Hechos 13,44–52

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4º domingo de Pascua (Jubilate) | 26.04.26 | Hechos 13,44–52 | Federico H. Schäfer |

 

Estimadas hermanas y estimados hermanos:

Antes de iniciar la reflexión sobre el párrafo bíblico recién leído, permítanme hacer un breve resumen de los acontecimientos previos a los referidos en el mismo: De la comunidad cristiana de Antioquía en Siria, había surgido un nuevo impulso misionero. Según el evangelista Lucas, asimismo autor de los Hechos de los Apóstoles, nos refiere que el Espíritu de Dios había convocado al apóstol Pablo y a su compañero Bernabé para esta tarea. Y así es como los nombrados son despachados a Chipre, donde predican el mensaje de Jesucristo en diversas localidades de la isla, comenzando siempre en las sinagogas ya existentes en esos lugares. Habiendo atravesado la isla, se embarcan nuevamente hacia el continente y finalmente van a parar a la otra Antioquía en la región de Pisidia (hoy Turquía). Allí concurren a la sinagoga donde son invitados a predicar, tal como aún hoy acostumbramos nosotros a invitar a nuestros huéspedes que nos visitan desde ultramar, de la ecumene o de otra región de nuestra iglesia, etc. Por lo visto la predicación de los visitantes despierta interés, tanto entre los judíos, como entre sus prosélitos y así también entre otros habitantes de la ciudad.

Estos últimos, como escuchamos en el texto de hoy, piden a los apóstoles, que en el día de descanso de la semana siguiente, les transmitieran el mensaje también a ellos. Así lo hacen y parece ser que se reúne una gran multitud para escucharlos. “La campaña de evangelización tiene éxito” —diríamos. Y aquí es que comienzan a manifestarse los celos de la comunidad judía establecida, que sin duda estaría convencida de constituir un grupo más cercano a Dios, digno de ser reconocido por Dios con privilegio, merecedor de mayor atención por parte de los visitantes, etc. En virtud de ello, los hermanos de la sinagoga se quieren sacar de encima a los exitosos predicadores extranjeros y producen una atmósfera adversa a ellos. Para ello se valen de un grupo de honorables y piadosas mujeres, pero que aparentemente no sabían refrenar su lengua y de hombres importantes de la ciudad, que contarían con influencias en las instancias de poder. Así logran que se los persiga.

Pablo y Bernabé se tienen que ir, pero no cejan en el cumplimiento de su tarea misionera: marchan hacia Iconio, luego prosiguen a Listra y Derbe y demás pueblos de la región, predicando siempre de nuevo el mensaje liberador. Y aunque prácticamente en cada lugar que visitan se tienen que enfrentar con adversidades, sabemos de la cantidad de viajes misioneros que Pablo y sus compañeros emprendieron. Sí, esto es un pequeño tramo de la historia de la Iglesia, de esa historia de la primera hora de la misión cristiana.

Aunque no creo en el devenir cíclico de la historia, ni me considero fatalista, la historia parece pasar a veces por causes similares. A pesar de más de diecinueve siglos trans-curridos desde estos hechos referidos por Lucas, me siento muy cerca de ellos. Por ejemplo, cuando pienso en los celos que se despiertan en nuestras congregaciones ante la incursión más o menos exitosa de predicadores nuevos; en los celos, ansias de poder, sensibilidades y desconfianzas que muchas veces se manifiestan en nuestros proyectos ecuménicos; en las susceptibilidades que produce en nuestras comunidades establecidas el trabajo misionero, cuando se agregan a ellas gentes de otra clase social, de otro origen étnico, de otro trasfondo cultural; cuando pienso en las congregaciones que se pueden dar el lujo de destituir a su pastor, cuando su predicación y acción, siendo fiel al Evangelio, produce demasiado escozor. Sí, cuando pienso en todas estas cosas, pareciera que nada hubiera cambiado en este mundo desde entonces. Aún hoy las habladurías, la desacreditación y las influencias de los poderosos pueden ofrecer grandes dificultades a la misión encomendada por el Señor.

Soy consciente de que esta comparación no es muy edificante para nosotros hoy. En este contexto me pregunto por qué el apóstol Pablo en sus viajes casi siempre recurre en primer lugar a la sinagoga de la localidad que visita para iniciar su tarea misionera, siendo que sus miembros más celosos, sus líderes, eran justamente los que luego lo metían en líos. Entiendo que Pablo es coherente con su teología y pone en práctica la convicción de que el mensaje de Dios misericordioso y perdonador en primer lugar está destinado al pueblo judío y recién en segundo lugar a los gentiles, a las personas pertenecientes a otras naciones. Incluso les reprocha a los judíos no corresponder a ese privilegio, justificando así con más fuerza su dedicación a los gentiles. Y para ello hasta contaba con el apoyo de un mandato asumido en su tiempo por el profeta Isaías (ver Isaías 49,6).

