Göttinger Predigten

deutsch English espańol
portuguęs dansk Schweiz

Startseite

Aktuelle Predigten

Archiv

Besondere Gelegenheiten

Suche

Links

Gästebuch

Konzeption

Unsere Autoren weltweit

Kontakt
ISSN 2195-3171





Göttinger Predigten im Internet hg. von U. Nembach

2° Domingo de Cuaresma, 25.02.2018

Sermón sobre Génesis 22:1-13, por Federico H. Schäfer

Estimadas hermanas, estimados hermanos,

 

El relato que hemos escuchado es duro, cruel. Tal vez para algunos no lo sea tanto por efecto del acostumbramiento, en virtud de que es un relato que más allá del púlpito y del estudio bíblico pasó a ser acervo cultural general. Sobre él se han pintado cuadros, se han hecho investigaciones psicológicas y de filosofía de la religión, y no hay escuela dominical en la que no haya sido tratado esta historia. Su tensión interna lo hace un argumento de palpitante interés. Pero no obstante ello, su contenido es un tema serio, que pone en tela de juicio muchos conceptos comúnmente sostenidos y practicados con referencia a nuestra relación con Dios. Pero también nos brinda pautas para orientación de nuestra vida de fe.

 

Un montón de asociaciones nos vienen a la mente con este relato. Reflexionaremos apenas sobre tres de los aspectos más salientes para no embarullarnos. Comenzamos con el tema más explícito:

 

¿Dios quiere probar a Abraham?  Antes de comenzar este relato, el compilador del Génesis ya nos advierte sobre el significado del mismo. Y nos deja con la espina: Si Dios probó la fe de Abraham, ¿también nos probará a nosotros? Esto como primera impresión nos resulta enojoso. Estamos acostumbrados a oír el Evangelio, el cual siempre de nuevo nos asegura que Dios nos ama y nos perdona; que es misericordioso hacia sus criaturas y además que conoce nuestros corazones, esto es nuestra manera de ser, nuestras intenciones, y que tiene en sus manos nuestro destino. Entonces: ¿para qué necesita probarnos? El Dr. Martín Lutero en la explicación del Padrenuestro en su Catecismo Menor al explicar la petición “y no nos dejes caer en tentación…” afirma: “Dios en verdad no tienta a nadie…..”

 

Es muy probable que Dios no necesite probar a nadie como para saber quién es. “Él conoce los bueyes con los que ara”. Pero posiblemente seamos nosotros los que debamos ir creciendo, madurando y afianzando nuestra fe y que por tanto debamos ir aprobando diversos exámenes. Para nuestro desarrollo espiritual, para afianzar nuestra confianza y fidelidad a Dios no basta con la prueba teórica que rendimos antes de ser confirmados. Toda la vida que sigue a nuestra confirmación es un período de apren-dizaje y evaluación práctica. Y Dios nos da muchas oportunidades de comprobar nuestra fe, oportunidades que en algunos casos hoy en día podemos considerar duras y crueles.

 

Abraham debió sacrificar lo más preciado, lo que más quería y que con tanta paciencia había esperado: su legítimo hijo y sucesor, en quien estaba cifrado todo el futuro de ese pueblo, esa descendencia que Dios mismo le había prometido. Abraham no es el único en la Biblia que es puesto a prueba. Tenemos, por ejemplo, a Job, que perdió todo, mujer, hijos, casa, campos cosecha, absolutamente todo; al apóstol Pablo que sufrió azotes, cárcel, persecuciones, naufragios, etc.; o el propio Jesús tentado en el desierto, insultado, descreído, traicionado y finalmente clavado en una cruz, y conocida es en este contexto su exclamación: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27, 46).

 

Todo es un proceso pedagógico del que habremos de salir fortalecidos en el entendido de que Dios efectivamente no deja a nadie a la deriva. Pero si bien Dios es Dios de amor y misericordia, es un Dios poderoso que debe ser temido, que es un Dios libre que no puede ser encasillado y juzgado según medidas humanas, que es un Dios que no podemos usar a nuestro antojo; y que aún nuestra fe no la tenemos comprada. Nuestra fe en Dios implica el riesgo: siempre es en última instancia un creer lo increíble, es decir creer a pesar de que todas las razones estén en contra. Ejemplo: Me pueden pasar toda clase de desgracias en la vida y a pesar que la realidad y la razón extraigan de esas experiencias como conclusión que no hay Dios o que Dios me abandonó, permanecer fiel a él.

 

El otro tema impactante es la obediencia incondicional de Abraham: En contra de lo que toda mente humana indicaría como razonable, Abraham marchó tres días dispuesto a sacrificar a su hijo. Imagínense lo que significaría perder a un hijo en un accidente. Abraham no lo perdería en una accidente, no, el mismo lo debía ejecutar. Ese hijo que tanto había deseado, y que Dios finalmente le había concedido en su vejez, ese hijo que significa todo para él, que era la promesa que daba sentido a su vida, de ese hijo debe desprenderse conscientemente.

