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ISSN 2195-3171





Göttinger Predigten im Internet hg. von U. Nembach

25ş Domingo de Pentecostés, 10.11.2013

La esperanza en la resurrección
Sermón sobre Job 19:23-27Ş; Salmo 17:1-9; Lucas 20:27-38; II Tesalonicenses 2:1-5, 13-17, por Álvaro Michelín Salomón

 

PUNTUALIZACIONES BÍBLICO-TEOLÓGICAS

Job 19:23-27ª - Job, el fiel a Dios que sufre lutos múltiples en su familia, a la vez que una grave enfermedad, aspira a que su clamor se ponga por escrito para que las generaciones venideras sepan de su sacrificada vida. Esta escritura o testimonio de sus sufrimientos debería estar esculpido "con cincel de hierro y con plomo...en piedra para siempre" (v.24). Job desea trascendencia, la cual se imagina como una superación de su lamentable gravedad ("después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios", v.26), y también como el conocimiento de muchas personas en el futuro sobre lo que él tuvo que sufrir siendo fiel a Dios ("...que mis palabras fueran escritas...esculpidas en piedra para siempre", vv.23-24). Job, consciente de su gravedad (¿tenía lepra?), de su limitación existencial y de que todo no lo puede comprender ni asumir como quisiera, conserva un fundamento de fe que le hace exclamar: "yo sé que mi Redentor vive, y que al final se levantará sobre el polvo..." (v.25).

El Salmo 17, especialmente los vv.1-8 y 15, se corresponde muy bien con el clamor del propio Job, en razón de la fidelidad a Dios y las circunstancias duras que experimenta el salmista.

Lucas 20:27-38 - Los saduceos eran un grupo religioso que se diferenciaba de los fariseos y de los esenios (comunidad de Qumrán y otros). Los saduceos tenían mucha influencia en el Sanedrín o Junta Suprema de los judíos; y muchos sumos sacerdotes pertenecían a esa agrupación, los cuales provenían por lo general de familias ricas. En lo religioso se apegaban a la letra del Antiguo Testamento, despreciando la tradición oral que seguían los fariseos. En contraposición a los fariseos, los saduceos no creían en la resurrección de los muertos (cf. Hechos 23:6-8).

En el encuentro con Jesús que relatan los evangelios sinópticos (Lc 20:27-38; Mc 12:18-27; Mt 22:23-33), los saduceos ponen a consideración un hipotético caso familiar correspondiente a la ley del levirato, por la cual un cuñado soltero (hermano del esposo fallecido) debía casarse con la viuda para mantener la línea sanguínea (Deuteronomio 25:5-10). En el ejemplo de los saduceos, la pregunta es por la creencia en la resurrección. Si se da el caso de que una viuda se casa repetidas veces con sus cuñados, ¿cómo se contará en la resurrección la vida conyugal de esta familia? "En la resurrección: pues, ¿de cuál de ellos será mujer, ya que los siete la tuvieron por mujer?" (Lc 20:33).

Jesús responde diciendo que "la gente de este mundo se casa, y se da en casamiento, pero los que sean considerados dignos de alcanzar el mundo venidero y la resurrección de entre los muertos, no se casarán ni se darán en casamiento, porque ya no podrán morir, sino que serán semejantes a los ángeles, y son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección" (Lc 20:34-36, versión Reina-Valera Contemporánea).

Es decir: la respuesta de Jesús implica un cambio de perspectiva en la esperanza trascendente de la resurrección de los muertos. Jesús no pretende que el mundo venidero sea apenas una reproducción mejorada del mundo presente, sino que se imagina un mundo nuevo en el cual las relaciones humanas correspondan, precisamente, a una vida comunitaria y social distinta de la actual. Los saduceos formularon su planteo desde una postura crítica hacia la resurrección, a los efectos de mostrarle a Jesús que la resurrección es un absurdo. Pero Jesús no cae en la trampa que le presentaron y contesta desde su creencia en la resurrección, aludiendo inclusive a Moisés (cf. Éxodo 3:2-6). Mas el contenido de la respuesta no se ajusta al planteo directo de los saduceos sino que lo trasciende: Jesús afirma un nuevo estado de situación para el futuro que Dios trae en la resurrección. La alusión "ya no podrán morir, sino que serán semejantes a los ángeles" coloca a los resucitados del futuro en una condición de vida que no se corresponde directamente con la vida que conocemos; por lo tanto una vinculación matrimonial no es un criterio ajustado para medir la vida resucitada.

II Tesalonicenses 2:1-5, 13-17 - El apóstol Pablo o un discípulo suyo (tal vez Silas-Silvano o Timoteo), escriben a la Iglesia de Tesalónica una segunda epístola. En la primera carta Pablo afirmaba "que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. El Señor mismo, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo. Entonces, los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor." (I Tes 4:15b-17). Este trozo del primer escrito del Nuevo Testamento, que data aproximadamente del año 50 d.C., da cuenta de la fuerte expectativa escatológica de Pablo y de su imaginación apocalíptica: él consideraba inminente la venida de Cristo resucitado con todo su poder, a fin de establecer la vida en resurrección para todos sus seguidores/as.