Con todo, creo que Pablo también tenía razones estratégicas para recurrir a las sinagogas. Ellas constituían una especie de base de operación para la tarea misionera. La misión históricamente siempre de nuevo se ha valido de alguna cabeza de puente, ya sean estas los líderes de las tribus que se pretendía convertir, las colonias fundadas por conquistadores, grupos de migrantes o comerciantes, etc. Por tanto, me pregunto entonces, si nuestras actuales congregaciones y comunidades establecidas, con todos sus defectos y falencias, a pesar de sus orgullos vanos y su anquilosamiento, no pueden servir hoy nuevamente como cabeza de puente para realizar la misión que nos encomendó el Señor….. Yo creo que sí!

Quiero rescatar, que a pesar de la oposición que finalmente surgía de las sinagogas contra los apóstoles, siempre también hubo miembros de estas que creyeron el mensaje del Señor Jesucristo y se adherían a las comunidades de los cristianos. Cuando el Espíritu del Señor está presente, la tarea misionera nunca es en vano a pesar de las resistencias humanas y de estructuras adversas. Con el Espíritu del Señor a favor, siempre “se puede”!

Es necesario, entonces, con la ayuda de Dios, poner manos a la obra y dejar de quejarnos por la disminución de la membresía de nuestras congregaciones. Tenemos un mandato claro de ir hasta los confines de la tierra y hacer discípulos a personas de todas las naciones. Las buenas nuevas no están dirigidas solamente a un determinado grupo. No tiene restricciones étnicas, ni culturales, ni sociales, ni de género. Claro está, que necesitamos ser valientes, pues nuestra predicación, si es fiel al Evangelio, puede herir susceptibilidades en los que se sienten tocados por la palabra del Señor, en los que detentan el poder y sienten que esa palabra del Señor menoscaba la continuidad de su poder. Esto puede llevar en ciertos lugares y bajo ciertas circunstancias a que nuestra congregación pierda sus derechos jurídicos o que el predicador sea encarcelado. Claro está, que debemos perder el miedo a pasar el ridículo ante ateos empedernidos o aquellos que solo aceptan las definiciones de la ciencia empírica y positivista, tildándonos de charlatanes y relatores de cuentos infantiles o de supersticiones.

Pero convengamos que también hay muchas personas que están abiertas, por no decir ávidas, de recibir un mensaje que les proponga una nueva perspectiva de vida, que les dé sentido a la vida, que les dé una esperanza ante las vicisitudes de la vida y ante la indefectible muerte, que tarde o temprano nos toca a todos. Como podemos deducir de estos textos del evangelista Lucas, pero también de posteriores páginas de la historia de la iglesia, la misión nunca fue fácil y libre de dificultades, de malentendidos y desviaciones. Pero siempre hubo personas que se dejaron llamar y se prestaron a obedecer el mandato del Señor y proclamar las buenas nuevas aún en circunstancias difíciles.

No quiero abundar en lo que muchos de ustedes ya saben, que la misión no se agota con la proclamación dominical. Es verdad que se cumple la frase del Dr. Martín Lutero, que allí donde hay proclamación de la palabra de Dios, se forma congregación. Pero la asistencia a las reuniones dominicales hoy en día está lejos de ser tan masiva como lo fuera todavía durante el Renacimiento. Actualmente son necesarias otras actividades complementarias para llevar la palabra de Dios a las gentes, como ser campañas de visitación domiciliaria, charlas sobre temas específicos y el aprovechamiento de medios de difusión electrónicos. Radio y Televisión ya se vienen usando para ello desde hace tiempo. La pandemia del virus corona nos enseñó casi por obligación a usar las redes sociales telefónicas. Este medio fue y es de gran ayuda para llevar la palabra de Dios a cada persona, especialmente a personas impedidas de movilidad o domiciliados en lugares alejados de nuestros centros de proclamación, aunque no haya fomentado demasiado la formación de comunidad. Pero sea como fuere, aprovechemos todos los medios que tenemos a nuestro alcance para llevar adelante la misión que nos encomendó el Señor. De cualquier manera el éxito de esta tarea no se puede medir en términos estadísticos. Solo el Señor sabe cuántos o cuántas de sus hijas  o hijos, her-manos  o hermanas le son verdaderamente fieles y pertenecen a su redil. Amén.


Federico H. Schäfer
Iglesia Evangélica del Río de la Plata
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