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ISSN 2195-3171





Göttinger Predigten im Internet hg. von U. Nembach

Décimo sexto domingo de Pentecostés, 28.09.2014

En torno a la vergüenza
Sermón sobre Salmo 25:, por Hugo N. Santos

Si tuviésemos que catalogar las emociones que más daño causan tendríamos que colocar a la vergüenza entre los primeros lugares. No solemos calcular el daño que provoca y lo que nos perdemos por causa de la vergüenza. Lo que nos limita y lo que nos atormenta. Es increíble la cantidad de dones, buenas ideas, buenas intenciones, posibilidades que las personas no sacamos a la luz porque nos da vergüenza o por temor de no hacer el ridículo que es uno de los temores más instalados en el ser humano en cuanto a sus relaciones interpersonales.

Todos sabemos de qué se trata aunque sea diferente su manifestación. Algunos, sienten vergüenza por lo mismo que otros no la sienten. Nos avergonzamos por distintos motivos y ante circunstancias de acuerdo al significado personal que le damos a los hechos y cómo interpretamos la experiencia.

Hay personas que sienten vergüenza más intensamente o de un modo más recurrente que otras. Si estamos conformes con nosotros mismos, con nuestra realidad y tenemos una sana autoestima, nos avergonzaremos menos que quien está inseguro, insatisfecho, con aspiraciones desproporcionadas a sus posibilidades de logro y necesita la aprobación de los demás para sentirse valioso. Se le llama la emoción de la inferioridad porque ocurre que quien la vive se siente inferior, culpable, solitario, diferente...La vergüenza es una barrera que no nos permite conectarnos adecuadamente con nosotros y con los demás. El vergonzoso se convierte en un flanco débil de ser atacado porque suele sentirse menos de quienes le rodean.

La vergüenza está ligada con nuestros ideales y con aquello que creemos que somos. De modo que podemos llegar a decir "dime que es lo que te avergüenza y te diré cuál es tu ideal". La vergüenza suele ser un síntoma invalidante y aislante que se transforma en inhibición.

Todos algunas vez hemos sido víctimas de burlas y todos en algún momento de nuestra vida hemos sentido vergüenza o vivido alguna situación en la que nos sentimos avergonzados. Cuando alguna persona es objeto de burla es frecuente que empiece a creer que es deficiente y que algo malo hay en su ser. Y frente a ello uno se siente culpable, malo, con un defecto y teme que los demás lo abandonen. ¿Cuántas veces nos quedamos en silencio sin poder hablar y pensando algo así como "Tierra, tragame"? De eso se encarga la vergüenza, de relegarnos, y es como un muro de contención frente a las posibilidades que se nos presentan. La vergüenza no tiene que ver con capacidad, talento, potencial y coeficiente intelectual reales sino con la sensación de no ser adecuados, de ser ineptos. A ninguno de nosotros nos gusta "pasar vergüenza". Por eso, procuramos disumular nuestros defectos. "Si hay miseria que no se note" está en esa línea de pensamiento. Preferimos que nadie se dé cuenta de lo que nos sucede, sentir vergüenza,  tener vergüenza. Evitar que alguien nos vea sonrojarnos.

A veces los padres utilizan la vergüenza como un método de disciplina. Algunas personas tuvieron padres que pensaban que humillando a sus hijos en público aprenderían más rápido la lección. El bonete de burro en alguna época funcionó como un método de castigo en muchas aulas mandando al niño al rincón. También hay jefes que acrecientan su poder descalificando a sus empleados delante de los otros. O parejas que, sin importar ante quien se dirigen, tratan de dar a conocer las falencias de su compañero o compañera pensando que, si este se desvaloriza, ellos tendrán más posibilidad de crecer o sentirse valorados.

No siempre la vergüenza tiene que ver con cosas malas. Jesús decía según Marcos 8: 38 que "si alguno se avergüenza de mí y de mi mensaje delante de esta gente infiel y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de Él cuando venga con la gloria de su Padre y con los santos ángeles". Y el Apóstol Pablo,  como si respondiera a esas palabras, dice "No me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para que todos los que creen alcancen la salvación, los judíos en primer lugar, pero también los que no lo son" (Romanos 1:16).