 

Y Abraham obedece al pie de la letra. Hoy lo tildaríamos de fanático, dueño de una mente enfermiza, de una fe obsesiva. Y nos preguntamos: ¿Será que Dios realmente puede ser tan exigente? ¿O Abraham es un exagerado? Aquí debemos comprender que sí: Dios es un Dios exigente, que exige un cumplimiento radical de su voluntad. Esto no significa que Dios sea arbitrario y exija de nosotros obediencia ciega al punto de entendernos como simples títeres. Al contrario. Dios es libre y nos ha creado a su imagen con libertad. Y tan libres somos, que podemos optar por vivir dándole la espalda a Dios, como si no existiera. Pero debemos asumir las consecuencias de nuestras decisiones, de nuestro actuar.

 

Dios espera de nosotros para nuestro propio bien una obediencia radical, pero como consecuencia de una decisión personal tomada con plena consciencia en base a nuestra fe en él. Dios no quiere borreguitos, quiere gente decidida a recorrer el camino trazado por él a pesar de no tener plena certeza de los objetivos últimos que él persigue. No conocemos nuestro destino, pero confiamos que obedeciéndole decididamente iremos por el buen camino.

 

Abraham decidió ser obediente, a pesar de no saber que iría a pasar con su hijo. Cuando el propio Isaac pregunta dónde está el cordero para el holocausto, Abraham respondió: Dios lo proveerá, quitando así la ansiedad de su hijo ¿Ilusionándose de que Dios quizás lo eximiría de sacrificar a su hijo? No lo sabemos. Pero Abraham obedeció. En comparación con Abraham: ¿Dónde nos encontramos nosotros? ¿Tomamos tan en serio a Dios o inventamos mil excusas para justificar nuestras medias y tibias decisiones?

 

El tercer tema que queremos abordar es el sacrificio humano. Dios finalmente no permitió que Abraham sacrificara a su hijo, una práctica no tan extraña en Canaán de aquellas épocas y tampoco extraña en otras culturas de nuestro planeta. Con todo no creo que de este relato se pueda extraer ---como otros interpretan--- una especie de mandato para abolir definitivamente los sacrificios humanos. Los sacrificios humanos han continuado y existen hasta el día de hoy, aunque ya no se hagan encima de un altar. Han tenido lugar en los frentes de batalla, en las arenas de los circos romanos, encima de las piras de la inquisición, contra las paredes de fusilamiento y en cámaras de gas. Los dioses por los cuales se hacían y se hacen estos sacrificios son diversos, pero oportunamente se han hecho también en nombre del Dios de los cristianos. Creo que Dios jamás haya exigido el sacrificio sistemático de seres vivientes. Otra cosa es como los humanos han creído tener que congraciarse con Dios ---sacrificando toros, corderos y palomas… y hasta seres humanos, etc. 

 

En otra parte del Antiguo Testamento Dios reclama justicia en vez de holocaustos y expresa tener asco de tanta sangre derramada (1° Samuel 15, 22; Salmo 40, 6; Isaías 1, 11; Oseas 6, 6). Esto no invalida la libertad que Dios, como señor de la vida y de la muerte, tiene de reclamar oportunamente alguna vida. Ya decíamos más adelante, que Dios es de temer y todos más temprano o más tarde deberemos morir una vez. El verdadero sacrificio que sí propició Dios, fue el sacrificio de su propio hijo Jesucristo. Y este sacrificio es único y suficiente para siempre. A través de él todas las culpas humanas ante Dios son pagadas, pagadas por Dios mismo.

 

Ante este hecho todo otro sacrificio es innecesario e inútil. Los seres humanos no estamos en condiciones de competir con Dios o superar a Dios, tampoco hay necesidad de ello. Es decir, no podemos hacer méritos y ganar puntos ante Dios y entrar en un negocio con él: --Yo hice esto y lo otro, por tanto tú debes perdonarme aquello. La misericordia de Dios es lo suficientemente amplia para perdonarnos y amarnos, aunque no lo merezcamos, ni seamos dignos de ella.

 

Los únicos sacrificios que en este contexto tienen sentido, son aquellos que realizamos voluntariamente en agradecimiento por el sacrificio que hizo él por nosotros y que serán entonces sacrificios a favor de nuestro prójimo. Jesús mismo dice que no hay mayor amor que dar la vida por un amigo (Juan 15, 13). En ese sentido hay mucho por hacer para cualquiera de nosotros. Y la historia del cristianismo tiene buenos ejemplos dignos de ser imitados. Pero habremos de cuidar de no hacer tales sacrificios solamente para obtener reconocimientos o como se dice hoy en día: para la foto.

 

La total fidelidad a Dios y la consecuente radical obediencia a su voluntad nos llevará a enfocar nuestra vida de una manera nueva y distinta, donde el centro de atención no seremos nosotros, sino Dios y nuestro prójimo, donde brindarse en servicio a los demás y a la comunidad será un privilegio y no un sacrificio, aunque nos cueste esfuerzo y superación. ¡Dios nos ayude en este aprendizaje!   Amén.   



Pastor emérito, IERP Federico H. Schäfer

E-Mail: federicohugo1943@hotmail.com

(zurück zum Seitenanfang)