1º Juan 4,7–16
Exaudi | 17. Mai 2026 | 1º Juan 4,7–16 | Federico H. Schäfer |
Estimadas hermanas, estimados hermanos:
El párrafo bíblico recién leído ha de ser uno de los textos más usados de toda la Escritura, especialmente por aquellos predicadores que no se suelen ajustar a un leccionario establecido, sino por el contrario, se guían por la espontaneidad del Espíritu que los inspira —como ellos dirían. Personalmente prefiero que el Espíritu de Dios me dé la tarea de transmitir un mensaje que no elegí yo mismo —se presta a menos manipulación por conveniencia humana. No obstante, este texto me gusta mucho a mi también; y pienso que meditar sobre él hoy en esta celebración puede ser de gran provecho para todos nosotros.
Los seres humanos, desde que somos seres conscientes de nosotros mismos, pergeñamos proyectos: cómo conseguir más fácilmente los alimentos, cómo defendernos de las inclemencias del clima, etc. En la civilización actual ya desde niños tenemos proyectos, por ejemplo, decimos que cuando seamos grandes queremos ser maestros o camioneros o bomberos. Siendo adultos decimos que queremos fundar una familia, queremos construir nuestra casa, queremos ampliar nuestro negocio, queremos realizar un estudio adicional para perfeccionarnos en nuestra profesión, etc., etc. Hay proyectos que se concretan, hay proyectos que no se logran, hay proyectos de largo alcance, que no se terminan, que están en crecimiento, que tienen una proyección futura que nos desafía siempre de nuevo.
Una congregación cristiana es un proyecto comunitario. Es el proyecto de una cuantas personas que se pusieron de acuerdo en querer escuchar en conjunto la palabra de Dios; que están convencidas de que hay un ser supremo que ha creado y dirige el universo, que ha creado y cuida al ser humano y que por amor a su creación se ha revelado a los seres humanos de manera clara y contundente en Jesucristo, abriéndoles la perspectiva de una vida que no está atada indefectiblemente a la realidad material, sino que la trasciende y tiene una proyección futura hacia la eternidad. Y que esa perspectiva de vida eterna tiene implicancias ya ahora y que redundan em perdón, en liberación, en reconciliación, en justicia, en paz, en esperanza, en amor.
Sí, ese Jesucristo que habitó entre nosotros nos ha mostrado con toda su vida —su pasión, muerte y resurrección incluidas— cuán grande es el amor que Dios tiene para con su creación y cómo quiere que ese amor sea a su vez sentido, vivido, realizado entre los humanos. Y el dar testimonio concreto de ese amor que Dios tiene para con su creación es la premisa fundamental del proyecto que llamamos congregación. Es la esencia de la tarea misionera que el propio Jesucristo encargó a su iglesia.
Pero este mismo amor que Dios manifestó a través de Jesucristo hacia sus criaturas, aparte de constituir el contenido esencial de nuestro proyecto eclesial y que debemos proclamar al mundo, es a la vez una premisa operativa insoslayable. Sin el amor de Dios hacia nosotros y el amor que en virtud del primero nosotros, los humanos, estaríamos en condiciones de otorgarnos los unos a los otros, este proyecto sería impensable. Las congregaciones de nuestras iglesias se sienten ecuménicas en virtud del hecho de no tener pretensiones absolutistas en cuanto a nuestra confesión, que compartimos una serie de verdades doctrinales fundamentales con muchas otras iglesias y por ello nos sentimos parte de la iglesia cristiana universal. A pesar de ello subsisten entre nuestras iglesias y congregaciones diferencias en cuanto a tradiciones de expresar, celebrar, vivir nuestra fe; diferencias regionales en cuanto a organización, modalidades de trabajo, diferencias derivadas de nuestro origen étnico, de corrientes teológicas, de enfoques ideológicos distintos, etc.
Pero esta diversidad, que sin duda enriquece nuestro proyecto comunitario, se hace también admisible, tolerable y superable en aras de ese mismo proyecto por causa del amor que —gracias al amor de Dios— nos podemos otorgar los unos a los otros. Es ese mismo amor que cubre multitud de pecados, que perdona los errores y las omisiones en que incurrimos los unos contra los otros y que también es capaz de superar la mutua desconfianza, las ansias de poder y los deseos de imponer determinadas características particulares. Así, gracias al amor de Dios, el proyecto iglesia es posible, es desarrollable, tiene futuro. Sí, la iglesia es un proyecto que aún no está acabado, terminado; falta mucho por hacer, hay muchos aspectos que perfeccionar, muchas diferencias que superar.
