Lucas 24, 44–53
Día de Ascensión del Señor | 14.05.2026 | Lucas 24, 44–53 (Leccionario Ecuménico, Ciclo “C”) | Federico H. Schäfer |
Estimadas hermanas, estimados hermanos:
El relato de la ascensión del Señor, obviamente, está conectado con el relato de la resurrección. La resurrección, a pesar de los diversos anuncios de Jesús en vida acerca de su muerte y posterior resurrección, y de los cuales todos los evangelistas nos dan testimonio (Lucas 18, 31; Mateo 16, 21; Marcos 8, 31; Juan 12, 27), los discípulos no creyeron que esto podría hacerse realidad. Tan desilusionados y desconcertados estaban por el hecho de su muerte —muerte que no esperaban, ya que estaban convencidos de que iría a acontecer una señal espectacular en contra de las autoridades reinantes y que Jesús se establecería como nuevo rey— que la mayoría de ellos no dieron crédito a algunos de ellos, que vieron la tumba vacía o tuvieron la experiencia de su aparición con vida. Ni aún querían creerlo, cuando Jesús se presentó a todos ellos en momentos que estaban reunidos buscando consuelo en oración y los invitó a tocarlo y darle de comer. Y esta incapacidad de creer, salvando las distancias del tiempo transcurrido desde entonces, nos ocurre siempre de nuevo también a nosotros.
Pero Jesús no deja solos, angustiados, desorientados ni perdidos a los suyos. Ni su secuestro en el Monte de los Olivos, ni el vergonzoso juicio al que fue sometido, ni su ejecución en la cruz, ni su desaparición/ascensión, ni su actual ausencia material deben ser motivo para la desesperación de sus amigos. Los que son de él deben quedar unidos con él por la fe, la cual él mismo está interesado de generar y fortalecer. En virtud de ello, el maestro recurre nuevamente a lo que ya había practicado con los discípulos, que resignados marchaban hacia el pueblo de Emaús: les explica el significado de los párrafos del Antiguo Testamento, que ya desde tiempos pasados se referían a él como el Mesías que Dios había prometido a su pueblo (Isaías, caps. 52; 53). Sí, así como consoló y fortaleció la fe de los discípulos de Emaús, así también fue su voluntad consolar y fortalecer la fe del resto de sus discípulos. Y el método para ello es el conocimiento de la palabra de Dios como se revela en las Sagradas Escrituras. Y es esa palabra de Dios la que trae suficiente impulso de su espíritu, que es capaz de abrir el corazón y el entendimiento de los humanos, tanto de estos primeros seguidores del Señor, como de aquellos que a lo largo de casi dos mil años de historia le sucedieron hasta nosotros hoy en día.
Así los discípulos comienzan a comprender el verdadero sentido de la muerte de Jesús, el sentido de la cruz, y la verdad y el sentido de la resurrección. La legitimidad de los mensajes proféticos queda ahora probados a partir de la experiencia de que Dios cumple sus promesas. La muerte de Jesús así no solo deja de ser un crimen sin sentido, un hecho incomprensible para la lógica humana, sino se convierte en una obra de Dios llena de significado, cumplimiento de lo prometido y anunciado con anterioridad. De
esta tensión —promesa–cumplimiento— dada a través del proceso histórico, no solo se alimenta la fe y la esperanza del pueblo de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, sino también de los seguidores de Jesucristo, de la iglesia cristiana hasta nuestros días. Antes de Cristo como después de él, la palabra de Dios cumple en ese proceso —promesa–cumplimiento— el papel principal. Ella es transmisora de la promesa y del cumplimiento de esa promesa. La palabra de Dios como noticia actual, más la experiencia viviente del cumplimiento de dicha palabra —aunque más no sea un cumplimiento parcial— como así también el testimonio de otras personas sobre su experiencia del cumplimiento de la palabra divina, acelera el movimiento de la fe, la afirma, la consolida, resultando una fe “ardiente” —sin tener que llegar forzosamente al fanatismo ciego.
Esta fe “ardiente” impulsa hacia su expresión, su comunicación a otros hermanos en la fe fortaleciendo la fe de estos, o hacia otros semejantes que aún no saben nada de ella generando la fe en ellos. Y los discípulos son los primeros en transmitir esa fe, pues ellos son testigos de ese cumplimiento de las profecías. Su fe en la legitimidad del Mesías no podía llegar a ser vana. No cabía lugar a más dudas: Jesús, el crucificado, era el esperado salvador, y ellos debían y podían ser los mensajeros de esa buena noticia: él vive, él es verdaderamente el salvador enviado por Dios; en su nombre hay perdón, no solo para unos pocos, sino para todos los pueblos hasta los confines del mundo; Dios visitó, se acercó, se acordó, tiene misericordia de los arrepentidos. Sí, en esa necesidad de transmitir esa buena noticia se basa hasta el día de hoy “el ministerio de la proclamación”. La proclamación del perdón a todos los pueblos no es otra cosa que un servicio, una manifestación práctica que resulta de esa fe ardiente en el Salvador.
