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ISSN 2195-3171





Göttinger Predigten im Internet hg. von U. Nembach

6° domingo después de Epifanía, 16.02.2014

Sermón sobre Deuteronomio 30:15-20; Salmo 119:1-8; 1 Corintios 3:1-9; Mateo 5:21-37 :, por Luis Alberto García Marín

 

"...te doy a elegir entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal"

"Que vuestra palabra sea sí, sí; no, no"

Permítanme realizar con ustedes la reflexión de la Palabra de Dios, guiados por los textos que el leccionario nos presenta para este día.

Iniciando con el pasaje de Deuteronomio (Ley), seguido de los versos de un canto-oración hebreo (Salmo), acompañados del pasaje paulino (Epístola), y concluyendo con las Buenas Nuevas de Jesucristo para nosotros en este día (Evangelio). Esta es nuestra elección para la elaboración de este sermón.

Nuestro hilo conductor, o pensamiento guía está en la palabra: Elección.

Sin duda, que la facultad de elegir, la cual debiera de ser una posibilidad de realización por parte de todos los seres humanos, no puede ser realizable en plenitud por cada persona debido a muchos condicionamientos internos y externos, y con los cuales cada uno de nosotros batallamos día con día.

Sin embargo, la posibilidad del ejercicio de elección sobre lo que deseamos hacer y no hacer, pensar y no pensar, de ser y no ser, se acrecienta cuando respondemos favorablemente a la voz divina y nos disponemos a seguir esa voz que nos conduce a la plenitud de vida. Veamos:

En el libro de Deuteronomio, el testimonio bíblico nos presenta la invitación que el Dios de Israel le hace a su pueblo, una invitación a elegirle como su único Dios (fe monoteísta), y con consecuencias no solo personales, sino sobre todo comunitarias en el ejercicio de esa fe (práctica de la justicia social).

En el contexto del libro de Deuteronomio nos encontramos con que el pueblo de Dios ha sido liberado de la esclavitud de Egipto, ha probado de la gloria y misericordia de Dios en el desierto y ahora está a un paso de recibir la herencia prometida a los padres de la fe (Abraham, Isaac y Jacob). Ahora, sí que está en condiciones de poder elegir entre una vida plena o una muerte total, entre gustar el bien o padecer el mal.

Por lo menos, creemos que las condiciones externas para tal decisión están dadas, habrá que verificar si las condiciones internas para tan importante elección están presentes en el corazón y la mente de cada uno, así como de todos los que conforman la comunidad de fe (rememorando la expresión bíblica que dice: "el pueblo era de una misma mente y de un mismo corazón").

Porque no se le puede pedir a un esclavo que viva como libre, sin antes, ponerle en libertad, enseñándole lo que es vivir como un ser libre y en ejercicio de esa libertad (vemos entonces, la experiencia del desierto como instrumento pedagógico de parte de Dios para con su pueblo). La elección que el pueblo ha de hacer, y la cual espera el Señor, parece clara y contundente: la adoración y obediencia a un único Dios y a sus enseñanzas.

Esta elección es la consecuencia de la relación entre el Dios personal, que acompaña y enseña su voluntad a un pueblo que hace su elección por el Dios de la vida, y al cual, por el ejercicio de una fe informada y formada por las enseñanzas divinas, lo capacitará para vivir aquello que le espera al otro lado del Jordán ("tierra que fluye leche y miel": tierra de bendición).

Compartimos ahora lo que reflexionamos sobre el contenido del salmo 119 versos 1 al 8.

Siglos posteriores a la experiencia del éxodo y de la entrada a Canaán (así como del exilio babilónico), la experiencia litúrgica del pueblo de Israel ha quedado registrada en lo que conocemos como los Salmos. Y en especial, encontramos en los salmos conocidos como salmos sapienciales o didácticos aquello que el Señor espera que su pueblo aprenda, y por ende, ponga en práctica.