Somos seres humanos los que estamos involucrados en este proyecto. Por tanto refleja todas las falencias propias del ser humano, que si bien justificado por el amor de Dios, continúa siendo pecador hasta tanto Dios le dé a su proyecto el acabado final. El egoísmo del ser humano, esa postura encorvada en si misma, no refleja el amor, no comparte debidamente el amor que fluye de parte de Dios. No digo nada nuevo con esta afirmación, pero es necesario tenerla en cuenta a la hora de evaluar la marcha, la vida de nuestro proyecto, que en realidad es un proyecto de Jesucristo y que sin querer escaparle al bulto, debiéramos dejar más en las manos de él.
Con todo, las limitaciones humanas no nos deben desanimar a la hora de pensar en el futuro de la iglesia. Pues, reitero, el amor no tiene su origen en el ser humano. El amor proviene de Dios, dado que él mismo es amor. Él nos amó primero, la iniciativa está en él. La prosperidad de la iglesia no depende, entonces, del amor que nos podemos brindar nosotros, sino del amor que nos regala Dios. Si confesamos a Jesucristo, si confiamos plenamente en él, estamos en el amor de Dios y así también el proyecto iglesia, en la medida en que esté al servicio de Jesucristo, estará comprendido y sostenido por el amor de Dios. Lo dicho creo que genera suficiente esperanza como para
que podamos continuar trabajando con buenas perspectivas en este proyecto.
Por supuesto, en la medida en que todos los que estamos envueltos en este proyecto de fe reflejemos el amor de Dios y no pongamos obstáculos a su libre difusión, estaremos demostrando con ello que conocemos a Dios y por lo tanto nuestro testimonio será digno del mayor crédito. Claro está, que esta actitud, esta conducta deberá asistirnos también al momento de elegir un pastor, de elegir a los miembros del consejo directivo de nuestra congregación, de elegir las autoridades de nuestra iglesia o de instancias ecuménicas; al discutir sobre reglamentaciones, al establecer programas de trabajo tanto de misión como de diaconía y nuevas modalidades de celebrar; al aprobar presupuestos y administrar los mismos. Ustedes saben que esto es apenas un breve pantallazo de las múltiples actividades de una congregación, pero en cuya realización deberá verificarse la real presencia del Espíritu de Dios y en las que ensayaremos el amor del uno para con el otro.
El amor desenmascarará las hipocresías y disipará los celos, nos ayudará a superar nuestros prejuicios y reticencias y las costumbres de encasillar a nuestros hermanos y compañeros de trabajo en determinadas categorías. El amor nos ayudará a vencer los miedos que nos hacen ver en el otro al contrincante que constantemente estaría al acecho para criticarnos o quitarnos algún espacio. En fin, el amor hace imposible que nos veamos a nosotros mismos siempre como el punto de referencia y comparación. El centro de atención será en todo caso Jesucristo. Esto nos hará más libres y abiertos, más francos y honestos. La comunicación con nuestros hermanos será más fluida y sincera. A Jesucristo no podremos venderle el cuento de que lo amamos, si no lo amamos en serio. Y estar inmersos en el amor de Dios no nos permitirá otra cosa que amar a nuestros hermanos; lo contrario es mentira.
Seguramente en nuestro proyecto eclesial no todo será verdad, no todo será amor, pero es sin duda un proyecto perfectible con el amor de Dios. Pero el hecho de que existe tal como es, ya es una señal del amor de Dios hacia nosotros. Hace dos milenios que Dios lucha al lado de los humanos que le son fieles para que su iglesia, su proyecto no se pierda. Esto ya exige de nuestro lado un enorme agradecimiento y la voluntad de reflejar su amor. Dejémonos permear cada día más por su amor para beneficio de nuestras/sus iglesias y para gloria y edificación de su reino. Amén.
Federico H. Schäfer, pastor emérito,
Iglesia Evangélica del Río de la Plata
E.mail: <federicohugo1943@hotmail.com>