Marcos 10, 1 – 12
Sermón para 21º domingo después de Pentecostés | Texto: Marcos 10, 1 – 12 (Leccionario EKD, Serie I) | Federico H. Schäfer
Estimadas hermanas, estimados hermanos:
Es una verdad de Perogrullo, que las relaciones matrimoniales ni en los tiempos actuales ni en el pasado son o han sido siempre felices y esto independientemente de la capa social o de la etnia a la que pertenezcan los protagonistas. Es tema de viejas leyendas, de dramas teatrales, de miles de novelas, de películas y videos, de confe-rencias de especialistas, de libros de autoayuda, etc. No es casual que el tema también sea tratado en las Sagradas Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento y, que por tanto, también aparezca en los leccionarios de las distintas iglesias cristianas como texto de predicación. Y tengo que mencionar también, que es un tema jurídico, visto que la infelicidad matrimonial y sus derivaciones puede tener consecuencias para la convivencia en una sociedad, lo que ha llevado en todas las culturas a la formulación de reglamentaciones afines en aras de mantener una mínima paz comunitaria y familiar.
Pero el testimonio sobre la enseñanza de Jesús al respecto no nos viene a dar una clase de moral o a imponer una suerte de nueva reglamentación legal. En realidad el texto que hoy tratamos es asesoramiento matrimonial en su mejor expresión. Pero vayamos por partes:
–Jesús es probado, examinado, por los que en aquellos tiempos se consideraban depo-sitarios de la verdadera doctrina cierta y pura acerca del divorcio, y por extensión del matrimonio. ¿Acaso para encontrar una causa contra él y condenarle? Eso no es asunto de discusión para nosotros hoy, pero tengamos cuidado con los fundamentalismos que a lo largo de la historia han causado y causan hasta el día de hoy crueles y dolorosas situaciones. Por otro lado, la pregunta inquisidora de los fariseos nos brinda de paso una idea de como estaba estructurado el matrimonio y cual era la posición de la mujer en el mundo judío en tiempos contemporáneos a Jesús. La mujer prácticamente estaba libe-rada al capricho de los varones. De la mención de los interlocutores de Jesús, que Moi-sés había permitido dar a la mujer un certificado de divorcio para así dejarla en libertad, podemos colegir, que la mujer casada era algo así como prisionera del marido, una cosa de su propiedad, de la cual él podía disponer.
–De acuerdo con el libro de Deuteronomio, cap. 24, otorgar a la mujer una escritura de divorcio y dejarla en libertad era una ley aceptada sin duda alguna en los tiempos de Jesús. En todo caso lo discutible era, cuáles serían razones que justificasen la entrega de una carta de divorcio: infidelidad o acaso causas menores como desagrado, aburri-miento, infertilidad, incompatibilidad sexual, falta de cuidado, etc. En virtud de la asimismo aceptada poligamia, el marido podía casarse con una, digamos, segunda
mujer, y esta ser más seductora que la primera. Podrían surgir celos acerca de cuál de ellas gozara de la prioridad en los afectos del marido. El marido podría estar cansado de las riñas entre sus mujeres y decidir deshacerse de una de ellas. Pero Jesús no entra a discutir cuales causales podrían justificar o no el divorcio. Le interesa hacer ver que las reglamentaciones de la Thorá, de la ley judía, acerca del divorcio, tienen su origen en la condición humana. La ley no parte de un estado ideal del hombre y su mundo. Ella es realista: no puede hacer un hombre perfecto a partir de un pecador. No exige, por tanto, la indisolubilidad del matrimonio, sino en todo caso reglamenta el divorcio para impedir que el pecador se pierda totalmente. Hacer una escritura de divorcio en aquellos tiempos, por cierto, no era poca cosa y garantizaba a la mujer la libertad para volver a casarse sin que se la inculpara de infidelidad, de adulterio. Por otro lado, más vale, que la despachada encontrase lo más pronto posible otro marido, pues de ello dependía su sostenimiento.
–Como es fácilmente comprensible, Jesús no está conforme con la situación dada en el mundo, con la posición realista de la ley. Él es radical y va a la raíz del problema, va más atrás que las argumentaciones de la ley. En la disposición de la creación de Dios podemos ver el concepto de un ser humano integral diseñado como varón y mujer que se pertenecen el uno al otro. La mujer es parte del ser humano como el varón es parte de él. En la unión matrimonial no ocurre otra cosa que la realización del proyecto origi-nalmente programado. La unión de varón y mujer recién constituyen al hombre como unidad vital y el acto sexual no es un hecho accidental, sino constitutivo, íntimo, personal. En el idioma hebreo el acto sexual es designado con la misma palabra que el acto de “conocer”. En la relación sexual el uno conoce o reconoce al otro y viceversa.
