Göttinger Predigten

deutsch English español
português dansk Schweiz

Startseite

Aktuelle Predigten

Archiv

Besondere Gelegenheiten

Suche

Links

Gästebuch

Konzeption

Unsere Autoren weltweit

Kontakt
ISSN 2195-3171





Göttinger Predigten im Internet hg. von U. Nembach

2º Domingo después de Epifanía, 17.01.2016

Sermón sobre Isaías 62:1-5, por Miguel Ponsati

Introducción

Tengo por seguro que una de las experiencias más duras que una persona, un grupo familiar, una comunidad de fe, un pueblo puede llegar a atravesar por un tiempo prolongado es la del ‘silencio de Dios’ en la dificultad, el sentir que fue abandonado/a de su mano a la intemperie. ¿Y qué decir de cuando nos ocurre esto en nuestras relaciones cotidianas con otras personas? En la familia, en las amistades, en el trabajo, en la sociedad…

I

No es difícil para nosotros los rioplatenses, con nuestras historias como países, imaginarnos los conflictos que vivieron quienes regresaron del exilio. Lo que trae como secuela el haber tenido que marcharse forzosamente de su lugar a vivir en otra cultura, en otra sociedad y dejar - tal vez- los afectos en el lugar de origen: una vida escindida, partida… y excluida... Y quizás lo que se encuentra a la vuelta no es justamente un paraíso como se creía o esperaba.

Israel, por cierto, se quejaba amargamente de eso que percibía como muchos años de silencio y hasta de abandono de parte de Dios. Claro que, por su parte, también hay que decir que Israel le había sido infiel en repetidas ocasiones a Dios. Su conducta muchas veces había estado atravesada por el pecado. De ahí su sentimiento de andar entre las sombras de la desolación ante un Dios que guardaba silencio.

II

Sin embargo, justamente en esa situación interviene el profeta con su proclamación. Es un mensaje de consuelo, de fortalecimiento, de empoderamiento. Quiere dar ánimo en la tribulación, en la incertidumbre, en la cerrazón de los horizontes. El mensaje es sencillo: ¡Dios no abandonó a su ciudad, a su tierra, a su pueblo, a sus hijos e hijas! El viene y cumple sus promesas. Transmitiendo cierta ansiedad el profeta parece desahogarse en un canto en el que ya despunta un nuevo día de plena obediencia y confianza del pueblo de Dios.

Ahora el pueblo del pacto es restaurado, es levantado por Dios - una vez más - luego de la vivencia del sufrimiento en la humillación y el desespero a la condición gozosa de justicia y comunión de los tiempos en que era su virgen desposada. Cuando Dios está por volver a hablar su “justificación” brilla como la aurora ante él. Su causa será sostenida por el justo y fiel Dios del pacto.

¿Para qué se nos recuerdan estas promesas de cosas que tal vez todavía no acontecen en nuestra vida? Para mantener encendidas las luces de la esperanza como en la Fiesta de los Tabernáculos que celebraba Israel en recuerdo del regreso del Exilio. En medio dificultades y tiempos oscuros. Pero también cuando las cosas nos salen bien y ponemos nuestra confianza en objetos o en situaciones que son pasajeros por naturaleza. Para que en los logros - aún con todo su valor y todo nuestro empeño o habilidad - tengamos siempre presente que no tenemos nada que no hayamos recibido de la misericordiosa gracia de Dios. Gracia que el texto de hoy nos ayuda a tener presente que se muestra a todo su pueblo sin

exclusiones ni privilegios.

III

Lo que para la comunidad que escuchaba y leía al profeta estaba aún en una zona de oscuridad, era una esperanza, tan solo una expectativa, para nosotros se hizo realidad concreta. Vimos y oímos al Salvador y Dios nuestro, a Jesús. Él vivió y fue crucificado entre nosotros y por nosotros y en nuestro favor. Y resucitó, venciendo a la muerte con su muerte para que tengamos vida y vida plena. Él nos llama a caminar junto con su pueblo pues él mismo está con nosotros en nuestro caminar. Nunca fuimos y nunca más seremos abandonados por nuestro Señor.

Unas palabras todavía, antes de finalizar, sobre el pasaje de 1ª Co 12, 1-4 en relación con nuestro texto de hoy. La Iglesia, sierva de Aquél que es la Palabra, es el cuerpo - la comunidad - que asume a los miembros más pequeños, más débiles, como explicaba genialmente Martín Lutero al ilustrar su exposición de 1º Co 12 con la imagen de alguien que se golpea el dedito más pequeño del pie con un borde duro y afilado. ¿Qué sucede entonces, al sentir el dolor? La boca grita de dolor, el rostro se contrae, el tronco se inclina en dirección al dedo golpeado, la mano lo masajea, los ojos verifican si hay o no consecuencias. Vale decir. Todo el cuerpo del ser humano se preocupa y se ocupa con el menor de sus miembros que está sufriendo. Así acontece (al menos así debería) en la comunidad como cuerpo de Cristo. Cuando el menor de los miembros sufre, todos sufren con él y cuidan de él. Así la iglesia actúa pastoralmente, yendo al encuentro de quienes se sienten abandonados o condenados al silencio o a cien años de soledad, restaurando vínculos, sanando situaciones, ayudando en la reconstrucción de vidas, de proyectos colectivos, de esperanza para los que se quedan afuera de los proyectos neoliberales que parecen querer volver a interponerse en nuestro caminar.

Concluyendo

Aunque suene como una de esas frases que vienen en los imanes que pegamos en la puerta de nuestras heladeras permítanme hacerles una pregunta y responderla yo primero: ¿qué nos traerá el año nuevo que recién está comenzando? Pues 349 - ya pasaron 17 -… 349 oportunidades más, un tiempo propicio para compartir con otras y otros la vida en plenitud y las promesas del amor incondicional de Dios por cada una y cada uno y por todo su pueblo, ese pueblo en el cual nos anuncia que tendrá su deleite. Amén.



Pastor Miguel Ponsati
Buenos Aires.
E-Mail: miponsat@gmail.com

(zurück zum Seitenanfang)