Jeremías 23,5–8
1º domingo de Adviento | 30.11.2025 | Jeremías 23,5–8 | Federico H. Schäfer |
Estimadas hermanas, estimados hermanos:
La mayoría de las personas en nuestras sociedades actuales tienen la natural costumbre de magnificar lo malo, las desgracias que sienten, los agravios que experimentan, los daños que sufren, y quejarse de ello. Lo bueno, lo lindo, lo agradable, los momentos de bienestar y felicidad se toman como algo sobreentendido. Pocos agradecen a Dios por ello, si es que siquiera piensan alguna vez en Dios como dador de todas los bienes de los que gozamos. Pero más allá de esta poco ponderable costumbre, la realidad de los países en los que vivimos muchas veces es verdaderamente vergonzosa, aunque no necesitaría ser así. Dios nos ha colocado en un planeta con suficientes recursos para la satisfacción de todas las necesidades básicas para la vida de los seres humanos. Es más, él ha desarrollado en los humanos un raciocinio y una conciencia que le deberían ayudar a compartir esos dones con justicia y meridiana equidad.
Hace un par de semanas atrás realicé un viaje junto a mi esposa a la provincia de Misiones (Argentina) para visitar allí a mi suegra nonogenaria. En este viaje que hicimos en automóvil en horas diurnas, me llevé una agradable sorpresa. Aunque por razones profesionales hice este viaje de más de 1000 Kilómetros muchas veces en medios de transporte público, y por ello siempre en horarios nocturnos, hacía cerca de treinta años que no lo había hecho a la luz del día. Pude observar así, que en las provincias de Entre Ríos y Corrientes, que es necesario atravesar, en muchas miles de hectáreas, que antes lucían esteparias y secas, ahora estaban creciendo verdes y frondosos bosques entretanto plantados. Viajábamos así en un entorno que había cambiado rotundamente para bien. En contraste con ello, empero también pudimos observar la cantidad de “ranchos” (viviendas precarias) que todavía existían en el campo, pero que todavía son un lujo en comparación con los refugios miserables que se pueden ver en las márgenes de las ciudades o a la vera de la ruta. Desafortunadamente debimos corroborar que la pobreza en nuestro país, verdaderamente rico en recursos, había aumentado en los últimos años y que las cifras publicadas en las estadísticas respectivas no eran puro invento. Esta realidad nos obliga como cristianos a denunciar estas verdades negativas, aun cuando no debiéramos olvidarnos de agradecer por las agradables mejoras que hemos podido ver.
Pero volviendo sobre el texto de predicación de hoy, debo decir, que la situación en las tierras de Judea en los tiempos del profeta Jeremías no se distinguían precisamente por su bienestar, su justicia y su paz. La familia real, los funcionarios de gobierno, los ricos terratenientes, inclusive sacerdotes, jueces y profetas —falso profetas, por supuesto— vivían en el lujo haciéndose servir por sus sirvientes esclavizados. La población común, por el contrario, debía trabajar duro, pagar impuestos y prestar servicio militar. Como también podemos verificar en nuestros días, la población de escasos recursos tenía
pocas probabilidades de hacer valer sus derechos, pues los jueces eran sobornables y corruptos. En general la nación no había aprendido nada. Pues en tiempos de Jeremías, el mariscal de las fuerzas armadas babilónicas, Nabucodonosor, ya había hecho deportar a una parte de la clase gobernante a Babilonia (hoy Irak), lo cual para Jeremías había sido una clara prueba de que Dios había querido castigar con ello a los gobernantes.
En los versículos previos al texto de predicación en este 23º capítulo, podemos leer palabras de dura crítica a los gobernantes: “¡Hay de los pastores que dejan que sus ovejas se pierdan y dispersen! El Señor, el Dios de Israel, dice a los pastores que gobiernan a su pueblo: Ustedes han dispersado mis ovejas, las han hecho huir y no las han cuidado. Pues bien, yo tendré buen cuidado de castigar sus malas acciones. Yo, el Señor, lo afirmo” (Jeremías 23, 1 – 2. Ver también todo el cap. 22). En las palabras simbólicas de los profetas, los pastores eran los dirigentes del pueblo: reyes, jueces, sacerdotes, maestros de la ley, jefes militares, etc. Y por cierto, volvió la guerra y Nabucodonosor tomó la ciudad de Jerusalén, destruyó el templo y deportó una cantidad aún mayor de personas de la clase superior a Babilonia.
Al leer estas palabras y reflexionar sobre la situación sociopolítica en nuestros países, también me pregunto, si un buen día Dios no castigará asimismo a “nuestros pastores”, a nuestros gobernantes. Cuando hay personas que deben migrar hacia otros países por falta de posibilidades de sostener a sus familias, ya es una mala señal. Lamentablemente también toca a gente inocente.