–El matrimonio, entonces, obtiene su esencia de un proyecto divino, tiene su funda-mento más allá de nuestra realidad material, tangible, científicamente apreciable. Si bien físicamente varón y mujer conservan individualidad, en el matrimonio ellos están “con-yugados”, unidos en el mismo “yugo” para co–laborar, ayudarse mutuamente, concebir juntos su descendencia, “tirar del mismo carro”. La separación de uno de los “conyu-ges” de la existencia como unidad vital es como separar, amputar un órgano del hombre íntegro. El divorcio del matrimonio es romper esa unidad vital. El ser humano divorciado —solo, soltero— no está en condiciones de vivir plenamente; vive bajo la carga de la soledad.
–Queda claro que las consecuencias del divorcio afectan igualmente al varón como a la mujer y responsabilizan igualmente tanto al varón como a la mujer. Observamos, pues, en este texto, que Jesús hace una incipiente alusión a la igualdad de derechos y obligaciones entre los sexos —concepción realmente revolucionaria para aquella época y aquel lugar. Pero él no nos trae una nueva reglamentación moral o de ética sexual ni tampoco confirma las reglamentaciones morales de la antigüedad para sancionarlas definitivamente como eternas e inamovibles. No hace incapié en la indisolubilidad del matrimonio ni trae a colación el sexto mandamiento.
–Aunque Jesús, como ya dijimos, es radical y parte desde una perspectiva divina, es decir desde la concepción original, de la programación de la creación, tiene compren-sión y consideración para con la situación en la que se encuentra el género humano en esta realidad terrenal y cultural. El no exige condiciones ideales, pero nos hace ver que normalmente somos “duros de corazón, soberbios, egoístas, y que es necesario considerar este hecho también en nuestros matrimonios. Es por ello que nos plantea la situación del proyecto original. Pero esa consideración para con nuestra situación actual, es precisamente ya parte de su actitud de perdón, de gracia divina, es Evangelio, buena noticia!
–Jesús sabe que el proyecto divino es escatológico, es decir, la comunión perfecta entre los sexos no se da ni se dará en este mundo, sino cuando Dios dé la terminación final a su creación. Pero el reconocimiento de nuestra condición humana actual —no solo en el cónyuge, sino en uno mismo— y la disposición de tomar ello en cuenta concretamente en el perdón ejercitado en una vida de fe puede fortalecer enormemente la durabilidad matrimonial. Es más, así como somos testigos de muchas separaciones e infidelidades, fracasos y desaveniencias, también han existido y existen numerosos matrimonios que han sido fieles y felices una vida entera.
–Los progresos de las ciencias humanas en el estudio de las relaciones matrimoniales, los conocimientos a los que se ha arribado no son desechables. Ellos nos pueden ayudar considerablemente en el mejor conocimiento del cónyuge o futuro cónyuge, en el conocimiento de las funciones, acciones y reacciones matrimoniales. Estas ciencias nos pueden hacer más sensibles en el cuidado de tan delicadas y frágiles relaciones. Pero las ciencias no pueden llegar a ser fundamento para el matrimonio, pues ellas parten invariablemente del obrar humano con todas sus deficiencias y errores. La aplicación de los resultados de la investigación científica en cursos, seminarios, libros de autoayuda, en cátedras on line, etc. depende en última instancia de nuestros “buenos propósitos”, de los cuales siempre estaremos llenos cuando nos prometemos amor y fidelidad el uno para con el otro. Empero, la experiencia nos demuestra, ya sobradamente, que es una base muy endeble.
–Por eso Jesús nos señala hacia aquel que está afuera de nosotros, que es el totalmente otro, como fundamento del matrimonio, sí, el que proyectó la unión entre varón y mujer. A pesar de nuestra “sclerocarditis” —en griego: “dureza de corazón”— él nos “con–yu-ga”, nos une en un yugo y bendice la unión entre varón y mujer. Poner nuestra confianza en su poder y no en el poder de nuestros presuntos y a veces volubles conocimientos y actos significa aceptar ese yugo con todos sus compromisos y limitaciones. Pero saber que no nos hemos impuesto solo nosotros ese yugo, tal vez el yugo equivocado, etc., también es una experiencia liberadora, es Evangelio, buena noticia!
–Finalmente, así como Jesús enfatiza en caracterizar de adulterio el hecho de separarse y casarse con otro, haya o no trámite jurídico de por medio, no rechaza de plano la ley
de divorcio como se atestigua en el libro de Deuteronomio, cap.24. Cuando las circuns-tancias lo exijan, como última medida pastoral en aras de la paz y la salud de las personas, el divorcio, el mutuo dejarse en libertad, puede realizarse. Jesús no exige de los humanos lo irrealizable y tampoco pretende mantenerlos apresados en una situación desesperante. El pecador puede tener la confianza en el Señor, de que él “no quiere la muerte del impío, sino que cambie de conducta y viva” (Ezequiel 33, 11). También esto es Evangelio, buena noticia!. Por tanto: ¡Demos gracias al Señor por su incon-mensurable misericordia! Amén.
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Federico H. Schäfer,
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