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ISSN 2195-3171





Göttinger Predigten im Internet hg. von U. Nembach

1° domingo después de Epifanía, 07.01.2018

Sermón sobre Hechos 10:34-43, por Federico H. Schäfer

Estimadas hermanas, estimados hermanos:

 

Hace apenas dos semanas atrás celebramos la Navidad; el aniversario recordatorio de la venida de Dios a este mundo. Dios creador y gobernador del universo se manifiesta como persona humana, de carne y hueso, como uno de nosotros. Ese Dios que no podemos ver, apenas percibir por los fenómenos de su creación, sale de su dimensión oculta para nosotros y se da a conocer en persona humana, en ese niñito nacido en la localidad de Belén. Eso es lo que en griego se llama “epifanía”, la aparición, la revelación, la manifestación de Dios. Por ello denominamos “Epifanía” este tiempo litúrgico que sigue de Navidad, particularmente el día 6 de enero en el que celebramos la llegada a Belén de los sabios de oriente, --luego también llamados los “tres reyes magos”--, que con su adoración al niño Jesús dieron testimonio de su condición de rey; reconocieron que es Dios, nos “hicieron ver” a nosotros que Jesús es Dios.

 

En el relato que hemos leído y escuchado hace unos instantes, el evangelista Lucas, autor también del libro de los Hechos de los Apóstoles, a su vez nos “hace ver”, nos revela, cosas importantes para nuestra fe acerca de Jesús, Dios hecho hombre. Para entender mejor el relato de hoy no está demás hojear el libro de los Hechos unas hojas para atrás. Resumo: después de la muerte y resurrección de Jesús, los que creyeron en el resucitado, comenzaron a hablar de él a otras personas, es decir dieron testimonio de lo que habían visto y oído acerca de Dios que vino a visitar a los humanos. Esto trajo aparejado la reacción de los dirigentes judíos y así comenzaron las represalias. Uds. recordarán que los primeros cristianos se reunían a puertas cerradas por temor a estas persecuciones. Y no era exageración, pues bien pronto el diácono Esteban y otros sufrieron el martirio. Por ello muchos judíos seguidores de Jesús se mudaron fuera de Jerusalén a otros pueblos y ciudades llevando las buenas nuevas a esos lugares. Comenzaba así a realizarse y cumplirse el mandato dado por Jesús a sus discípulos, de llevar a todas las naciones las buenas nuevas de ese Dios que tanto ama a su creación, que envió a su hijo para que nadie se pierda. Así el Evangelio de Jesús pronto salió de los límites territoriales del judaísmo tradicional y llegó a comarcas como Samaria y Siria, a localidades como Damasco, Lida, Jope, Cesárea, etc.

 

No obstante al principio costó mucho a los cristianos provenientes de familias judías comprender que el evangelio de Jesús estaba destinado a “todas las naciones”. A los propios discípulos de Jesús les costó comprender esto. Pensaban que el Evangelio estaba reservado a los propios judíos o cuando mucho los prosélitos griegos, romanos, sirios, que se habían convertido previamente al judaísmo. Así es que la misión de la iglesia cristiana en aquellos tiempos iniciales siempre usó a las sinagogas, a las escuelas judías, como cabeza de puente para su tra-bajo, aprovechando el hecho de que muchísimos judíos buscando nuevos medios de vida habían emigrado y formado comunidades con sus escuelas en muchas localidades del imperio romano, como Uds. saben, hasta en la propia ciudad de Roma y países lejanos como España.

 

Volviendo al libro de los Hechos, lo vemos al discípulo y apóstol Pedro visitando a esas pequeñas comunidades cristianas en el extranjero, es decir fuera de Judea, seguramente para fortalecerlas y consolidarlas. Así lo vemos actuar en Lida y en Jope. De pronto es llamado por un oficial del ejército romano a Cesárea, ciudad en la que las fuerzas de ocupación tenían una guarnición. Este hombre aparentemente ya se había convertido al judaísmo y era benefactor de la comunidad local, lo cual no debe haber sido poca cosa para un militar romano. Este oficial, llamado Cornelio, había tenido una visión y quería saber más sobre las buenas nuevas.

