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ISSN 2195-3171





Göttinger Predigten im Internet hg. von U. Nembach

2º Domingo de Cuaresma, 21.02.2016

Sermón sobre Salmo 27:, por Miguel Ponsati

 

El Salmo 27 es un texto para tener siempre cerca. Se trata de una canción de esperanza. Más aún, es una excelente guía para la oración cuando llegan esos momentos o etapas en la vida personal en que las dificultades amenazan con superar nuestra capacidad de respuesta o bien cuando hace falta profundizar y revitalizar una fe que con el tiempo se ha ido volviendo - quizás- más una costumbre que heredamos que un hecho vivo y activo. Cuaresma es un tiempo de revisión, de preparación, de manera que la circunstancia para reflexionar sobre lo que el salmista dice es más que propicia.

I

No hace falta buscar demasiado para constatar que vivimos atravesados, enganchados, enredados en tiempos como los nuestros - tan acelerados - en una cultura, una racionalidad del cálculo del beneficio propio, del bienestar individual inmediato y la búsqueda de felicidad al instante, tal como enviamos y recibimos información por whatsapp o un msj de texto en nuestro smartphone de última generación… Y esto con el tiempo, hasta que se hace hábito, tiene consecuencias para nuestra vida de fe. No pocos tenemos una fe al estilo líquido, débil, de muchos de los vínculos que construimos hoy en día, sin mayores compromisos o incomodidades. De la misma manera tejemos nuestra relación personal con Dios. Lo que, lógicamente, repercute en las relaciones que establecemos con otros y otras. Y también, claro está, muchas veces así lo ponemos en práctica en la Iglesia.

Una vida así - lo asumamos o no - deja sentimientos de vacío de sentido, desamparo, perplejidad, ansiedad… como si nuestros días transcurrieran bajo una penumbra permanente llena de recuerdos de tiempos pasados - supuestamente mejores - que ya no van a volver y de amenazas ante un futuro que parece anunciar sólo incertidumbre mientras en el presente del “corre, corre” de cada día la vida literalmente nos pasa por encima o nosotros ignoramos o pasamos por encima a nuestro prójimo para asegurarnos o ascender en nuestra posición.

II

El salmista se lamenta y le pone palabras concretas a lo que vive: sus enemigos levantan falso testimonio contra él, lo dejan en la ruina y expuesto a dificultades; en su maldad y violencia planifican estrategias para acabar por completo con él mostrando la capacidad de daño que tienen con su poder.

A lo que hay que agregar las tentaciones que los espíritus del mal traen junto a ello induciendo en quien sufre semejante trato respuestas instintivas y ciegas: la ira, la tristeza, el abatimiento, la soberbia, la envidia… a las que nadie está libre de ceder. Pues ante Dios nuestra condición humana caída y débil es compartida por todos en igual medida. Pero el salmista nos dice que hay un reposo y refugio seguro aún en medio de esas tentaciones. Aquél que hallamos en el Señor. Al fin de cuentas, justos y pecadores, santos y transgresores, somos hijos e hijas de un mismo Padre que sostiene la vida con sus noches y sus días, sus altos y sus bajos, sus veranos e inviernos, que jamás nos abandona ni deja de amarnos, más aún, que nos cuida maternalmente con dedicación, ese Padre “que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.” (Mt 5,45)

III
Porque, aunque por su queja parezca lo contrario, en medio de sus luchas el salmista no se queda en la situación de víctima sino que expresa su búsqueda, su anhelo y apela insistentemente a lo único que le queda a su alcance para iluminar su caminar diario: la compasión, protección y guía que confía en su corazón recibir de Dios, su Salvador. Todo el salmo está concentrado en esa palabra: confianza.

Esa confianza está puesta en la ayuda de Dios. Una ayuda que se hace realmente presente. No se queda en palabras y nada más. Nos dice Pablo que en la fuerza de su gracia el Señor coopera con los que ha llamado disponiendo “todas las cosas para el bien de quienes lo aman” (Rom 8,29). Decía Lutero: “… Él nos da su fiel consejo y nos fortalece con su palabra, para que no desfallezcamos de debilidad, sino que podamos permanecer firmes. Ahora, cuando llega la hora y ya sufrimos lo suficiente, Él se pone de nuestro lado con su poder, para que superemos el momento crítico y salgamos victoriosos. Precisamos de ambas cosas…”. “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom 8,31 ss.)

El salmista concluye con la seguridad de que su lamento ha de ser escuchado en esta tierra, en esta vida. Como para confirmarse a sí mismo que su espera no es en vano comenzó y termina su petición expresando con audacia su fe en el favor y buena disposición de Dios. Ni siquiera puede contemplar la posibilidad de que no sea así. Claro, es una fe activa, que no se rinde con facilidad... Es una fe que persevera, que toma impulso vital de Aquél que ha prometido ser encontrado de quien lo busca. Efectivamente, la persistente confianza puesta en el Señor queda como la única esperanza en una situación desesperante. Y recibe entonces, como un amén, un mensaje de aliento que anuncia liberación:

¡Espera en el Señor! ¡Ten buen ánimo!
Les dejo con un pensamiento de Viktor Frankl, psiquiatra austríaco sobreviviente de 4 campos de concentración nazis y creador de la llamada Logoterapia, que me ha ayudado mucho tener presente en los últimos meses:
«Todo puede serle arrebatado a un hombre, menos la última de las libertades humanas: el elegir su actitud en una serie dada de circunstancias, de elegir su propio camino. ¿No podemos cambiar la situación? Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento.»

La manera de cómo encaramos la vida hace toda la diferencia…
¡Fortifica tu corazón! ¡Espera en el Señor! Amén.



Pastor Miguel Ponsati
Buenos Aires, Argentina
E-Mail: miponsat@gmail.com

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