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ISSN 2195-3171





Göttinger Predigten im Internet hg. von U. Nembach

Segundo domingo de Adviento, 04.12.2016

Sermón sobre Isaías 11:1-10, por Marcelo Mondini

1De ese tronco que es Jesé, sale un retoño;
un retoño brota de sus raíces.
El espíritu del Señor estará continuamente sobre él,
y le dará sabiduría, inteligencia,
prudencia, fuerza,
conocimiento y temor del Señor.
Él no juzgará por la sola apariencia,
ni dará su sentencia fundándose en rumores.
Juzgará con justicia a los débiles
y defenderá los derechos de los pobres del país.
Sus palabras serán como una vara para castigar al violento,
y con el soplo de su boca hará morir al malvado.
Siempre irá revestido de justicia y verdad.
Entonces el lobo y el cordero vivirán en paz,
el tigre y el cabrito descansarán juntos,
el becerro y el león crecerán uno al lado del otro,
y se dejarán guiar por un niño pequeño.
La vaca y la osa serán amigas,
y sus crías descansarán juntas.
El león comerá pasto, como el buey.
El niño podrá jugar en el hoyo de la cobra,
podrá meter la mano en el nido de la víbora.
En todo mi monte santo
no habrá quien haga ningún daño,
porque así como el agua llena el mar,
así el conocimiento del Señor llenará todo el país.
10 En ese tiempo
el retoño de esta raíz que es Jesé
se levantará como una señal para los pueblos;
las naciones irán en su busca,
y el sitio en que esté será glorioso.”

(Versión Dios Habla Hoy)

Las palabras de esta profecía se escucharon por primera vez allá lejos y hace tiempo, en la zona de Judá y Jerusalén, unos dos mil setecientos años atrás. Seguramente en el momento en que estos dichos fueron pronunciados, las personas que escuchaban se preguntarían qué significaba todo esto. Referencias a genealogías con comparaciones del ámbito de la botánica, nombres propios muy conocidos como Jesé, o Isaí, padre del rey David, y hasta animales también muy conocidos, pero en situaciones un tanto extrañas, hacían que el mensaje de Isaías estuviera envuelto en códigos difíciles de descifrar.

El mensaje del profeta se hacía escuchar. La denuncia estaba ahí, dicha con todas las palabras: Judá está amenazada por Asiria, pero el mayor peligro para la nación, que la puede llevar al desastre, no es tanto la gran potencia invasora sino el propio pecado del pueblo. El ejército enemigo ya se encontraba a corta distancia de Jerusalén, preparado para sitiar la ciudad; pero la desobediencia a Dios, la falta de fe en él, y la gran inclinación hacia la idolatría, hacían que ese pueblo elegido estuviera en un peligro aún mayor.

Pero conjuntamente con la denuncia llegaba el anuncio, las buenas noticias, el futuro distinto en que la situación cambiaría y se produciría lo inexplicable, la restauración tan esperada. Y de esto trata el texto de hoy; es un canto que anuncia las buenas nuevas de un futuro muy distinto, marcado por una palabra muy escasa en esos tiempos de turbulencia: el anuncio del tiempo de la paz.

Con el paso de los siglos, con el correr de la historia, y con el acortamiento de las distancias, es que quedó develado el misterio que envolvía la profecía. Hoy, después de tantos años, podemos decir que queda claro el significado de la predicación de Isaías, sintetizada con dos conceptos centrales: quién y qué.

Y hoy, en este tiempo de Adviento, recordamos y repetimos una vez más de quién trata la profecía, a quién se refiere. El tronco de Jesé, Isaí, es la descendencia davídica de la que finalmente nace Jesús. Pero a pesar de esa realidad marcada por la sencillez, la austeridad, el ser pobre y vivir entre los pobres y para los pobres, es que se confirma que ese retoño, que brota de las raíces del tronco de Jesé, es Jesús, el salvador anunciado. No fue fácil llegar a afirmar esta gran verdad; tal cual nos lo recuerda las palabras de la canción que cantamos en esta época del año, muchos se preguntaban ¿Qué niño es éste? La pregunta era muy sincera, ya que la situación del entorno material no coincidía con las realidades trascendentes; mientras el niñito era arrullado entre los animales de un establo, los coros celestiales cantaban, alegres, ante su venida.