No es preciso, entonces, una orden expresa, un mandato institucionalizado, un sacra-mento, que obligue al cristiano a dar testimonio de su Señor. Basta la afirmación del resucitado: “Ustedes son testigos de ello” para que ellos vayan a proclamar. ¿Lo iban a negar los discípulos que, queriendo o sin quererlo, realmente habían sido testigos oculares de todo lo que había pasado y habían podido comprobar que todo lo que habían experimentado tenía su origen en la voluntad divina? No obstante, debían estar debida- mente preparados. Por ello el resucitado en primer lugar les ayudó y enseñó a interpretar las Escrituras. La universalidad de la proclamación a todas las naciones sobre la nece-sidad de un cambio de actitud en vistas al perdón, que Dios demostró a los humanos en Jesucristo, tiene sus raíces proféticas y su realización viene a cumplir lo preanunciado. La obra ejemplarmente iniciada en Jesucristo y por Jesucristo, Jesucristo la continuará en y a través de sus discípulos.
Pero la capacitación para el servicio de la proclamación y el nexo de comunión con el Maestro por la fe, los discípulos no solo la obtienen por medio de la instrucción en la palabra de Dios, sino que ha de ser completada y recibirá su toque final con la recepción del Espíritu divino, del poder “desde lo alto”, desde el ámbito de Dios. También acerca de esto, los discípulos reciben en un primer momento solo la promesa, una promesa del
Resucitado, pero ya preanunciada por el Profeta Joel (2, 28ss). Pero ellos mismos poco después son testigos también del cumplimiento de esa promesa, como nos lo atestigua el relato del evangelista Lucas en el capítulo 2 de su obra “Hechos de los Apóstoles”; me refiero a lo acontecido, y que hasta el día de hoy celebramos, en la fiesta de Pentecostés.
Mientras los discípulos esperan que tenga lugar la venida de ese poder divino sobre ellos, y a partir de la cual puede y debe comenzar su labor misionera, su tarea de procla-mación de las buenas nuevas, se produce la despedida de Jesús. Es este el último relato del Evangelio de Lucas y a la vez el enlace con el libro de los Hechos de los Apóstoles, en donde Lucas repite el testimonio de esta despedida con otras palabras. Jesús no se despide de los suyos sin antes bendecirlos y ponerlos así bajo la protección y la paz de Dios. No nos olvidemos que “paz” también en el Nuevo Testamento, especialmente la paz entre Dios y los humanos, siempre es pensada en el sentido amplio del corres-pondiente término hebreo “shalom”, que no solo indica la ausencia de enemistad, sino el deseo de pleno bienestar de la persona a quien se le anuncia paz. Y tampoco debemos olvidar, que aquí se trata de la paz que otorga, que viene de Dios. La bendición del Resucitado es así concordante con la promesa de ese poder que les vendrá a los discípulos de parte de Dios.
Luego de la bendición de sus seguidores, Jesús desaparece de la vista de ellos. Se nos dice que fue transportado al cielo ¿A dónde sino al ámbito de Dios, junto al Padre, iría a ser elevado Jesús? Claro que no hay palabras, conceptos humanos, para explicar este acontecimiento. En su relato de la Ascensión en el libro de los Hechos de los Apóstoles, Lucas nos dice que Jesús fue envuelto en una nube. Es una manera simbólica de ilustrar lo que aceptamos como expresión de nuestra fe, que Jesús pasó a la dimensión totalmente otra en la que se encuentra Dios. Y es lo que recordamos y celebramos hoy: Que creemos en un Dios con el que nos hallamos en comunión estemos donde estemos, aunque a primera vista esté fuera del alcance de nuestros sentidos, pero que es el sustento de nuestra vida y que nos acompaña siempre gracias a su infinito amor y misericordia que perdona nuestros pensamientos y actitudes erróneas y nos permite empezar siempre de nuevo con él, volver a tener una relación de paz con él.
Los seguidores de Jesús comprendieron esto, y aunque Jesús había desaparecido de sus ojos, no se entristecieron, sino por el contrario, se fueron contentos alabando y agradeciendo a Dios. Ellos saben que no están solos, pues quedan relacionados con Cristo; no permanecen resignados, pues saben que hay algo por hacer y muchísimo por hacer y que lo pueden hacer con la ayuda y el poder de Dios; no quedan desorientados, pues saben lo qué tienen que hacer. Unidos por la fe en Cristo, la vida tiene sentido. ¡Qué así sea para nosotros también! Amén.
Federico H. Schäfer,
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