Tito 2,11–14
Noche Buena | 24.12.2025 | Tito 2,11–14 | Federico H. Schäfer |
Estimadas hermanas y estimados hermanos:
Todos los hoy reunidos aquí habrán oído o leído alguna vez el relato del Nacimiento. Es más, la mayoría lo habrá oído ya muchas veces, ya sea en la escuela dominical, en clases de catecismo o en los cultos de Navidad. En muchas iglesias también se lo representa en imágenes mediante los pesebres vivientes, de manera que es una historia que nos ha quedado grabada.
Así escuchamos cómo vino al mundo el Señor Jesús; que justo en aquel tiempo el emperador romano había decretado un censo y que cada uno debía empadronarse en la localidad de la cual provenía su familia; que María y José no habían conseguido alojamiento en el pueblo de Belén; que Jesús finalmente hubo de nacer en un establo; que los pastores en el campo se enteraron del nacimiento de Jesús de manera maravillosa, etc., etc. Todas estas son imágenes que nos son muy queridas y que no deseamos prescindir. Son, sin duda, imágenes hermosas que envuelven nuestros sentimientos con ternura y calidez, aún cuando con el tiempo fueron magnificadas y representadas con un romanticismo que distaba mucho de la realidad.
Sí, debiéramos intentar de imaginarnos el nacimiento de Jesús tal como realmente aconteció. Las circunstancias —debemos reconocer— eran deplorables: frío, un espacio todo menos que higiénico, al contrario, un entorno de paja maloliente a orina y bosta, sin partera a la mano, sin agua tibia para bañar al recién nacido, etc. Desde la perspectiva actual —debemos confesar–, fue un verdadero milagro de Dios, que el niño Jesús pudo sobrevivir.
Pero dejemos de lado los sentimientos a que nos mueven estas imágenes lindas o menos lindas. Pues mucho más importante es el significado de estas imágenes para nosotros hoy. Entonces: ¿Qué es lo que quiere transmitirnos el relato de la Navidad? “La historia de la Navidad es fácilmente comprensible y es rápidamente aprendida y declamada” —dice el Dr. Martín Lutero en uno de sus sermones— “pero que nuestro corazón también la crea, eso no ocurre con tanta rapidez”. Claro que nos pasa a menudo, que escuchamos una palabra inútilmente. Es un sonido en nuestros oídos, que al poco ya olvidamos. “Es una lástima” —dice nuevamente Lutero— “que el ser humano se halla tan enceguecido, que no se deja mover por el nacimiento del Señor. En la Escritura, por cierto, no debería haber nada que nos produzca mayor alegría que esto: ‘¡Cristo ha nacido!’”
Sí, sin lugar a duda, será lo más grande e importante del relato de la Navidad, de aquel acontecimiento en un establo de Belén: ¡Qué con el nacimiento de este niño la gracia de
Dios, su amor y misericordia le fueron reveladas al ser humano! Al ser humano que se había alejado de Dios, Dios le regala un Salvador. Al ser humano, que no quería saber nada de Dios y desespera en la oscuridad de este Mundo, Dios se le aparece personal-mente para integrarlo nuevamente a su comunión.
Muy importante es el versículo del texto de predicación del día de hoy en el que se afirma, que la gracia salvífica de Dios está destinada a toda la humanidad. Sí, a vos y a mi está dirigida la bondad de Dios. Dios, que nació aquí sobre esta tierra en ese niño que llevó el nombre de Jesús, se hizo hombre de carne y hueso. Sí, Dios se hizo uno de nosotros para mostrarnos personalmente, de persona a persona, de cara a cara, en nuestros códigos de entendimiento, su amor y misericordia para declararnos su perdón.
Por ello el relato del Nacimiento no es solo una historia hermosa, que se adapta especialmente bien para ser representada en imágenes y comedias; que suena a cuento infantil que nos recuerda nuestra niñez y nos hace participar por unos momentos de aquella inocente alegría que sentíamos como criaturas durante las fiestas. La historia navideña es mucho más que eso, es la historia de un acontecimiento real, un enorme, importante e insólito acontecimiento, que nos toca a todos aún hoy en día. Es la historia de Dios, que vino al mundo por causa nuestra, que vino a esta tierra, parte de su maravillosa creación.
