Lucas 10,17–20
4º domingo después de Pentecostés | 21.06.2026 | Lucas 10,17–20 | Federico H. Schäfer |
Estimadas hermanas, estimados hermanos:
Hoy vamos a hablar un poco sobre la misión de la iglesia. Tenemos un mandato claro de nuestro Señor resucitado en el sentido de ir y predicar las buenas nuevas a las personas de todas las naciones hasta los confines de la tierra (Mateo 28, 16ss). Creo que nadie puede negar, que en nuestra iglesia y seguramente en todas nuestras iglesias hermanas, se hayan hecho esfuerzos en el sentido de cumplir este encargo del Señor. Sin embargo, después de haber analizado en el pasado sínodo la gestión de nuestras congregaciones, de los distritos, de las comisiones de trabajo y de los ministros, una vez más nos hubimos de dar cuenta, que el resultado de estos esfuerzos no ha sido precisamente espectacular. Desafortunadamente también hemos podido comprobar una vez más, cuan difícil nos resulta aunar criterios y diseñar algunas líneas directrices, que nos permitan, en la tarea diaria, desarrollar una misión en común, en la que podamos tener la sensación de estar tirando todos y todas conjuntamente “del mismo carro”.
Cuando en este contexto escuchamos el relato sobre el regreso de los setenta discípulos que Jesús había enviado oportunamente como una avanzada a los pueblos que él pensaba visitar y nos enteramos que su misión culminó exitosamente, nuestra primera reacción es de cierta envidia —yo diría de “sana envidia”. Esa “sana envidia” que nunca debería dejar de llamarnos a ser críticos con nosotros mismos: ¿Hemos tomado en serio lo que juramentamos en nuestro bautismo o confirmación del bautismo? ¿Hemos cumplido con el mandato de nuestro Señor realmente? ¿Ya hablamos alguna vez de nuestra fe y confianza en el Señor con nuestro vecino, con nuestro compañero de trabajo, con nuestros hijos? Pues si no practicamos lo que el Señor nos manda, difícilmente podemos esperar resultados exitosos —es una verdad de perogrullo.
Hilando más fino, sin embargo, podemos decir, que la alegría de los discípulos que regresan de su trabajo, nace del asombro: “¡Señor, h a s t a los malos espíritus nos obedecen en tu nombre!” En otras palabras: este éxito —aún para los discípulos— no era un hecho sobreentendido; era lo suficientemente extraordinario como para producir asombro. Tengamos en cuenta, que para la cultura de aquella época los “malos espíritus” eran realidades completamente intangibles, de características diabólicas incomprensibles, inmanejables, productoras de gran daño en la salud y bienestar de las personas, con lo cual no quiero decir, que hoy en día no hay también fenómenos de este tipo, cuando pienso en decisiones que se toman en relación con guerras, tiranías, enemistades, etc y nos preguntamos cómo puede haber tanta maldad junta.
Por otro lado, no se nos debe escapar, que los malos espíritus no obedecieron por alguna estratagema o una forma de actuar propia de los discípulos, sino tan solo porque estos les ordenaban salir de sus víctimas en el n o m b r e del Señor. Era como que el Señor hubiera estado presente en ese momento y lugar, como que el Señor mismo les hubiera dado las órdenes a esos malos espíritus.
Jesús mismo no se asombra tanto: Les dice: ¡Sí, claro, yo he visto caer a Satanás del cielo como un rayo! ¡Yo les he dado poder a ustedes para pisar sobre serpientes y alacranes y para vencer toda la fuerza del enemigo, sin sufrir ningún daño! En otras palabras: Les he dado poder para enfrentar toda clase de contrariedades y hasta situaciones sumamente peligrosas y resolverlas sin perjuicio para ustedes. ¿De qué se asombran, si el poder del mal se ha desplomado desde el cielo estrellándose contra el suelo, destruyéndose como un rayo? El poder de Dios a través de su hijo Jesucristo hace posible esto y mucho más. Donde se actúa en el nombre de Jesucristo, ningún otro poder puede prevalecer. Entendamos que con la “caída de Satanás desde el cielo y su destrucción al estrellarse contra la tierra” se quería significar que el poder del mal no se refería solo a la pura maldad humana, sino que implicaba una realidad cósmica, que aquí es vencida totalmente.