 

El apóstol Pedro, a su vez, también tuvo una visión en la que Dios le indicó asistir a ese oficial sin miedo y con confianza, y no considerar impuro lo que Dios ha purificado, por eso de que los no-judíos eran considerados por los judíos personas impuras, es decir indignas delante de Dios. Pedro obedeció y fue a Cesárea y tuvo una inesperada experiencia de hospitalidad y piedad en la casa de Cornelio.

 

Aquí, estimadas hermanas y estimados hermanos, es donde comienza el texto de hoy. El evangelista Lucas nos retransmite algo así como un resumen de la predicación del apóstol Pedro en la casa de Cornelio, en la que se habían reunido muchas personas del entorno de este oficial.

Y lo primero que menciona Pedro en su discurso es precisamente este descubrimiento que él mismo viene a hacer: qué Dios no hace ninguna diferencia entre una persona y otra, sino que acepta en cualquier nación a los que tienen respeto de él y hacen lo bueno. En otras palabras: Para Dios no existe diferencia entre judíos, romanos, griegos o negros etíopes ¡Qué descubrimiento! --podríamos reprochar a Pedro-- ¿Recién ahora te diste cuenta de que Dios es Dios de todos los seres humanos y no solo de los judíos? Sea como fuere es epifanía, Dios se revela como Dios universal.

 

Después de expresar su asombro por la universalidad de Dios, Pedro continúa su discurso con un resumen de las cosas esenciales que todo creyente cristiano debe saber acerca de su fe. Es como una suerte de catecismo, aquello que aún hoy enseñamos a los confirmandos o a los bautizandos adultos. Para los interesados nuevos son, pues, buenas nuevas, buena noticia, son revelación de la fe que antes no conocían. Es Dios que a través de su palabra se acerca a esas personas y se da a conocer, es nuevamente epifanía. Pero es también epifanía, revelación, para todos, pues aún los que ya sabemos muchas cosas acerca de nuestra fe en Dios, lejos estamos de saber todo. Además somos olvidadizos y necesitamos que siempre de nuevo se nos refresque la memoria, qué Dios se nos revele de nuevo. También en la casa de Cornelio había quienes ya sabían algunas cosas acerca de Jesús. No por nada Pedro dice: “Ustedes bien saben lo que pasó en toda la tierra de los judíos…..” No obstante, Pedro lo repite.

 

Y si bien ustedes también ya saben muchas cosas acerca de Jesús, yo hoy igual que el apóstol Pedro repito: A través de ese Jesús, ese mismo que nació en Belén y de los cuales los sabios de oriente habían testificado que es rey, Dios habló, sí, en primer término a los judíos, pero finalmente a todos los humanos. Dios se hace uno de nosotros para poder comunicarse con nosotros en los mismos códigos que nosotros entendemos. Dios quiere que lo entendamos, no quiere que permanezcamos en la nebulosa y confusión acerca de él.

 

Antes que Jesús iniciara su ministerio de predicación, de comunicarnos, de hablarnos, de cómo es Dios, Dios había encomendado ya a Juan, el Bautista, a facilitarle el trabajo a Jesús. Este arengaba a las gentes para que pusiesen su mirada nuevamente en Dios y dejaran sus malas costumbres, su hipocresía. Y entonces Jesús comienza su peregrinación por los pueblos y aldeas de Galilea y Judea liberando a las personas de las cadenas que los tenían presos: enfermedades, enfermedades mentales, discriminación social, prejuicios, erróneas interpretaciones de la ley, erróneo conocimiento de Dios, etc. devolviéndoles la dignidad como seres humanos queridos y no rechazados por Dios. Todo esto y mucho más Jesús lo pudo realizar porque Dios le había dado el poder de su espíritu, porque Dios estaba con él. Jesús era hombre de carne y hueso, sometido a todas las condiciones de la vida en este mundo, pero era a la vez Dios. Y el apóstol Pedro da cuenta de que él y sus compañeros discípulos fueron testigos de todo lo que Jesús hizo y era. Y ese testimonio no es poca cosa, pues una vez más nos revela que Jesús no era el iniciador de un movimiento más en este mundo, sino que Jesús es verdaderamente Dios.