Solo deberíamos tener el valor de otorgarle crédito de todo corazón, con todas nuestras fibras. Deberíamos tener el valor de alegrarnos verdaderamente por este acontecimiento, que nos muestra que tenemos un creador que nos ve, que se ocupa de nosotros. Como consecuencia de ello podríamos ver nuestro mundo oscuro desde una perspectiva muy distinta. Podríamos descubrir, que desde que nació Jesús el mundo en el que vivimos no es tan tenebroso como estamos inclinados a opinar. Justamente, también para nosotros en este país en el que acostumbramos manifestarnos generalmente en términos negativos y pesimistas, vino al mundo Dios, el Cristo, que es la luz del mundo. Deberíamos tener verdaderamente el valor de sostener que Dios y su gracia salvífica ha llegado también a nosotros. Nos deberíamos poder alegrar, que en el mundo nueva-mente brilla una luz y que a los humanos les es otorgado nuevamente una esperanza para una vida legítima, verdadera, con sentido y en paz.
De nuestro texto de predicación, empero, todavía podemos extraer otro tema. Hasta aquí oímos lo que Dios hace en su infinita preocupación por nosotros y lo que nos ha concedido. Pero ahora se trata de considerar lo que nosotros hacemos frente a Dios, como nosotros respondemos a esa acción salvadora y liberadora de Dios. No demandará demasiada explicación, si afirmamos que estamos obligados a un interminable agra-decimiento por su inmenso regalo navideño. Y en este sentido también es lindo y razonable que le agradezcamos por el nacimiento de su hijo con alegres coros y cantos de alabanza. Pero nuestra vida, obviamente, no consiste solamente de canto y oración. La mayor parte de nuestra vida se manifiesta en la realización de otros quehaceres, en el
trabajo y la profesión, en la familia y la recreación. Y no es erróneo si se considera que esta parte de nuestra vida es la más importante. Pero también esta parte de nuestra vida le pertenece a Dios. También nuestro hacer y omitir es Servicio al Señor, es culto razonable (Romanos12, 1ss) y también en este ámbito debiéramos agradecer a Dios por su bondad.
Esto, por supuesto, no significa que debemos resarcirle algo a Dios por lo que él ha hecho por nosotros. Con nuestras obras tampoco deberemos querer superar a Dios. No podemos realizar algo más grande y mejor de lo que hizo y hace Dios. Él tampoco nos obliga a ello. Si nosotros debiéramos pagar a Dios por su obrar en nuestro favor, ya no sería un regalo. Pero es casi sobreentendido que agradezcamos por un regalo. Y si agradecemos a un semejante por un pequeño favor, cómo no hemos de agradecer por el enorme regalo que nos hizo Dios en Jesucristo.
Pero: ¿Cómo agradecemos a Dios por su obrar, cómo le correspondemos en nuestro diario vivir? Agradecemos a Dios en primer lugar confiando firmemente en su hecho salvífico en Jesucristo y en segundo lugar conservando esta fe como guía, rumbo y orientación de nuestra vida. El texto de predicación de hoy también nos da algunas directrices de cómo ha de manifestarse ese vivir en la fe, dejarse guiar por la fe. Pero esta mañana no queremos abundar en ejemplos de ello. Seguramente ya hemos oído suficientes sermones sobre la conducta que debe observar un cristiano convencido. Cada uno debiera saber lo que significa desechar lo que desagrada a nuestro Señor y llevar una vida agradable a él. Y quien no lo sabe, pues que en casa repase el Pequeño Catecismo de Lutero en el apartado en el que explica los 10 mandamientos.
Por otro lado, también podemos exhortar junto con Jesús y el Antiguo Testamento: “Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo”. Y cerrando este círculo, podemos recordar la otra exhortación que es similar: “Ama a Dios, el Señor, de todo corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”. Así, pues, como de esta manera y en este mundo amamos a nuestros semejantes y a Dios, así agradecemos a Dios por su misericordia que el nos ha concedido para Noche Buena. Sí, esto es lo más importante del evento navideño: qué con el nacimiento de Jesús, Dios nos ha revelado y regalado todo su amor y su bondad y que nosotros, los humanos, honramos este obrar de Dios aceptándolo con agradecimiento y redistribuyendo a nuestros semejantes ese amor y esa misericordia recibida. Esto produce Alegría en el Cielo y en la tierra. ¡Feliz Navidad para todos y todas! Amén.
Federico H. Schäfer,
Iglesia Evangélica del Río de la Plata
E.mail: <federicohugo1943@hotmail.com>