Romanos 5,1–5 (6-11)
1º domingo después de Pentecostés – Trinidad | 31.05.2026 | Romanos 5,1–5 (6-11) | Federico H. Schäfer |
Estimadas hermanas, estimados hermanos:
La carta del apóstol Pablo a los romanos, más que una carta personal y pastoral, es un pequeño tratado de teología en el que presenta un resumen sistemático de los conceptos esenciales para comprender el Evangelio. En los primeros capítulos describe como los seres humanos se han apartado de Dios en la soberbia creencia de poder vivir sin Dios, sin darse cuenta, que aun desconociéndolo dependen incondicionalmente de él. Así incurrieron en toda clase de maldades y sufrimientos generando el enojo del Creador. La ley dada por a través de Moisés no logró acercar al humano a Dios, sino apenas sirvió y sirve para descubrir su pecado, y que finalmente lleva a la condena. Pero el apóstol no deja a las gentes en el desconcierto, sino que continúa describiendo como en su gran bondad, Dios perdona la desobediencia de las personas. Asombrósamente las declara justas, sin esperar ningún ejercicio de ellas, sino por la sola fe en la obra que él realizó entregando a su hijo Jesucristo en sacrificio por los pecados cometidos.
Con el capítulo 5º comienza un nuevo apartado en la temática desarrollada por Pablo. Hasta el cap. 8º describe la nueva vida de las personas que acceden a vivir nuevamente a partir de Dios y no confiando solamente en si mismas, teniendo como base la “justi-ficación por la fe” explicada en los capítulos anteriores. Al declarar justo al hombre por su fe, Dios establece nuevamente la paz entre los humanos y si mismo, en lugar de la enemistad que caracterizaba esta (mala) relación anteriormente. En otras palabras, se trata de la reconciliación como se la menciona más adelante en el versículo 10 de nuestro texto. Todo esto, repito, es posible gracias a la intermediación de Jesucristo. Y vale tener en cuenta, que el amor que Dios expresa hacia sus criaturas en esta entrega de su hijo es verdaderamente superlativo, ya que lo hace, cuando los humanos no hemos querido saber nada de él y no aportamos nada de nuestra parte para esa reconciliación.
En virtud del obrar de Dios en Jesucristo, los creyentes hemos conseguido nuevamente la “entrada” al “status” de gracia, al ámbito donde se manifiesta la misericordia de Dios. Subyace aquí la idea del acceso al santuario, a la comunidad cúltica, que en el judaísmo y otras religiones no era dado automáticamente a todos sus feligreses, sino apenas a los iniciados. Pero los seguidores de Jesucristo somos privilegiados; somos todos acep-tados. Si bien la fe, la total confianza puesta en Dios, juega un papel imprescindible en este contexto, no interesa el grado de intensidad de esta fe, las eventuales experiencias de fe tenidas o no, el pasado de las personas ni la raza o nación a la que pertenezcan. Ahora, bajo esta bendición recibida de Dios inmerecidamente, el creyente se halla sobre una base firme, que le ayuda a sobrellevar incluso las aflicciones y resistir a las tentaciones más diversas. En virtud de ello, rebosa henchido de alegría, orgulloso de
tener parte en la comunión con Dios y por tanto en la esperanza de la manifestación plena de la misericordia y el poder de Dios en el futuro.
El orgullo es una característica humana que el apóstol generalmente la ve en un sentido crítico. Se expresa en la búsqueda de éxito, en las ambiciones de poder, la sensibilidad, la autodefensa, la vanidad, la soberbia y confianza en si mismo, etc. Sin embargo, una cierta cuota de orgullo propio es sano. Sin un poco de autoestima ningún ser humano podría vivir sin desesperar; el orgullo es expresión de su dignidad y libertad, es señal de pertenencia. Es posible que sintamos orgullo de ser españoles, argentinos o colom-bianos. Pero Pablo no está diciendo que ahora como creyentes, sabiendo que fuimos perdonados y declarados justos por Dios, tengamos el derecho de mandarnos la parte de ser cristianos, eventualmente de ser mejores que otros que son incrédulos o pertene-cientes a otros credos. En todo caso, el orgullo que sentimos es porque tenemos un Dios como el que tenemos, que invirtió toda su bondad para reconciliarse con aquellos que originalmente éramos sus enemigos, sin que para ello los humanos aportásemos algo de nuestra parte. Este sano orgullo nos lleva a alegrarnos, a alabar, a agradecer, a ponderar el obrar de Dios. Sí, estamos orgullosos de nuestro Dios, especialmente si consideramos la perspectiva futura de su gracia, esto es, de gozar ya ahora, pero más adelante en plenitud, de sus bendiciones. Esto le da sentido a nuestra vida, nos da razón para ser perseverantes en contra de toda resignación y desesperación, nos anima a luchar por el bien en este mundo.