 

Pedro continúa y cuenta que a pesar del mucho bien que Jesús realizó a mucha gente, hubo quienes se sentían afectados por su actuar y por tanto lo apresaron, y lo mataron colgándolo en una cruz. Sí, Jesús sometido a las condiciones de este mundo sufrió la muerte como otros muchos inocentes. Pero el apóstol enfatiza, de que ese Jesús ha resucitado por el poder de Dios. Y si menciona que fue resucitado al tercer día –tal como lo decimos al confesar el credo-- es para recalcar que Jesús al momento de ser resucitado estaba bien muerto. Los judíos tenían la costumbre de esperar hasta el tercer día antes de enterrar definitivamente a una persona a fin de evitar de sepultar a una persona que tal vez estuviera aún con vida. En otras palabras, la reaparición de Jesús se debe a un verdadero obrar de Dios, no es que Jesús se levantó porque en realidad no estaba muerto en serio. Entonces, estamos aquí nuevamente en presencia de epifanía: Al resucitar a Jesús, Dios nos revela su poder sobre la muerte, Dios es verdaderamente todopoderoso.

 

Y Pedro prosigue diciendo que Dios hizo aparecer a Jesús a “nosotros”, sus discípulos y entorno inmediato. Efectivamente, el resucitado no se mostró públicamente a toda la gente. Se mostró a aquellos que luego debían ser sus testigos y que habían sido escogidos para esta tarea. Dicho de otra manera: Han podido ver y experimentar al resucitado quienes Dios quiso que lo vean. También el “ver” al resucitado es obra de Dios. Uds. recordarán que el propio Jesús en oportunidad en que Pedro le confesó que él creía que era hijo de Dios, Jesús le respondió que esa confesión solo era posible gracias al obrar del espíritu divino (Mat. 16, 17). Aprendemos una cosa más: Dios se revela a quien él quiere

 

El apóstol Pedro para reafirmar su función de testigo legítimo del obrar de Dios en Jesucristo, cuenta que él y sus compañeros “comieron y bebieron” con el resucitado. Esta mención pretende ser una demostración concreta y masiva de la resurrección de Jesús, pero asimismo hace alusión a la Santa Cena. Pedro quiere significar que él y los demás discípulos pertenecen a aquellos que tienen “comunión” con el resucitado, más allá de su presencia corpórea entre ellos. Jesús vive y por tanto también hoy en día es posible estar en comunión con Jesús. Los que están así unidos a Jesús, por otro lado, reciben el encargo de dar testimonio, de predicar a ese Jesús, de contarle a otros que en Jesús Dios vino al mundo a salvar a los que creen en él –como ya mencionamos más arriba.

 

Pero este testimonio acerca del amor hacia los humanos que Dios nos revela por a través de Jesús, incluye también el decir a las gentes, que Dios ha colocado a Jesús como juez de todos los humanos, juez de todas las naciones, juez de vivos y muertos. No hay gracia barata; todos y todas deberán alguna vez justificar su vida delante del creador. Con todo, el apóstol también afirma que los que honesta y sinceramente creen en ese Jesús, y dejan que él renueve sus vidas, reciben el perdón de sus errores y no se perderán. Es decir: Dios justifica a los pecadores y los hace partícipes de su comunión.

 

Quiera Dios que nosotros tomemos en serio lo que él nos ha revelado por sus testigos y que con ayuda de su buena voluntad y espíritu podamos generar esa fe y confianza en él que nos haga formar parte de su comunión. (Hoy celebraremos la Santa Cena. Comeremos y beberemos con él invitados por él. Oremos para que sea un verdadero encuentro de comunión con el Señor y entre nosotros). Amén.  

 



Pfarrer Federico H. Schäfer
Buenos Aires - Argentina
E-Mail: federicohugo1943@hotmail.com

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