Definitivamente, la profecía apunta hacia Jesús, y esto para nosotros es algo muy claro. Y también está muy claro el énfasis del profeta en aquello que produciría la venida de este retoño de Jesé, en la explicación más detallada del “qué”. Por una parte, si nos guiamos por el énfasis basado en la repetición de conceptos, nos estaríamos inclinando por la justicia como el elemento central que define el estado, la situación, el ambiente en el cual se desarrollaría ese tiempo futuro tan bueno y tan esperado. El “quién” de la profecía iría revestido de justicia y verdad. Pero, por otra parte, si consideramos la cantidad de imágenes referidas a una naturaleza reconciliada, representada por depredadores y presas cohabitando un espacio común, entonces también podríamos afirmar que en definitiva la paz es el elemento central que da sentido a ese futuro distinto, ese momento en el que la esperanza ya no es esperanza sino que finalmente ha sido transformada en realidad. Indudablemente, los tres elementos que hemos mencionado, justicia, verdad y paz, van juntos y de forma inseparable. Justicia y verdad como los elementos centrales en el vínculo tanto con Dios como con nuestros semejantes; y paz como resultado, como el fruto obtenido a partir de la justicia y la verdad. Una paz no como la “pax romana”, ese estado de aparente tranquilidad basado en el miedo y la represión, sino una paz basada en nuevas y positivas formas de interacción.

Podemos decir que hasta aquí probablemente todo quede claro: sabemos quién es el “quién” de la profecía, y también sabemos a qué se refiere el “qué”.

Pero hay una cosa que no está explicitada; hay algo que la misma profecía no detalla. Es algo que ha sido dejado en manos de los lectores, de todos nosotros que caminamos hacia la interpretación de la Palabra hoy. Y este elemento, que nosotros hoy tenemos que indagar, es el “cómo”; es avanzar en la comprensión de las distintas formas en que Jesús nos trae la justicia y la verdad, a nosotros hoy, lo que finalmente da como fruto la paz.

Y en esta búsqueda hay textos de las Escrituras que nos ayudan a interpretar y completar la profecía. Leemos en los primeros versículos de Romanos 4 que por medio de Jesús, el anunciado por el profeta, somos justificados, considerados como si fuéramos personas justas, y esto es lo que nos trae la paz más profunda, que es la paz con Dios. Y la justicia de Dios se expresa a través de Jesús, amando a cada persona de una manera tal que es imposible de comprar, que es imposible de obtener por algún medio que tengamos a disposición; de un amor tan grande que lo llevó a dar toda la vida por los seres humanos, incluyendo la muerte en la cruz, el camino para lograr la reconciliación. Por eso el amor de Dios es gratis, es gracia. No porque no valga nada, sino porque este amor de Dios es imposible de ser comprado. Y en este gran amor de Dios, que recibimos por gracia, radica la forma de justicia que Dios hace con nosotros, a partir de la cual llegamos a estar en paz con Dios.

Pero también la profecía nos invita a pensar de qué manera se podrá vivir la paz con justicia en nuestras relaciones interpersonales. El texto de Isaías es extremadamente gráfico, y nos muestra un tiempo en el que la naturaleza es inundada por la verdad y la justicia. Seres que parecen irreconciliables están viviendo en paz, descansando juntos, uno al lado del otro, dejándose guiar mutuamente, siendo amigos, sin que haya quien haga ningún daño.

Isaías nos recuerda el Adviento; nos recuerda al que vino, pero que sigue viniendo hoy. Él, que está a la puerta de nuestros corazones, hoy nos llama a reflexionar sobre la paz, una paz basada en la justicia y la verdad, eso que él predicó e hizo durante toda su vida.

Que en este tiempo de adviento podamos ir en la búsqueda de esta fuente de la paz, encontrando caminos que nos lleven a esta paz verdadera, la paz de Jesús.

Que así sea.



Pastor Marcelo Mondini
Buenos Aires
E-Mail: marcelo.mondini@hotmail.com

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