Pero Dios no deja sufrir a su pueblo por demasiado tiempo. Así aconteció que Dios coloca en boca del profeta palabras de consuelo. Él debe decir al pueblo: “Vendrá el día en que haré que David tenga un descendiente legítimo, un rey que reine con sabiduría y que actúe con justicia y rectitud en el país. Durante su reinado Judá estará a salvo y también Israel vivirá seguro”. El rey David en aquel momento ya hacía cuatrocientos años que había fallecido, pero era el símbolo del rey justo. Como tal, al menos, era recordado y honrado por el pueblo. A Jeremías no se le revela cuándo ese rey justo asumiría el poder. Pero al pueblo le quedó claro: un nuevo rey va a venir. En aquella situación de miseria de postguerra y desánimo, estas palabras, obviamente, eran una buena noticia y generaban nueva esperanza. Cuando se abre una ventana donde parecía estar todo cerrado, cuando se anda a los tumbos en un túnel oscuro y de pronto se ve una luz que indica que allí al fondo hay una salida, inmediatamente se transforma la calidad de nuestra vida. La espera obtiene un nuevo sentido y se hace todo lo posible por lograr esa meta. Con nuevas ganas trabajamos al encuentro de ese futuro.
Adviento era en los tiempos antiguos el lapso de preparación para la recepción del gobernante. Cuando el emperador resolvía visitar las ciudades y provincias de su imperio, esta resolución era anunciada con antelación por sus heraldos. Las autoridades locales comenzaban entonces a preparar la visita. Todos querían mostrarse delante del gobernante desde su mejor imagen. Esto hoy en día no es muy distinto, cuando el presidente de la nación o un gobernador planea visitar cierta provincia y sus ciudades. Según esta costumbre, también se ha denominado así en la iglesia cristiana el tiempo de
espera y preparación relativa a la venida del Señor, del salvador, del liberador. Sí, Adviento es un tiempo de espera y preparación, de esperanza, de alegría hacia un nuevo comienzo. Para los antiguos judíos esta espera se hizo muy larga, fueron cientos de años de paciencia y luchas contra la incredulidad en las propias filas y contra poderes extran-jeros y religiones diferentes. Y, finalmente, no reconocieron al prometido y enviado Señor, por lo que hasta el día de hoy están esperando el cumplimiento de aquel anuncio profético.
Para nosotros cristianos, que hemos aceptado al nuevo rey, se trata del tiempo durante el cual esperamos su prometida segunda venida, el cumplimiento de su reinado en toda su plenitud. Para agnósticos, escépticos, soñadores, hasta incrédulos, pero que sí han oído o intuyen algo acerca de Dios y Jesucristo, Adviento puede ser un tiempo de espera, de que el amor de Dios se revele a sus corazones, de espera a que el Espíritu del Señor los toque y convenza en sus mentes. Todos los años festejamos nuevamente el Adviento en el sentido de recordar y actualizar la encarnación de Dios a través del nacimiento de Jesús de Nazareth. La repetición anual de estas celebraciones nos ayudan a evitar que nos olvidemos de lo que Dios nos ha regalado y siempre de nuevo nos regala.
Así es que vivimos en una era de Adviento, ya sea que esperamos que el Señor fortalezca ahora nuestra fe, ya sea que esperamos que su Reino, su gobierno se revele con poder en nuestro mundo tan pronto sea posible, o que esperamos que el Señor no deje esta su creación librada a si misma, sino la mantenga bajo su control. Sí, esperamos que el Señor un buen día venga a “enderezar”, “enderechar” todo. Pienso en este contexto en todos los significados del término “derecho”, tanto en el sentido de restaurar los derechos de todas las personas en sentido político; de ejercer el derecho en sentido jurídico, es decir impartir y hacer reinar justicia, como el ejercer el derecho en sentido ético, es decir actuar con rectitud en todo lo que hacemos u omitimos, y finalmente en el sentido común de enderezar, hacer derechos los caminos y reparar todo lo que está torcido, doblado, sinuoso y escarpado en nuestras vidas. Esperamos al Señor que es el símbolo, la esencia, la suma del derecho y la justicia, que nos justifica y borra nuestras culpas y cancela nuestras deudas y nos hace personas nuevamente derechas y justas.
Sí, queridas hermanas y queridos hermanos, esperamos. Nosotros cristianos también esperamos como los judíos lo hacen desde la antigüedad; si como lo hacen los fieles de otras religiones y hasta agnósticos e incrédulos; todos esperamos tiempos nuevos y mejores. Solo que nosotros los cristianos gozamos de una ventaja, que estamos conven-cidos que Dios, en la persona de Jesucristo, nos ha dado ya un anticipo contundente de lo que él quiere para nosotros y todo el mundo, un mundo que irradie amor, en el que reine justicia, libertad y paz. Como sus sucesores, como personas que él ha justificado, tenemos la tarea de proclamar esta buena nueva a todo el mundo. Amén.
Federico H. Schäfer
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