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ISSN 2195-3171





Göttinger Predigten im Internet hg. von U. Nembach

Día de la Reforma, 31.10.2015

Sermón sobre Job 40:6-24, por Jorge Weishein

 

Estimados hermanos, Estimadas hermanas,

El relato de Job es un hito en la literatura judía antigua. Este texto confronta no solamente al ser humano con Dios sino al ser humano consigo mismo. En la cosmovisión de ese tiempo tenemos que hablar de una antropología en la que no es posible comprender la vida al margen de Dios. En ese tiempo no está en discusión que cuanto existe es obra de Dios. La única discusión entre los pueblos y naciones, en el mejor de los casos, es cuál es el Dios que llevó a cabo semejante obra. El ser humano mismo vive porque la fuerza divina de la vida recorre su cuerpo. El ser humano respira a Dios cada segundo de su vida hasta el último día de su vida. En este modo de pensar y de vivir es que Job pone en discusión el paradigma de ese tiempo al caer en desgracia, siendo y viviendo como un hombre modelo.

Una serie de desgracias lo conducen al límite de sus fuerzas llegando a provocar tremendas repercusiones en su entorno. Siguiendo la lógica de ese tiempo la única explicación posible era que Dios lo abandonó a su suerte porque Job renegó de Dios. La única explicación posible para la gente de ese tiempo era que Job, y solamente Job, era responsable de su propia desgracia. Job es duramente hostigado por su propia esposa, sus amigos, sus conocidos. La historia de Job recorre el boca a boca y la conclusión era la misma: “Algo habrá hecho”. Todos justifican a Dios ante su desgracia. Cualquier cosa antes que poner en duda nuestra forma de ver y entender el mundo, la vida y Dios. El precio de la fidelidad a Dios es la dignidad de Job.

Job recorre un camino largo en el que por momentos discute abiertamente con Dios sobre cómo es posible que sea tan sádico de disfrutar de ver a un hombre honesto y creyente sufrir semejantes atropellos, vicisitudes, vergüenzas y pérdidas. Job pone en discusión la dignidad de Dios ante la destrucción de su honor, su vida, su salud, su heredad siendo que es un miembro justo, creyente y devoto del pueblo de Dios. Job se pregunta si acaso Dios perdió sus estribos, si acaso Dios perdió la vergüenza, si acaso Dios se volvió loco. Job no puede comprender el nivel de ensañamiento de Dios con su vida. En un mundo creado y movido por el espíritu de Dios no existe otra posibilidad que vincular todo lo que sucede en relación con Dios. Job mismo afirma claramente que tanto lo bueno como lo malo, todo proviene de Dios (2,10)

Job dialoga largamente consigo mismo, con su familia, con sus amigos, incluso, con Dios. La mayor virtud de este relato está en el tenor de las preguntas. Muestran el razonamiento humano en el límite de la desesperación. El libro de Job pone en cuestión el sentido de la humanidad bajo la protección de Dios. El libro de Job pone en evidencia el carácter contingente del ser humano en un universo de sentido donde quedan muchas preguntas sin responder. La persona más creyente, en la más profunda de sus miserias, deja a las claras que la forma de ver y entender el mundo en que vive en ese tiempo tiene fisuras. Existen lugares en la vida en el mundo bajo la cosmovisión religiosa dominante en la que no alcanza la fe en Dios para comprender y explicar las razones de esas situaciones.

El libro de Job no responde la pregunta, la plantea, la pone en discusión. ¿Qué pasa con la presencia de Dios en esas situaciones donde claramente se niega y se amenaza la existencia de las personas aún siendo profundamente creyentes? ¿Qué sentido tiene vivir de la mano con Dios situaciones de muerte en las que la fidelidad no implica un atenuante ni un salvoconducto ni una garantía ante la violencia que se padece? Sin embargo, Job no pone en duda el sentido de la fe en Dios sino el sentido del conocimiento y el poder de Dios en la historia, en la vida cotidiana para la gente. Job pone en duda la responsabilidad de Dios para con su creación.

La difusión que tiene el libro de Job muestra que se convierte en un relato mítico para un pueblo profundamente creyente, permanentemente masacrado, harto de la hostilidad de Dios. El relato de Job habla de un pueblo que siente que no hay Moisés que lo libere ni Dios que lo escuche. Este pueblo está al límite de su credulidad porque está puesta en juego la credibilidad de Dios. ¿Qué clase de Dios es este que se desentiende del sufrimiento del justo?

Cuando el libro llega a este nivel de reflexión es cuando comienza un estilo literario poético donde Dios habla de su presencia en el misterio de la creación, en la potencia del trueno, en la grandilocuencia del león, en la agudeza visual del águila, en la libertad del ciervo, en la ferocidad del cocodrilo, en la tranquilidad del hipopótamo, en la mansedumbre del buey, en la hermosura del pavo real... No hay lugar de la creación en la que no pueda verse la presencia de Dios.