Es sabido por cada uno de nosotros, fervorosos cantores y orantes del Dios de la vida, que los Salmos han sido el canal de comunicación entre el pueblo creyente y su Dios. Expresiones de su fe, esperanza y amor en Aquel que todo lo suple a favor de Su pueblo.

En el salmo 119, encontramos no solo un elogio a la ley divina, sino el reconocimiento de que las revelaciones y enseñanzas dadas por Dios a Israel, manifestadas en preceptos, mandatos y ordenanzas, son lo mejor que el pueblo puede escuchar, atesorar en su corazón y, por tanto, practicar tanto a nivel personal, familiar y comunitario.

Y en los primeros versos del salmo 119, nos encontramos con una elección no solo personal, sino sobre todo comunitaria, de la voluntad de Dios. Porque son dichosos (bienaventurados: doblemente felices), aquellos que como lo expresa el salmista en su canto-oración, "los que guardan sus preceptos y lo buscan de todo corazón...Que no cometen iniquidad y siguen sus caminos".

En esta elección del salmista, vemos las implicancias que se desprenden de "buscar a Dios (y sus caminos) con todo corazón". Las consecuencias relacionales, tanto verticales (relación con Dios: fe exclusiva), como horizontales (relaciones con el prójimo: justicia social), son tan importantes que, en su canto-oración, el salmista (la persona y la comunidad) expresa su necesidad de Dios, para poder cumplirlas:

"Tus decretos cumpliré; no me abandones del todo." (Salmo 119:8 Nueva Versión Internacional).

La elección que cada creyente hace por Dios y sus mandatos, no es una elección idolátrica, sino más bien, de adoración y servicio hacia el Dios de la Vida y del Bien, y que se verifica en las relaciones interpersonales.

Ahora, compartimos nuestras reflexiones en base al pasaje paulino que se encuentra en 1 Corintios 3:1-9.

Acá nos gustaría resaltar el vínculo entre elección y espiritualidad. Porque la espiritualidad de la que nos habla el apóstol Pablo, tiene que ver más con la manera en la que los creyentes eligen tratarse, y no con la manera en la que cada uno cultiva de manera personal y en privado esa espiritualidad (oración-ayuno-lectura de la Palabra-etc.), pero que también tiene consecuencias en lo comunitario.

No es raro que en nuestras comunidades de fe se presente la tentación (y muchas veces la consumación de esta) de actuar con envidias y discordias (elección de conducta condicionada por intereses personales o comunitarios que muchas veces podemos creer como los correctos).

Cuántas veces, con tristeza y mucho dolor, comprobamos que lo que le aconteció a los hermanos de Corinto nos ha sucedido a nosotros, quienes por no rechazar la tentación de preferirnos a nosotros mismos en lugar de al hermano y la comunidad de fe, no hemos pasado la prueba de manifestar la conducta espiritual que el Señor espera de nosotros.

¡Cuán importante es decir Sí, o decir No, a la hora de ser tentados y probados!

Los partidismos, motivados por intereses egoístas, generan comportamientos donde la envidia y las discordias no hacen otra cosa que engendrar mal y muerte, antes que Bien y Vida. Insistimos, tanto en lo personal, como en lo comunitario.

Cuando lo verdaderamente importante está en, plantar y regar, confiando en que Dios dará el crecimiento en nuestra vida espiritual (personal y comunitaria) tanto como lo necesitemos, a fin de, dar fruto. Al final, eso es lo que cuenta, dar fruto y no el tener o buscar el éxito.

Porque, aunque parezca obvio, Dios nos ha llamado a dar fruto para su gloria (razón del llamado y causa de la elección) y bendición de nuestras vidas (efecto de la elección), y no para perseguir el éxito a la manera que en el mundo lo persigue (no importando pasar por encima de quien sea, no importando que para ello, haya que hacer mal o destruir al otro).

