Efesios 2, 19 – 22
Sermón para 3º domingo después de Pentecostés | Texto: Efesios 2, 19 – 22 (Leccionario EKD – II Serie) | Federico H. Schäfer |
Estimadas hermanas, estimados hermanos:
Todas las comunidades cristianas tienen su historia. Hay congregaciones que pueden echar una mirada retrospectiva centenaria, otras son de constitución más reciente. En Europa hay muchas congregaciones que pueden escribir una historia de siglos y algunas incluso, dejando de lado por un momento las grandes guerras y los cambios producidos por la Reforma protestante, una historia milenaria. En el Nuevo Mundo las primeras comunidades católicas tuvieron su origen poco tiempo después de la conquista. Las protestantes se crearon con la llegada de inmigrantes del Norte de Europa en épocas más recientes. No obstante ello, algunas también ya cuentan con una trayectoria centenaria.
Cuando las comunidades comenzaron a crecer en número y ya se hacía imposible celebrar reuniones en casas particulares y las reuniones a cielo abierto en plazas y descampados se hacía inconveniente por razones climáticas y quizás también por similitud con las demás religiones, comenzó la construcción de edificios específicos, de templos o iglesias. Hay templos que cobraron notoriedad por su antigüedad, su tamaño, su esplendor, su lugar en la historia. Por solo nombrar unos pocos: la basílica de Santa Sofía devenida luego en mezquita musulmana en Istambul,, la catedral de Colonia, Alemania, la catedral de San Pedro en Roma, la catedral Notre Dame en Paris, etc., etc.
Los seres humanos somos parte de la historia, somos sujetos y objeto de ella. Dios escribe la historia con nosotros. Los edificios que construimos y usamos para realizar los encuentros de adoración y oración a Dios, para escuchar su palabra y celebrar los sacramentos, para cantarle alabanzas, para expresarle nuestro agradecimiento por sus obras y presentarle nuestras solicitudes, también son parte de esta historia, son lugares públicos, señales testigos de nuestra fe. Su construcción siempre demandó trabajo y sacrificios pecuniarios, generalmente importantes y muchas veces desmesurados, que llevaron largo tiempo de realización, a veces de varias generaciones.
No es de extrañarse entonces que se festejen como parte de la historia, particularmente de la historia eclesiástica, aniversarios no solo de la creación de las congregaciones, sino también de la colocación de piedras fundamentales o de la inauguración de los susodichos templos, ya sean grandes o pequeños y humildes. Así, cuando en nuestras iglesias protestantes sudamericanas celebramos el centenario o sesquicentenario de la inauguración de un templo no es poca cosa. Allí se manifiesta en formas arquitec-tónicas, en piedra, en vitrales, etc., el trabajo y el valor que nuestros ancestros daban a la fe y no solo invirtieron al inicio de la construcción, sino también en la posterior manutención y uso de la misma.
Sí, 150 años, por ejemplo, son cinco generaciones. Según el parámetro que usemos y nuestra propia percepción del tiempo, nos puede parecer una trayectoria relativamente corta: a fin de cuentas la historia de la iglesia cristiana va a cumplir pronto 2000 años y desde acontecida la Reforma ya transcurrieron 500 años. A veces, especialmente cuando ya estamos entrados en años, el tiempo parece escapársenos de las manos y no nos permite realizar todo lo que pensamos que deberíamos o deseamos. Pero un minuto del presente también puede convertirse en una eternidad, que debemos lucharla, sufrirla, tenerle paciencia, quizás también gozarla y agradecerla. En el transcurso de 150 años cuantas ansias y esperas tienen que ser aguantadas, cuantas dificultades deben que ser superadas en razón de fluctuaciones económicas y políticas, por la búsqueda y recepción de ministros, por el sostenimiento de la congregación, por las migraciones, por la misión que nos encomendó nuestro Señor. Pero asimismo imagino también que en semejante lapso también ha de haber muchos momentos de alegría a la hora de bautizar nuestros niños, confirmar a los jóvenes, bendecir a nuestras parejas, al celebrar la comunión con nuestro Señor, alabarle con nuestros coros, sentirnos contenidos en los momentos difíciles y sabernos parte de su pueblo y tener fructíferas relaciones con otras comunidades de fe cristiana y poder colaborar para el bien de niños desamparados, ancianos desvalidos, gentes en emergencias, etc.
