1º Corintios 15,1–55
día de todos los difuntos o domingo de la eternidad | 2 de noviembre | 1º Corintios 15, 1–55 | Federico H. Schäfer |
Estimadas hermanas, estimados hermanos:
Tenemos hoy un día, una fecha en el calendario, en la que nos impusimos la costumbre, diría la buena costumbre, de recordar a todos los que nos antecedieron, que no están más con vida en esta tierra, personas queridas, cuya ausencia nos duele, personas que no llegamos a conocer, pero nos dejaron una herencia material o espiritual, que nos han dejado el producido de su trabajo en obras de arte, descubrimientos científicos, inventos tecnológicos, conocimientos prácticos. Es verdad que algunos también nos han dejado, problemas diversos, deudas económicas, desavenencias familiares, malos ejemplos y hasta escándalos públicos. A estos últimos seguramente no nos guste recordar o hasta sintamos contento de que ya no estén más entre nosotros.
Pero sea como fuere la huella que hayan dejado nuestros antepasados queridos o no, el recuerdo de su desaparición siempre nos hace tomar nuevamente conciencia de nuestra propia finitud, de la realidad de que nuestra vida tal como la experimentamos cotidianamente, no es eterna, interminable, aunque desarrollemos nuestra conducta como si así lo fuera. Y, a pesar de que reprimimos dicha realidad, surgen siempre de nuevo las preguntas que son tan viejas como la humanidad; las preguntas que el ser humano, sea de la cultura que fuera, se hizo desde que tiene conciencia de si mismo, como lo atestiguan, leyendas, mitos y demás datos que han analizado etnólogos e investigadores de la prehistoria. Las preguntas son, si después de la muerte realmente todo termina en la nada, o si por el contrario existe una suerte de vida después de la muerte y, si esta última pregunta es respondida afirmativamente, cómo sería esa vida más allá de la muerte y donde se desarrollaría.
Los investigadores nos dan cuenta de que las antiguas religiones y filosofías han dado distintas respuestas a estas preguntas y que la idea de la resurrección de los muertos no surgió recién con el advenimiento de la fe cristiana, sino que ya estaba presente en la antigua religión persa y caldea y que había vestigios de ella en ritos griegos, africanos, indios, polinésicos y en el antiguo Israel. Obviamente fue la respuesta cristiana la que se afirmó con mayor contundencia, aunque es resistida hasta el día de hoy por científicos, filósofos, ateos militantes, agnósticos o incrédulos en general.
Para el apóstol Pablo la fe en la resurrección de Jesucristo de entre los muertos es concepto fundamental de su proclamación, a tal punto, que puede decir, que si presumimos ser seguidores de Jesucristo, pero no creemos en su resurrección y como consecuencia de ello en la resurrección de todos los que ponemos la confianza en él, somos los más desdichados del mundo y lo convertimos a él, Pablo, en un mentiroso, en un testigo falso. Como en la congregación cristiana que se había formado en la ciudad de Corinto, importante ciudad portuaria, comercial y cultural de aquellos tiempos, había personas, incluso miembros de la congregación, que descreían de la resurrección, es que dedica a este tema un largo capítulo en la ya de por si larga carta enviada a esa comunidad. Pablo trata de dar una respuesta a las preguntas que hasta hoy nos hacemos ante la finitud de nuestra vida. Y por ello, al pronunciar la lectura del texto de predicación elegido para esta ocasión, no he recortado ningún versículo de ese capítulo, so pena de ser considerada una lectura exageradamente larga.
Inicia el capítulo 15 repitiendo que el mensaje por él predicado es para la salvación de las personas y que Jesucristo murió para el perdón de los pecados de tales personas y que murió realmente, visto que luego fue sepultado. Después de ello resucitó tres días más tarde, o sea nuevamente hace con ello incapié en que Jesús fue muerto realmente. Para corroborar el hecho de la vuelta a la vida, es decir de la resurrección de Jesucristo, relata como apareció a sus distintos discípulos y muchas otras personas y como se le apareció a él mismo haciéndole cambiar totalmente su vida, de un perseguidor de la iglesia a uno de sus principales predicadores.