El texto de Job contrapone el sufrimiento injusto de un hombre justo que no encuentra explicación a su situación con la enorme diversidad de experiencias en el mundo que lo rodea en la que el espíritu de Dios se muestra en una multiplicidad de colores, formas, expresiones, alternativas y comportamientos. La presencia de Dios no se puede ver ni medir ni juzgar desde la mera experiencia personal ni la sola experiencia de una familia o la historia de un solo pueblo. ¿Por qué el sufrimiento es la medida de la presencia de Dios? ¿Por qué el sufrimiento tiene que ser un indicador de la ausencia de Dios? Dios desnuda la diversidad de experiencias en toda la creación que muestran su presencia en el mundo.

No es en el qué sino en el cómo se sobrelleva esa situación donde se expresa la presencia de Dios. La presencia de Dios es intangible, irreconocible, invisible e inenteligible. La presencia de Dios solamente es creíble. La presencia de Dios está en la fidelidad con que Job no renuncia a discutir con Dios su situación. La presencia de Dios está en la seguridad con que Job rechaza los argumentos de sus amigos. La presencia de Dios está en la convicción con que reprende a propios y extraños sobre la amplia diversidad de experiencias que componen la vida de la mano con Dios

Dios responde que no estamos solos en el mundo, somos parte de un mundo de experiencias de toda una diversidad de seres vivientes animados, sostenidos, fortalecidos, alimentados, por el Espíritu de Dios cada día de su vida. Los seres humanos no vivimos al margen del mundo. Somos parte del mundo. El libro de Job nos anima a entender nuestra vida como parte de un mundo que es mucho más amplio que la vida cotidiana de cada persona o incluso que la suma de todas ellas, es decir, incluso, toda la humanidad. El libro de Job nos llama a pensarnos en este mundo junto a todos los seres vivos, como parte de toda una constelación en la que vivimos por pura gracia de Dios. Los seres humanos mismos debemos nuestra enorme diversidad de experiencias de vida, cada día, mes a mes, año a año, a esa fuerza infinita de Dios que nos mueve y nos renueva cada día.

El universo, el mundo, la vida, nuestras situaciones y circunstancias cotidianas miradas desde el ombligo sobredimensionado de nuestra única existencia, al margen de la naturaleza, de la historia, de la creación, es un sinsentido absoluto –aún, si nuestros días están contados. Esta experiencia existencial desde la desesperanza, la bronca, el dolor, o incluso, el odio, muchas veces puede exponer con mayor claridad nuestra soberbia, nuestro egocentrismo, nuestro exceso de autoestima antes que la ausencia de Dios. Es aquí donde el libro de Job nos llama a ponernos en el lugar justo, apropiado, pertinente, propio, delante de Dios y en relación al mundo en el que vivimos. Job reconoce finalmente su exceso. Ni su dolor ni la injusticia de su sufrimiento ni la importancia de sus pérdidas justifican la desproporción de poner en duda la presencia de Dios en el mundo ni la utilidad de su sabiduría ni la capacidad de su poder. Ni el más justo de los reclamos de la humanidad es comparable, en veracidad e historicidad, a la eterna fidelidad de Dios.

El libro de Job nos llama a poner en cuestión nuestras certezas para abrirnos a preguntas y respuestas que no logramos formular porque la situación nos excede. La decisión de Dios de salvar al mundo es irreversible, incuestionable y definitiva. En este juicio a un Dios incomprendido donde quien termina juzgado inocente es el hombre pone en evidencia la misericordia de Dios con el pecador. El pecador es justificado por su fidelidad a Dios aún en rebeldía y en abierta resistencia a las circunstancias en las que vive. Sin embargo, Dios restituye la dignidad a quien se mantiene fiel hasta en la más profunda de sus miserias.

Por eso, Dios no puede más que mirar hacia los de abajo, hacia los necesitados y los sufrientes, y está cerca de todos los que se encuentran en lo profundo, como dice Pedro: «Resiste a los altivos y muestra su gracia con los humildes» (1 Pe 5,3). De aquí es de donde surge el amor y la alabanza a Dios. Nadie podría alabar a Dios si antes no lo hubiera amado, si no fuera lo más conocido ni lo más amado. La única forma de conocerlo así es a través de las obras que manifiesta en nosotros y que nosotros sentimos y experimentamos. Pero donde se ha experimentado que él es un Dios que sólo dirige su mirada hacia abajo y que ayuda a los pobres, a los despreciados, a los miserables, a los desventurados, a los abandonados y a los que no son nada, allí es donde se lo ama de corazón, donde el corazón sobreabunda de gozo, salta y se regocija en vistas de las bondades que Dios le ha regalado, y donde el Espíritu Santo en un instante y a través de la experiencia le enseña este arte y este inmenso placer”.(*)

 

Amén

 



Pastor Jorge Weishein
Buenos Aires, Argentina
E-Mail: jorge.weishein@gmail.com

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