En II Tesalonicenses tenemos una corrección con respecto a la expectativa de la venida del Señor y la resurrección de los creyentes. Dice esta epístola que, antes del cambio de esta vida por la vida nueva, habrá un tiempo de persecución al cristianismo (apostasía), pero no es fácil de dilucidar el contenido específico de esta persecución. Vendrá el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se levantará contra la Iglesia y engañará a unos cuantos (en II Tes 2:5-12 continúa la argumentación).

Entonces el llamado apostólico es a preservar el llamado del Evangelio, afirmándose en la doctrina cristiana que fue compartida mediante la predicación y la escritura (vv.13-17).

CONSIDERACIONES GENERALES

El ser humano es un ser que crea cultura, civilización, hace historia y se proyecta hacia el futuro. Cualquier persona con un grado de racionalidad tiene conciencia de su trascendencia, en el sentido del sentir que es más que un animal que necesita comer, dormir, abrigarse, reproducirse y cuidar su supervivencia. Hay un plus que nos distingue del resto de los animales y ello se manifiesta, p.ej., en los deseos de una trascendencia que supera los límites conocidos de esta vida, de esta realidad, de esta historia.

Es lógico que nos hagamos una imagen de lo que pasará en el tiempo futuro, particularmente después de la muerte. Nuestra imaginación trabaja desde nuestra conciencia pero también desde nuestro subconsciente. Los deseos de nuestra alma se cuelan aquí y allá en nuestras palabras, en nuestras intenciones, en lo dicho y lo no dicho, en lo claro y en lo que queda oscuro de nuestras expresiones. A veces llegamos a ponerles palabras a la imaginación y a los deseos o expectativas; otras veces quedan como sueños, como imágenes borrosas que nos mueven pero sin saber demasiado cómo debemos caminar hacia ellas para hacerlas realidad.

A los protestantes nos puede crear problemas de conciencia el hacernos imagen y semejanza de lo que está por venir, de lo que esperamos, de lo que podemos vislumbrar de las promesas de Dios y la esperanza en su Reino. Si releemos el Decálogo nos confrontamos con los primeros mandamientos: "no tendrás dioses ajenos delante de mí", y "no te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra... no te inclinarás a ellas ni las honrarás..." (Éxodo 20:3-5; cf. Deuteronomio 5:7-9).

Pero el apóstol Pablo se formuló una imagen de la resurrección de los muertos, no sólo en I y II Tes, sino también en I Corintios 15. Se expresó sobre la resurrección de Cristo y la resurrección de los cristianos. Utilizó metáforas de la semilla, la cosecha, los astros del cielo, llegando inclusive a la expresión paradójica de cuerpo espiritual (soma pneumatikón en griego). Comparó al primer hombre Adán con Cristo, "el postrer Adán, Espíritu que da vida". Confrontó poéticamente la tierra con el cielo: "y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial" (I Cor 15:49). Continuando con su imaginación apocalíptica, el apóstol Pablo dice que "no todos moriremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta, porque se tocará la trompeta..." (I Cor 15:51b-52b).

La imaginación teológica es como una poesía que nos permite expresar la esperanza en la consumación del Reino de Dios y en la resurrección de los muertos. No debemos ser esclavos de la letra de esta imaginación creativa, para no caer en dogmatismos o fundamentalismos que nos lleven al engreimiento individual y al sectarismo como iglesia. Lo que más importa para nuestra vida cristiana no es la identificación palabra por palabra con aquellas afirmaciones bíblicas que tienen un fuerte contenido poético o ilustrativo del tiempo nuevo, sino la adhesión teológica y espiritual que nos permite el discernimiento del lenguaje condicionado por su tiempo. Si Pablo o un discípulo suyo escribieron lo que hemos intentado comentar fue porque, desde su comprensión teológica y expectativa espiritual, estaban convencidos de que así debían expresar el contenido del futuro triunfo de Cristo, su segunda venida y la resurrección de los creyentes. Y tales imágenes o metáforas o figuración del futuro les servían a ese respecto, y sus oyentes y lectores/as también podían asumir como propio ese tipo de lenguaje.

Nosotros/as hoy podríamos expresar nuestra convicción de fe y nuestra esperanza con otras imágenes, metáforas o figuraciones. Tampoco en esto debemos inclinarnos ante ellas ni ponerlas en el lugar de Dios, ya que nuestra fe y nuestro testimonio cristiano no son Dios. Pero de alguna manera necesitamos expresarnos y compartir nuestra esperanza cristiana, lo que creemos, lo que esperamos, aquello de lo cual estamos convencidos y por lo cual nos comprometemos de corazón.




Álvaro Michelín Salomón
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
E-Mail: alvaro.michelin.salomon@gmail.com

Bemerkung:
Sermón sobre Job 19:23-27Ş; Salmo 17:1-9; Lucas 20:27-38; II Tesalonicenses 2:1-5, 13-17


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