Porque como dice el apóstol Pablo:

"...nosotros somos colaboradores al servicio de Dios; y ustedes son el campo de cultivo de Dios, son el edificio de Dios"

¡Qué bueno es que todas las disposiciones elegidas, tanto en lo doctrinal, lo litúrgico, y lo eclesial, respondan al bienestar y la vida plena de las comunidades de fe, las cuales, de esa manera han de reflejar al Dios Bueno y a la Vida Abundante que nos predicó Jesucristo!

¿Y cuáles son nuestras reflexiones al respecto del pasaje del Evangelio? Mateo 5:21-37

Ante el egoísmo humano, la indiferencia y la cosificación de las personas, actitudes, las cuales, vivimos de manera aplastante en nuestros días, Jesús nos presenta un desafío que pretende acabar con el trato malvado y que conduce a la muerte.

Porque al lidiar con los comportamientos humanos no debemos olvidar que no es lo de afuera lo que contamina al hombre, sino lo que sale, lo que hay dentro del corazón, eso es lo que contamina al hombre.

Porque como dice Jesús: "de la abundancia del corazón habla la boca", y también, de la abundancia del corazón actúa el ser humano.

Matar, adulterar, repudiar al cónyugue, y jurar en vano, son algunas de las muchas acciones humanas que tienen su origen en el corazón y la mente que no esta en sintonía con el creador y sustentador de la vida.

Si el ser humano, y no solo el ser humano creyente en Jesucristo, quiere ver transformadas sus relaciones interpersonales, se hace necesario que haga su elección por el Dios de la vida y el bien. Es la elección por un relacionamiento con lo divino, que marque la diferencia entre una vida de Bien y Vida, en contraste con una vida de Muerte y Mal.

Porque el estilo de vida al que Jesús nos llama, está sustentado en un principio particular, es decir, que el ser humano ha de ser visto como un ser creado a imagen y semejanza de Dios, y por más distorsionada que esté esta imagen, todo ser humano está en los planes de salud y salvación divinos. Todos somos elegidos en Cristo para salvación, y hemos de aceptar tal elección e invitar a otros a recibir la invitación divina para elegir el camino de la Vida y el Bien.

El creyente, quien vive y anda por el Espíritu de Dios, ha de compartir a sus semejantes (compañeros de fe y compañeros de relación diaria), con palabras y hechos, la voluntad divina, la cual le muestra cómo vivir sus relaciones comunitarias (ya sea dentro de la comunidad de fe, como dentro de la sociedad donde se vive).

Recordando que la ley de Dios tiene su sustento en el Espíritu de la Vida, es decir, en Dios mismo, quien ha dado sus mandatos, no para oprimir, sino para que la vida se desarrolle en plenitud, y es Jesús quien nos ha venido a mostrar en que Espíritu hemos de obedecer los mandamientos de Dios, para ser libres de fariseísmos y legalismos anti-vida y anti-bien.

Recapitulando:

Dios nos ha elegido en Jesucristo, y eso hace posible que podamos elegir por la Vida y el Bien. Para que digamos Sí al único Dios de la Vida, y digamos No a los dioses de muerte y mal que exigen sacrificios humanos (y también de la naturaleza) para ser adorados.

Que en nuestras liturgias, a la vez, que alabamos y adoramos a Dios, reconociendo la sabiduría divina de sus enseñanzas, no olvidemos de reconocer que la justicia social en las diferentes relaciones comunitarias es el fruto esperado de la adoración al Dios de la Vida y el Bien.

Que en nuestras comunidades de fe, recordemos que "fue dicho", a las generaciones pasadas de creyentes, que había una manera de vivir, la Fe, la Esperanza y el Amor, pero ahora, el "Yo os digo" de Jesús, exige una manera nueva de vivir y profundizar la Fe, la Esperanza y el Amor. Al final, me parece que de eso trata el Sermón de la Montaña.

Que a la invitación que nos hace el Dios de Jesucristo:

"...te doy a elegir entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal"

"... vuestra palabra sea sí, sí..." AMÉN.




Pastor Luis Alberto García Marín
Distrito Federal, México
E-Mail: lagmarin@yahoo.com.mx

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