El poder desarrollar una trayectoria de uno o dos siglos es, sin duda, consecuencia de cierta perseverancia de los líderes y miembros de una congregación. Pero esta perseverancia solo puede sostenerse gracias al constante acompañamiento de nuestro Señor y Dios. Por ello siempre hay sobrados motivos para agradecerle con todas nuestras fibras por todas sus bendiciones cotidianas. Pero aparte de todo agradecimiento que debemos a nuestro Señor por el acompañamiento que nos prodiga a lo largo de la historia, considero que cuando celebramos un aniversario o aún en nuestro culto de hoy también es momento de reafirmar, que él sigue siendo la piedra fundamental y la piedra angular del edificio que es nuestra congregación.
Con esto, caros hermanos y hermanas, quiero conectar lo dicho sobre la historia de nuestras congregaciones y de sus edificios con la comparación que realiza el apóstol autor de esta carta a los Efesios. La congregación consistente de personas de carne y hueso son el templo, son las piedras que debidamente ensambladas unas con otras y colocadas sobre el fundamento, que es la palabra de Dios hecha carne y hueso en Jesucristo, conforman un templo santo. Sí, las personas son la verdadera iglesia, no los edificios. Pero esas personas constituyen un templo santo en tanto y en cuanto se basan en su fe en Jesucristo, la fe que genera en nosotros la palabra de Dios que nos fue anticipada por los profetas y atestiguada por los apóstoles. En la 1º carta a los Corintios, (cap. 3, vers. 11), el apóstol Pablo nos dice que no puede ser colocado otro fundamento a más del que ya está colocado, que es Jesucristo. En su 2º carta a los Corintios (cap. 6., vers. 16) repite que la comunidad, nosotros, somos templo santo en el que vive el Espíritu de Dios. En la 1º carta de Pedro (cap. 2, vers. 54ss) también se nos habla de que nos acerquemos a Jesucristo, por cierto piedra desechada por los constructores, pero piedra viva y preciosa para Dios para ser a nuestra vez piedras vivas para conformar un templo santo.
Si Jesucristo no es el fundamento, una congregación se hunde y se cae; si Jesucristo no es la piedra angular, la congregación implosionará. Esto debemos asumirlo con claridad en cuanto al sustento futuro de nuestra congregación, de nuestra iglesia. Y no me cabe duda, que todos los que estamos reunidos hoy en esta celebración tenemos el deseo y la expectativa que nuestra congregación perdure por mucho tiempo y crezca, que su historia continúe y no termine disminuyendo de manera que “el último apague la luz y cierre la puerta”.
Pero tengamos en cuenta que nuestro Señor quiere construir su congregación con todos nosotros, no solo con algunos sacrificados, elegidos o privilegiados. Todos deben tener un lugar en su comunión, sean de la proveniencia que sean. Cada uno tendrá alguna función específica en el conjunto de la comunidad y de acuerdo a los dones que haya recibido del Señor, pero interactuará con los otros en armonía y unidad de objetivo y criterio como los distintos elementos que componen un edificio. Los ladrillos de una construcción se traban para que conformen una unidad sólida. Asimismo los marcos de puertas y ventanas se fijan fuertemente a los muros para que todo el edificio sea una unidad estable. Ni hablar de las columnas, vigas y lozas (planchas) que en las construcciones modernas se hallan coladas en una sola estructura, sin son de hormigón, o soldadas o remachadas si son de acero.
Pero no nos dejemos llevar por la comparación a falsas asociaciones. No estamos hablando de la iglesia como construcción de hormigón armado y ladrillos —que tan importante es para algunos y que tantas energías y dinero, a veces indebidamente, absorbe. Estamos hablando de cada uno y cada una de nosotros, seres humanos de carne y hueso, que fundados en el amor de Jesucristo podemos convivir hermanados en unidad y armonía, en paz y justicia, en libertad y esperanza para nuestros semejantes y conformar así una comunión que será templo de Dios.
Esa es la congregación evangélica de…………………. Que deseo, en la que cada miembro sea un cuadro sólido, un cristiano de fe madura, que sepa interactuar en unidad y responsabilidad con y para sus hermanos y así el mundo pueda ver que en ella vive Dios. Amén.
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Federico H. Schäfer
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