Pero ante la incredulidad de algunos corintios, Pablo vuelve a explicar la realidad de la resurrección resaltando nuevamente el hecho, que negando la posibilidad de la resurrección toda la fe cristiana pierde todo su valor y que con ello se pierde también la salvación, o sea la posibilidad de estar en paz, en buena relación con Dios. Pero claro: después de la resurrección de Jesucristo no hubo más casos de resurrección de seguidores de él. Sí, había seguidores que inclusive fueron testigos de sus apariciones, pero habían muerto sin volver a la vida en este mundo. Esto lleva a Pablo a tener que explicar cuándo y cómo va a ser la resurrección de los muertos inaugurada por Jesús.
La resurrección de los muertos no va a ser una resurrección para continuar viviendo en esta tierra, una tierra que también es finita, que terminará destruida. Por otro lado, la resurrección de Jesús, es el primer fruto de la “cosecha” de los muertos que tienen que resucitar. La resurrección vendrá, sin lugar a dudas, para muchos más, pero esa resurrección recién se dará más delante de acuerdo a un orden que solo Dios conoce y en el momento que él disponga, es decir, cuando se produzca la segunda venida de Jesucristo a este mundo y se imponga el reino de Dios en forma definitiva y Dios sea todo en todas las cosas. La insistencia de Pablo ante los corintios, de que no se dejen llevar por la influencia de otros, incrédulos o creyentes de otras religiones, que no creían en la resurrección de los muertos y que por ello no llevaban una vida éticamente basada en el amor con la justificación de que “total, da todo lo mismo”, nos da la pauta que el apóstol en sintonía con los demás apóstoles y Jesús mismo esperaban la segunda venida de Jesús en un lapso de tiempo cercano y como momento de juicio. En otras palabra: el hecho de que en lo inmediato no se producían fenómenos de resurrección no era una razón para dejarse estar en la conducta cotidiana.
Pablo continúa con sus explicaciones para responder a las preguntas de cómo será la resurrección, qué clase de cuerpo tendremos en esa vida más allá de la muerte. La
respuesta es bastante radical. Hace la conocida comparación de la semilla que se planta, cualquiera sea esta, y de la planta que luego brotará de ella. Una es la forma de un carozo de oliva y otra totalmente distinta es la forma que adquirirá un árbol que surja de él. O sea, el carozo o la semilla que fuere se descompondrá en la tierra, pero de ella surge un ser totalmente distinto. Pero esto es solo una comparación, pues ese árbol de olivas nuevamente esta sujeto a la muerte y la destrucción, mientras que la nueva corporeidad del ser humano resucitado será incorruptible y prescindirá de todas las imperfecciones a las que estuvo sometido durante su vida terrena.
Como en el caso de la semilla que se planta, y se descompone y vuelve a componerse en un retoño, la muerte del ser humano es el momento de la transformación de la existencia material a una existencia espiritual. No obstante esta transformación radical, hay algo del ser humano que permanece en estas dos existencias, es el ser propio de cada uno. Dios nos ha dado un nombre, una individualidad, un ser hijo o hija de Dios. Como en la semilla que se planta y en la planta que surge de ella se conserva la especie, así también el ser humano no pierde su esencia. Pero, ¡ojo! El alma, que podríamos interpretar como lo que permanece constante entre las dos etapas de la vida, también sufrirá una transformación, un perfeccionamiento. El alma que rige nuestra conducta en este mundo, no será exactamente el mismo alma que regirá nuestra conducta en el reino de Dios. Pero esa transformación ya va ocurriendo durante nuestra vida terrena, en la medida en que nos dejamos invadir por el Espíritu de Dios y vamos obedeciendo los mandatos de Jesús y trabajando en nuestra persona para parecernos cada vez más a Él y trabajando en el ser vicio a Él a favor de nuestros semejantes y todo nuestro entorno.
Aunque la segunda venida del Señor se demore y no se cumpla la esperanza cortoplacista del apóstol Pablo, en el sentido de que él mismo y otros de su generación no morirían, sino serían llevados por el Jesucristo viniente y transformados en un abrir y cerrar de ojos a la nueva existencia celestial, me permito citar el versículo 58 de este capítulo del apóstol donde él arenga a su comunidad diciendo: “Por esto, mis queridos hermanos, sigan firmes y constantes, trabajando siempre más y más en la obra del Señor; porque ustedes saben que el trabajo que hacen en unión con el Señor no es en vano”. No, no es en vano, pues mientras vivimos en este mundo vivimos gracias a la voluntad de Dios que nos creo y que nos permite permanecer firmes en esa fe y esperanza en el futuro que él tiene reservado para nosotros más allá del destino de este mundo. Amén.
Federico H. Schäfer,
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