La vergüenza está ligada al contexto social de la persona que la produce. La frase, referida a uno mismo, "meter la pata", al decir algo que está fuera de lugar y no perdonarse por ello, implica tener vergüenza. La vergüenza nos quita la alegría, la esperanza y lleva implícita la tristeza, el miedo, la culpa y la desvalorización. A veces, decimos tener vergüenza ajena cuando alguien cercano a nosotros comete un hecho vergonzante y nosotros nos sentimos como culpables por lo que el otro ha hecho. A veces nos avergonzamos solo por el hecho de sentirnos diferentes.

Hoy abrimos la Palabra de Dios en el Salmo 25. Los Salmos son una escuela de espiritualidad que nos permite encontarnos con situaciones humanas con las que podemos identificarnos, reacciones frente a sentimientos interiores y vínculos con otros. El salmista habla de la vergüenza. Dos veces insiste en la misma súplica: "No dejes que me hunda en la vergüenza". Se ve que el tema le preocupaba. No solo suplica, nos acerca algunos elementos para enfrentar situaciones de conflicto y angustia donde la vergüenza está implicada.

Lo primero que encontramos es que evitar la vergüenza no supone ser un sinvergüenza o un desvergonzado. Hay personalidades que no conocen la vergüenza o la sienten con poca intensidad. Algunas de ellas bien podríamos llamarlas canallas por su tendencia a salirse siempre con la suya o transgredir normas elementales sin sentir culpas por ello frente a los demás. No importa lo que digan, lo que hagan ellos, no sienten vergüenza. A veces los llamamos "caraduras". Hasta los hemos envidiado porque sufren menos. El salmista no los envidia.

Paradójicamente, la gente más  virtuosa puede ser la más culpógena y muchos de ellos son propensos a sentir vergüenza. Pero el salmista tiene una clara conciencia del mal, reconoce su pecado y se hace cargo por ello. Lo reconoce y pide perdón. No es negando las faltas donde se resuelve el problema de la vergüenza.

Pero reconocer los errores propios no lo lleva a desvalorizarse lo que preparía el camino para sentirse así ante los demás y abonando el terreno hacia la vergüenza. Conversa con Dios, pide perdón, le reconoce como alguien que lo instruye hacia el bien, pero le dice, reconociendo sus valores: "que me protejan mi honradez y mi inocencia" (versículo 21).

Dios nos pide que seamos humildes, pero no nos pide que llenemos nuestros labios de palabras negativas  hacia nosotros mismos. El Salmo dice "No te acuerdes ni del pecado ni del mal que hice en mi juventud". Los recuerdos negativos del pasado motivados por nuestros resentimientos o los errores cometidos pueden crear un clima propicio para estar permanentemente avergonzados frente a los demás. No se soluciona el problema con olvidar el pasado, porque  de todos modos el pasado ha de tener influencia en nuestras vidas. Pero contar con la seguridad del perdón de Dios ayuda significativamente  a sanar los recuerdos, a darles una nueva significación. Quien no sana los recuerdos, no vive plenamente el presente. Quien sana los recuerdos puede reírse, en algunos casos, aún de sus errores porque la risa espanta la vergüenza.

Por eso, el Salmista quiere asegurarse que Dios no  está centrando su atención  en los errores cometidos o en sus defectos personales sino en la confianza que siente en Él sobre la que ha basado su vida. Por eso, pide no hundirse en la vergüenza, que otros no se rían de él. De suceder sería una señal que el amor de Dios no ha logrado abrirse suficiente paso hacia la rehabilitación, que el Reino de Dios está retrasado en él.

En este Salmo encontramos clamores que pueden ser parte de nuestra oración cotidiana como el pedir signos de la presencia de Dios que activen nuestra confianza en Él y en nosotros mismos y que la vergüenza no  corroa nuestra autoestima y aprecio personal.

"Mi Dios, en ti confío". Cantar una y otra vez este versículo es una manera de ejercitarse en la confianza. Cuando confiamos nos hacemos sólidos. Cantar este versículo antes de enfrentar las situaciones que nos producen miedo, cantarlo cuando afrontamos una tarea que nos parece importante, cantarlo ante situaciones que promueven inseguridad o vergüenza.

En un momento difícil como pareciera que el autor está atravesando, hay una espera serena en Dios, y por lo tanto, en sus tiempos y en su sabiduría. Un buen testimonio para que nosotros podamos atravesar nuestros momentos difíciles con esperanza más que con resignación.  



Pastor Hugo N. Santos
Buenos Aires
E-Mail: hnsantos@ciudad.com.ar

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