Pero sumado a esta alegría y orgullo por estar nuevamente en paz con Dios, el apóstol potencia esta actitud de contento a un grado sublime. Este contento es posible para el creyente aún a pesar de estar en situación de dolor y sufrimiento, de verse afectado por las más diversas tribulaciones como simple ser humano o especialmente como cristiano —como el apóstol, pienso en toda esa gama de miserias que nos pueden sobrevenir en nuestras vidas aquí en este mundo: fracasos laborales, enfermedades incurables, desgra-cias familiares, burlas y hasta persecuciones por no participar en negocios corruptos, venganzas, accidentes de tránsito, consecuencias de guerras, catástrofes naturales, etc.— Justamente, desde el punto de vista humano, el sufrimiento es un freno para la alegría y la alabanza, pudiendo llevar hasta a la desesperación. Pero sí, aunque parezca imposible, una locura, para la verdadera fe firmemente arraigada en la confianza en Dios, nada es imposible. Ella aguanta la tensión entre la experiencia de la gracia divina ya en parte manifiesta ahora o en el pasado y su futura manifestación plena.
Pero cuidado, no es que los sufrimientos en virtud de la fe desaparecen como por arte de magia. Jesús tuvo que transitar el camino de la cruz y nosotros deberemos seguirlo. Esa realidad nos abrirá los ojos y sentimientos para comprender también las aflicciones de nuestros semejantes y transformarnos en agentes activos para aliviar las aflicciones de otros, o incluso ayudar a evitarlos o a no empeorarlos. Sabiendo, entonces, que Dios nos ama infinitamente; que a través del Espíritu Santo, que él nos otorga, él mismo está
siempre junto a nosotros para ayudarnos, podemos “enorgullecernos” de los sufri-mientos. Pero esta conclusión no puede ser aplicada como consuelo barato a los que están pasando adversidades dolorosas. Más bien debe llevarnos a compartir parte de esa inmensa bondad que Dios nos ha demostrado, nos demuestra y aún nos demostrará, con nuestros semejantes ayudándoles concretamente a superar sus contrariedades.
Por otro lado, los sufrimientos ponen a prueba nuestra fe y la purifican: la liberan de toda autosuficiencia, frenan los falsos orgullos, y hacen volver nuestra confianza hacia Dios. Los sufrimientos nos enseñan a esperar el cumplimiento de la gracia de Dios; nos enseñan a tener paciencia. La paciencia, a su vez, al aguantar los sufrimientos, nos hace salir aprobados como personas aptas para el servicio valiente para Dios, acostumbrados ahora a resistir y perseverar. Las experiencias en el camino de la vida en donde se mani-festaron y manifiestan el sostén y la ayuda de Dios en nuestras debilidades y claudica-ciones, nos alentarán en la esperanza de las bendiciones futuras. Una vez más: estamos orgullosos de nuestro Dios, porque él ha invertido enorme amor en nosotros y estamos convencidos de que por ello no ha de frustrar nuestra esperanza y confianza en él, de tal manera que no hemos de pasar vergüenza acaso por la vanidad, inutilidad o inefec-tividad de nuestra fe, nuestra esperanza, nuestras oraciones y peticiones.
Con todo es necesario agregar, que la esperanza que gracias al obrar de Dios se genera en nosotros, el apóstol no la piensa solamente como una actitud referida a sobrellevar las vicisitudes de nuestra vida en este mundo, sino como una actitud referida a la vida plena puesta en expectativa por el Creador y que va más allá del transitar por esta tierra. Sí, que la trasciende y va más allá de nuestra muerte, porque está esperanzada, conven-cida de la resurrección. Así como Jesucristo fue resucitado por Dios, así también nosotros seremos resucitados por Dios para la vida eterna. En este contexto, cuando Pablo habla de “salvación” está pensando, que en virtud de la paz con Dios, de la cual ya ahora podemos gozar, gracias a su obrar en Jesucristo, seremos asimismo liberados del castigo final, de la condena por nuestra rebeldía y podremos ser herederos de su Reino.
Entonces, para finalizar, resumo: nuestro orgullo, alabanza, alegría y agradecimiento se justifican: nuestro Dios es un Dios viviente que nos regala gratuitamente la vida verdadera, poniéndonos nuevamente en buena relación consigo, lo que redunda en bendición para todos nosotros, que se manifiesta en todas las esferas de nuestra vida cotidiana, —hasta en los sufrimientos— como así también se manifestará en la vida eterna de acuerdo a la esperanza que abrigamos y no será frustrada. A Dios sea la gloria por siempre! Amen.
Federico H. Schäfer
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