Juan 6, 46–58
Sermón para 4º domingo de Cuaresma (Laetare) | 15.03.2026 | Juan 6, 46–58 (Leccionario EKD, Serie I) | Federico H. Schäfer |
Estimadas hermanas, estimados hermanos:
Para entender mejor este desafiante y tajante texto deberíamos leer el capítulo 6 del Evangelio según San Juan en su totalidad. Comienza el capítulo mencionado con el relato de la alimentación de 5.000 personas y termina con la confesión de fe del discípulo Pedro: “Señor: ¿A quién podemos ir? Tus palabras son palabras de vida eterna. Nosotros ya hemos creído, y sabemos que tu eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente”. Al margen de mi predicación puedo confesarles, que estas palabras del discípulo Pedro, de las cuales nos da testimonio el evangelista Juan aquí, siempre me han impactado y han sido muy importantes para mí; es más podría decir, que también son mi confesión privada de fe. Efectivamente, todo lo que se relata en este capítulo 6 pretende explicar, que la intención principal de Jesús, que aquí se asume claramente como hijo del único Dios, es inculcar a todas las personas, que él es la fuente a través de la cual pueden acceder a la vida eterna – no solo a una vida temporalmente sin fin, sino una vida verdadera en comunión con Dios, el creador, pero que está más allá de todo lo creado, más allá del universo material y finito que es nuestro mundo cotidiano en el que nos desarrollamos. Cuando Jesús afirma “Yo soy el pan de vida”, esa palaba es con-gruente con aquella otra en la que dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie accede al Padre (Dios), sino por mí” (Juan 14, 6).
Como lo sabemos de los testimonios que también nos ofrecen los demás evangelistas, a Jesús le pareció adecuado explicar a los seres humanos los contenidos espirituales mediante parábolas y alegorías, esperando que mediante esta metodología pedagógica pudiéramos comprender los contenidos que trascienden nuestra vida material y tratan de responder a nuestras preguntas por Dios, por el futuro, por el más allá, por nuestro destino, el porqué del sufrimiento, por el sentido de la vida, etc. Así la alimentación de los 5.000 – no interesa si eran realmente tantos o más o menos – era una señal, más allá de otorgar alimento a un montón de gente, que sin duda, lo necesitaba. Era por un lado una señal de la misericordia de Dios para con los más pobres y necesitados, una señal de que Dios está preocupado por el bienestar de los humanos; pero también una señal de que ese Dios está también preocupado por el bienestar espiritual de las personas, que no se satisface simplemente con el alimento material, con el “pan cotidiano” por el que pedimos al rezar el Padrenuestro.
Como se nos describe, esta señal fue apenas entendida en el sentido material y rápidamente muchos de los que fueron alimentados vieron en Jesús al tipo indicado, al caudillo capaz de levantarlos de la miseria, que podría liderar un movimiento de lucha contra las injusticias sociales reinantes. En fin, nosotros haríamos lo mismo, como lo demuestran las últimas votaciones en nuestro país. Jesús y sus discípulos prácticamente
deben escapar de la muchedumbre, y para ello cruzan el lago de Galilea (también llamado lago Genesareth). Pero la muchedumbre adivina lo ocurrido y muchos de ellos también cruzan el lago y los encuentran en Capernaum; y allí comienza un nuevo diálogo. Jesús explica entonces la necesidad de preocuparse no tanto de las urgencias cotidianas, sino de aquello que no es pasajero y perecedero. “No trabajen por la comida que se acaba, sino por la comida que dura y les da vida eterna” – les aconseja. Y agrega, que es él, el que les dará esa comida imperecedera, pues Dios le ha dado poder para ello.
No es que Jesús, hijo de Dios, no supiera de la importancia de la consecución de los bienes indispensables para satisfacer las necesidades de una vida digna en este planeta. Él mismo fue hombre de carne y hueso y sabía lo que significaba el trabajo, lo que significaba tener hambre y sed, la necesidad de cubrirse del frío, tener un techo bajo el cual cobijarse, etc. No por nada liberó a muchas personas de sus sufrimientos, diríamos “carnales”. Y esta enseñanza la continuaron los apóstoles, que apenas conformadas las primeras comunidades cristianas, implementaron el servicio diaconal (Hechos 4, 23ss; 6, 1ss). Pero, en todo caso, Jesús, sin desentenderse de las responsabilidades materiales y sociales, insistió en que: “Lo que Dios quiere que ustedes hagan, es que crean en el que él ha enviado”. Y que es él, el que les puede dar la comida duradera, el pan de vida.