Este poder que Jesucristo dio y da a los suyos —creo que también a nosotros— nos debiera animar con más razón a perder el miedo y las reticencias a la hora de cumplir con la misión que él nos encomendó. El asombro de los discípulos nos indica, que ellos en realidad tampoco esperaban grandes resultados de su actuación; de lo contrario no se hubieran asombrado del éxito tenido. En nuestras experiencias de proclamación de la palabra de Dios, puede ser que oportunamente nos acontezca lo mismo: que en contra de toda expectativa, de pronto en alguna ocasión tengamos más éxito que lo esperado, amén del hecho, que los resultados de nuestra labor no siempre se ven a simple vista o no siempre se manifiestan de inmediato.
De cualquier manera el éxito en nuestra tarea misionera es un regalo, es una gracia de nuestro Señor. El éxito en la misión no puede ser planificado; no existe una metodología misionera que nos asegure resultados estadísticos positivos de antemano, como quizás lo quieran demostrar algunos evangelistas de renombre. Aunque lográramos llenar nuestros templos, no podríamos medir cuantos de esos feligreses realmente pertenecen al Señor. Eso solo lo puede medir el Señor mismo. La misión es del Señor y por tanto el verdadero éxito de la misma también es de él!
De ahí la advertencia de Jesús: “No se alegren porque los espíritus malos les obedecen, sino porque sus nombres están escritos en el cielo”. En un primer momento esta advertencia podría interpretarse como un freno a nuestro actuar, a nuestros esfuerzos y desvelos por cumplir con el mandato misionero. Se podría reprochar a Jesús y decirle: “¡Decídete! ¿Finalmente, quieres que la iglesia crezca o no quieres que la iglesia crezca? Creo que es una disyuntiva errónea. En el ámbito de la Iglesia de Jesucristo debemos olvidarnos de los criterios de rendimiento y resultado que se nos cuela del
mundo de la economía y las finanzas. El crecimiento estadístico poco nos dice del verdadero crecimiento de la iglesia. Lo importante es nuestra c o m u n i ó n con Jesucristo. Y creo que es verdadero Evangelio, verdadera Buena Noticia, tomar conocimiento de que no estamos perdidos, no somos un número en una estadística, un nombre entre tantos otros que será olvidado, sino que Dios nos tiene r e g i s t r a d o s, que estamos grabados en la memoria de nuestro creador y cuidador, no porque tengamos un mérito delante de él o le reportemos algún beneficio, sino porque él nos ama de verdad. Esta seguridad es la que nos da el verdadero sustento para continuar trabajando en el nombre del Señor, aun cuando todas las experiencias fueran frustrantes.
Y ya que hablamos de que Dios nos tiene registrados, nos ve y no se olvida de nosotros, también sería beneficioso para nosotros no olvidarnos nosotros de todos aquellos que nos han precedido o nos acompañan en esta tarea de la misión y han puesto en juego energía y esfuerzos, bienes y tiempo y oportunamente hasta sus vidas con fuerte fe y confianza en el Señor para que las Buenas Nuevas lleguen hasta nosotros. Abrevando en esos ejemplos desde los primeros apóstoles hasta los tiempos actuales, donde podemos comprobar como el Señor actuó y actúa a través de todos ellos, podremos experimentar que no somos lo únicos, que no estuvimos ni estamos solos ante una empresa enorme y desafiante, sino que hubo y hay toda una nube de testigos que nos acompaña en esta honrosa y hermosa tarea (Hebreos 12, 1ss).
Qué Dios quiera darnos en cada momento oportuno el poder y las fuerzas suficientes para realizar la misión que nos ha encomendado y podamos asombrarnos y alegrarnos de lo que él hace posible y hace por nosotros y para nosotros. Así cuando evaluemos lo actuado, tanto en nuestras congregaciones o en la iglesia toda, pero también en nuestras vidas individuales, especialmente cuando llegamos a la tercera edad, más allá del resultado que arroje esa evaluación, podamos estar contentos de que Dios nos tiene en cuenta y que la misión que nos encomendó la continúa dirigiendo él. ¡A él sea la gloria siempre! Amén.
Federico H. Schäfer
Iglesia Evangélica del Río de la Plata
E.mail: <federicohugo1943@hotmail.com>