensión del Evangelio, cuelga todo lo demás. Nuestra liturgia es sólo ritualismo si no conlleva sanidad en la fraternidad cúltica, o sea, en la propia iglesia que rinde culto. Nuestra koinonía (comunión) es puro asociacionismo pragmático para alcanzar ciertos fines, si nuestros lazos no van más allá incluso de los vínculos familiares. Nuestra diaconía será eficiente, quizás, pero no será la experiencia vital que alienta nuestra propia vida, como lo fue de Jesús. Y finalmente, nuestro kerygma, nuestra proclamación fundamental del Evangelio, si no nace de la experiencia de haber sido realmente sanados, restaurados, entonces será «como metal que resuena, o címbalo que retiñe» (1 Cor 13,1).

Quizás porque hemos dejado -con toda razón- de creer en conceptos mágicos sobre el milagro, o porque nos fijamos más en la transformación estructural que en la personal, y al final aquélla se nos hace muy lejana, o porque hacemos de la transformación personal un mero cambio de formato, somos muchos los que hace tiempo hemos dejado de experimentar el Evangelio como «poder de Dios para salvación a todo aquel que cree» (Rom 1,16). También por eso, somos muchos los interpelados a orar por que el Evangelio sea una Buena Noticia real entre nosotros.

 



Pedro Zamora
El Escorial (Madrid)
E-Mail: pedro.zamora@fliedner.es

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