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ISSN 2195-3171





Göttinger Predigten im Internet hg. von U. Nembach

5ş Domingo después de Epifanía, 07.02.2016

Sermón sobre Isaías 6:1-8, por Mónica Hillmann

 

“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo, sea con cada uno de nosotros, ahora y siempre. Amén”

Lectura: Isaías 6:1-8

Me ha pasado, y me dio cierta tranquilidad el saber que a otros también les pasó, que uno se prepara lo mejor posible y con todo el entusiasmo espera con ansias terminar los estudios para ponerse manos a la obra… pero en el día a día las cosas no ocurren al pie de la letra como uno pudo leer o estudiar. “¿Ahora qué? ¿Cómo sigo? ¿Qué hago? ¡En que lío me metí!” El estudio te da herramientas, no soluciones mágicas, para enfrentar las situaciones. Es tarea de uno analizar cada situación y ver cómo las aplica. Eso implica ingenio e imaginación. Y esto uno lo va aprendiendo con el paso del tiempo, pero en un principio la situación puede llegar a paralizarnos.

Pasa también que a veces las situaciones nos superan, pues nos son desconocidas. En los tiempos que vivimos lo notamos a diario. Por ejemplo, sólo hace falta echar un vistazo a la tecnología donde observamos actualizaciones constantes. Cuando pensamos que tenemos lo último en tecnología…¡ya salió algo nuevo! Los cambios son tan rápidos que no llegamos a procesarlos, y tarde o temprano colapsamos. Ni hablar de las relaciones humanas, de los movimientos sociales: situaciones que escuchamos nos sorprenden, no sabemos cómo actuar ante ellas… Nos inunda el pánico en un primer momento y tal vez pensamos en salir corriendo, pero a la vez nos encontramos paralizados por el mismo pánico, hasta que logramos calmarnos, empezamos a analizar la situación y a reflexionar, leemos e investigamos, nos encontramos con otros para unir ideas y esfuerzos, tratamos de buscarle la vuelta.

Imagino que algo parecido habrá pasado a Isaías, y con él a todos los profetas. No se estudia para ser profeta, para ser un enviado de Dios. Algunos eran gente del pueblo, campesinos; otros eran sacerdotes; otros relacionados con las clases altas –como se supone que era Isaías-. No hubo una preparación previa para profetizar. Algunos fueron llamados en medio de su trabajo diario, de manera sorpresiva, sin herramientas para desempeñarse en esa tarea –hay profetas que dicen que ellos no saben hablar, que no saben cómo expresarse ante el pueblo. Por otro lado, una cosa era recibir el mensaje que tenían que proclamar al pueblo y a las autoridades, y otra cosa era estar frente al pueblo y a las autoridades y comunicarles el mensaje. Una cosa habrá sido el escenario que se imaginaron que se iban a encontrar al momento de hablar, y otra el escenario que se encontraron al hablar y que tal vez los obligó a actuar de manera diferente para poder cumplir con su cometido.

A esto se agrega que no eran llamados por cualquiera, y lo vemos bien clarito en el texto del llamado de Isaías. Era el mismísimo Dios que los convocaba para llevar a cabo una tarea. Dios con toda su majestad, su santidad, su gloria; serafines, voz potente, humo, resplandor… Toda esta situación lleva a que Isaías exclame: “¡Ay de mí que soy muerto!, porque siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Señor de los ejército” (Isaías 6,5).

¡Me imagino el pánico, la parálisis, la impotencia que tal vez habrá sentido Isaías ante esta visión, ante la misión que tenía por delante, ante el contexto al cual se enfrentaba! “¿Ahora qué? ¿Cómo sigo? ¿Qué hago? ¡En que lío me metí!”

En este momento donde se toma conciencia de la magnitud de la tarea que se tiene por delante, y a la vez de lo pequeño que uno puede ser para llevarla adelante, es donde se marca la diferencia entre quién es creyente y quién no. Quién tiene su pensamiento, visión y misión sólo a partir de su propia existencia, puede hacer dos cosas ante esta situación: salir corriendo o “creérsela”, creer que es importante al encomendársele esta tarea, todopoderoso al tener las herramientas para hacerlo. El que es creyente tiene una opción intermedia: el confiarse a Dios quien mostrará el camino, dará las fuerzas, ayudará a descubrir nuestro potencial al habernos desafiado con esta misión. A partir del momento en que se reconoce que uno, por su condición de ser humano, limitado, pecador, inmundo –en palabras de Isaías-, no puede realizar por sus propias fuerzas y medios la tarea, y por eso se encomienda, entrega, confía a Dios; ahí se vislumbra un camino, surgen ideas, se renuevan las fuerzas y se puede llevar adelante la tarea. La cuestión está en poder salirse de uno mismo, mirar más allá de nuestra existencia, tener la certeza de que hay alguien que dirige la historia pero que a la vez nos desafía a colaborar con Él para que se cumplan sus proyectos, que no estamos solos en este caminar… cambia la situación. Allí puede decir el profeta, allí podemos decir: “Heme aquí, envíame a mí”.

Por supuesto que esto no significa que las cosas irán a las mil maravillas, sin problemas, sin contratiempos, sin dificultades. Sabemos bien que los profetas tuvieron sus dificultades para desarrollar su misión. O que cuando las cosas vayan mal nos lavaremos las manos y le daremos toda la responsabilidad a Dios pues Él es quien dirige: Dios no es un dios caprichoso que nos maneja como si fuéramos marionetas. Él nos creó con libertad, por lo tanto con responsabilidad sobre nuestro andar, sobre nuestro medio. Tampoco que nosotros seguiremos adelante sin sobresaltos, sin ganas de abandonar la carrera, sin en algún momento paralizarnos: seguimos siendo frágiles seres humanos. Algunos profetas se sentaron a morir porque no se sentían con fuerzas para continuar, otros intentaron huir de su misión... La diferencia estará en que sentiremos que alguien nos sostiene, veremos una mano que se nos presenta para levantarnos, oiremos susurros que nos guían, sentiremos un soplo que nos renueva… Y ahí está la grandeza, la majestad de Dios: en que a pesar de tener las riendas de la historia nos pide nuestra colaboración desde nuestros dones, capacidades, potencialidades, y que no se desliga de nosotros, nos acompaña y mima en todo momento, en toda circunstancia, en todo lugar.

Y esto no es sólo para los profetas, para los predicadores, para los sacerdotes, para los discípulos de Jesús. Esta certeza de que Dios nos llama para una tarea según nuestra personalidad (una vez me dijeron que Dios no nos da una carga más pesada de la que podemos soportar: Él nos conoce desde el vientre de nuestra madre, sabe de nuestras potencialidades), y que nos acompaña en el desempeño de la misma dándonos las herramientas para enfrentar los desafíos que se nos presenten, lo puede sentir todo aquél que se confía en las manos de Dios, o recordando a Lutero cuando decía que cualquiera que hace honradamente su trabajo, para la gloria de Dios, está llevando el mensaje de Dios.

Isaías, aquellos pescadores que fueron invitados a pescar hombres, y tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia, incluidos nosotros, somos invitados a colaborar con Dios, no dejándonos vencer por las dudas, dificultades, miedos que nos presente el desafío que nos muestra Dios, sino confiándonos en sus manos. Sólo así podremos decir: “Señor heme aquí, envíame a mí”. Amén

 



Pastora Mónica Hillmann
Uruguay
E-Mail: monicahillmann@gmail.com

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