Pero los seres humanos siempre buscamos maneras de justificarnos, y así, como que no se acordaran de la alimentación gratuita que habían experimentado el día anterior, los galileos le piden una nueva señal como para corroborar el poder que Jesús tuviera de parte de Dios. Argumentan con el pan que sus ancestros habían recibido desde el cielo al sufrir hambre en su travesía por el desierto. Jesús les da a entender entonces, que ese pan que sus ancestros había recibido en el Sinaí efectivamente provenía de Dios, como así también el pan que habían recibido el día anterior del otro lado del lago. Pero que ese pan, que sin duda era un regalo de Dios, solo sirvió o serviría para satisfacer una urgencia puntual y no los había liberado ni los liberaría de sufrir la muerte. Los galileos siguen sin entender y le piden a Jesús que siempre les provea el alimento necesario.
Jesús vuelve a insistir en que él – o sea él mismo en persona, hijo de Dios – es el que da el pan de vida. “El que viene a mi nunca tendrás hambre; y el que cree en mi nunca tendrá sed” – les recalca. “En verdad les digo, que el que cree en mi tiene vida eterna. Yo soy el pan que da vida, yo mismo soy ese pan vivo que bajó del cielo; el que come de este pan, vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi propio cuerpo. Lo daré por la vida del mundo”. Para los judíos y para muchos de nosotros hasta el día de hoy, estas son palabras duras, difíciles de aceptar y entender.
Está claro que Jesús trata en primer lugar de marcar la diferencia entre el pan cotidiano que alimenta nuestro cuerpo, – y así como lo explica el Dr. Martín Lutero en su Pequeño Catecismo con referencia a la petición del Padrenuestro, incluye en esa petición todas las necesidades humanas –, del pan “que viene del cielo” y alimenta nuestro ser espiritual, la vida que trasciende las puras necesidades “carnales”, el alimento que da sentido a la vida, que le da esperanza y confianza en el futuro, que le da fuerzas para obrar con amor y justicia, o sea, que da vida verdadera, vida en comunión con Dios, incluso más allá de la muerte.
Pero lo que Jesucristo nos promete y en parte ya nos lo da, no es algo etéreo, puramente mental, totalmente intangible y fuera de la realidad. En Jesucristo, Dios se ha hecho hombre, se encarnó, sí se hizo carne y hueso justamente para poder transmitirnos cara a cara, dentro de los códigos con los que nos manejamos, o sea en términos concretos y materiales, su voluntad, su proyecto para con nosotros. Entonces su obrar en este mundo fue congruente con esta materialidad del mundo. Así todo el transitar de Jesús por esta tierra fue una ejemplificación total de esta voluntad divina hasta las últimas consecuencias. Solo así podemos comprender el hecho de su entrega final y sacrificio en la cruz. Y solo en la participación en este hecho podemos llegar a recibir en plenitud el regalo de la vida eterna.
A diferencia de los otros tres Evangelios y del apóstol Pablo en una de sus cartas, el Evangelio de Juan no contiene las palabras de la institución del sacramento de la Sana Cena, de la Comunión o Eucaristía como también lo llamamos. Pero no nos cabe duda, que Juan conocía este mandato y este capítulo 6 y otras partes de su Evangelio contienen una serie de alusiones a este sacramento. Así debemos entender la explicación que Jesús da, según Juan, cuando dice que el pan de vida que él dará es su propio cuerpo, sí el cuerpo que el dio en el hecho de la cruz. Y esto es, salvando las distancias, lo mismo que según el testimonio de los otros evangelistas y Pablo, Jesús dijo a sus discípulos por ocasión de celebrar la última cena antes de su traición y detención: “Coman, este pan es mi cuerpo por ustedes entregado y beban de esta copa, que es mi sangre derramada por muchos para el perdón de los pecados”.
Sí, la vida plena, la vida eterna en comunión con Dios, solo la podemos recibir, si logramos ponernos en paz con Dios. Pero los humanos no estamos en condiciones de justificarnos por nosotros mismos, de perdonarnos nuestras culpas. Solo Dios mismo puede hacerlo en un acto de amor, misericordia y gracia hacia sus criaturas. Y esto lo concretizó, lo materializó para nuestra comprensión en la dolorosa cruz. La Santa Cena es una celebración en la que la entrega de Dios hecho hombre se actualiza para cado uno de nosotros al comer el pan y beber el vino que simbolizan su cuerpo y su sangre. Al comer y beber estos elementos que representan su cuerpo, tal como él mismo nos lo propuso, estamos incorporándolo, internalizándolo en nosotros. De esta manera se formaliza la comunión con nuestro creador, restaurador y salvador. A la vez, al compartir esta comida con nuestros hermanos en la fe, celebramos la comunión con todos ellos, por los cuales el Señor también se entregó. Dios quiera bendecirnos cada vez que celebramos este sacramento como huéspedes privilegiados de su mesa. ¡A él sea lo gloria siempre!
Federico H. Schäfer,
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