Mateo 28, 16 – 20

· by predigten · in 01) Matthäus / Matthew, 6. So. n. Trinitatis, Beitragende, Bibel, Current (int.), Español, Federico H. Schäfer, Kapitel 28 / Chapter 28, Kasus, Neues Testament, Predigten / Sermons

Sermón para 7º domingo después de Pentecostés | Texto: Mateo 28, 16 – 20,  (Leccionario EKD, Serie I) | Federico H. Schäfer |

Estimadas hermanas, estimados hermanos:

Normalmente nos comunicamos por medio de palabras. Son esos sonidos que debida-mente codificados y articulados emitimos con nuestra lengua y boca y las otras personas reciben con sus oídos. El conjunto de palabras que usamos para comunicarnos lo llama-mos idioma. Nuestro Dios también se vale de la palabra para comunicarse con  los seres humanos. Las palabras normalmente se pronuncias a viva voz para que el otro pueda oírlas convenientemente. Pero los humanos con el tiempo también aprendimos a fijar las palabras en una escritura, con signos que podían ser grabados sobre una piedra, pintados sobre una tabla de madera o metal o escritas sobre papel o cuero. Así la palabra podía ser conservada a través de los tiempos. Dios habló a sus profetas y estos no solo transmitieron esos contenidos a viva voz, sino nos legaron esas palabras por escrito.

No obstante, los humanos no hemos prestado demasiada atención a los llamados de Dios. Para reforzar las palabras en nuestra comunicación también solemos usar gestos o grabar o pintar ilustraciones. Así Dios para comunicarnos su amor y ya no dejar dudas sobre sus intenciones para con nosotros, se hace él mismo gesto, se hace ilustración en la persona de Jesús de Nazareth. En él la palabra de Dios se hizo carne y hueso, se hizo persona. Y así en la actitud, en la forma de actuar de Jesús, los humanos hemos podido ver —no solo oír— la voluntad de Dios. “De tal manera amó Dios al mundo, que envió a su hijo único, Jesucristo, para que todo aquel que crea en él no se pierda, pero tenga vida eterna” — nos dice la Escritura (Juan 3, 16).

En la conducta de Jesús hacia los hombres, mujeres y niños de su entorno podemos ver ejemplificado el amor que Dios prodiga a los humanos. En el sacrificio, en la entrega que Jesús hizo de su vida en la cruz, vemos de forma contundente e inconfundible la intención de Dios para con nosotros: Dios invierte, apuesta su vida para nuestra salvación. ¿Quién puede hacer semejante regalo, si no es por puro amor? Y esa buena noticia, ese Evangelio, de que Dios nos ama tanto que ha estado dispuesto a pagar un precio tan alto por nuestras vidas, nos llega hasta hoy por su palabra escrita y predicada a viva voz.

Pero para un mejor entendimiento aún, Dios nos ha dado también señales visibles de su amor y gracia. Estas ilustraciones de su palabra son los sacramentos: el bautismo y la comunión. Es sin duda útil y provechoso, si de vez en cuando nos ponemos a reflexionar un poco acerca del significado de estas señales, de la “palabra de Dios ilustrada” como la solía llamar el Dr. Martín Lutero; y esto más allá de los momentos en que celebramos los sacramentos y que, desafortunadamente, muchas veces los practi-camos mecánicamente. Pues las imágenes solas, sin palabras explicativas, suelen ser ambiguas o hasta incomprensibles. Por ello quiero explicar hoy ese gesto del bautismo que nos encomendó realizar el Señor. Sí, tenemos un mandato del Señor, de ir a todas las naciones y hacer discípulos a esas personas y bautizarlas y enseñarles todo lo que él nos enseñó a nosotros, tal como lo escuchamos hoy como texto de predicación.

Bautizamos en nombre de Dios con agua. El agua —como ustedes saben— tiene muchas aplicaciones. Es imprescindible para tomar, para el crecimiento y mante-nimiento de todos los seres vivos. Pero también la usamos para limpiar. Sí, el bautismo es como un baño. Nos quiere ilustrar que la palabra de Dios nos limpia, nos purifica, nos perdona nuestras faltas, nuestros errores, nuestras culpas. Visto que bautizamos no solo a personas adultas, sino también a niños de muy corta edad, el bautismo nos muestra que el precio pagado por Dios en la cruz por nuestras vidas, también es válido para las pequeñas criaturas, aunque las consideremos inocentes y sin culpa.

El bautismo es a la vez un acto mediante el cual celebramos precisamente esto: que Dios acepta a una nueva criatura como hija o hijo suyo, como nuevo miembro de su familia, como hermano o hermana de Jesús. Él nos acepta y nos purifica como sus criaturas privilegiadas. Originalmente el bautismo se celebraba con personas adultas, que antes de someterse al baño de purificación, debían confesar públicamente, es decir, delante de toda la congregación reunida, su decisión de arrepentimiento por las faltas cometidas como así también su decisión de mejorar su conducta en el convencimiento y la esperanza puestas en el perdón de Dios. En esa oportunidad debían confesar esa fe en Jesucristo, su disposición a obedecerle y serle fiel como a su Señor. Pero esta decisión debía ser tomada con toda libertad. Dios no obliga a nadie a pertenecer a su familia. Él nos ha dado plena libertad para amarlo o rechazarlo. Por ello al realizarse la ceremonia se le formula al nuevo fiel la pregunta: si desea ser bautizado.

Entonces, querer pertenecer a la familia de Dios significa estar dispuesto a vivir de acuerdo a la voluntad de Dios, es decir vivir del amor de Dios y compartir ese amor con los demás, vivir respetando la justicia de Dios. Como consecuencia de esa decisión, el bautismo también supone la disposición a cambiar de estilo de vida, es decir, dejando atrás esa manera de vivir a espaldas de Dios. En otras palabras, el bautismo supone un acto de conversión, una vuelta de ciento ochenta grados, un volverse a Dios.

La pregunta que entonces nos surge es: ¿Puede el ser humano por propia iniciativa convertirse a Dios? Vemos cuán difícil es, a veces, convencer a una persona de las bondades y beneficios que brinda una vida en comunión con Dios. En realidad el ser humano no está en condiciones de tomar por si mismo semejante decisión. Si lo hace es porque Dios ama a sus criaturas y nos llama por medio de su Espíritu Santo a volvernos siempre de nuevo a él. El bautismo es pues también una señal del perdón de Dios que produce la renovación, la restauración de las personas. Por ello asociamos el bautismo con el renacimiento, como el renacer a una nueva vida por medio del Espíritu de Dios.

Esa decisión de fe, obviamente, no la podemos exigir a un niño o a una niña pequeños. En su lugar son los padres y los padrinos, quienes ponen a la criatura en manos de Dios, los que deben prometer que la educarán en el amor y la obediencia al Señor, y contarle también, a medida que vaya creciendo en entendimiento, lo que el Señor hizo con y por ella, esto es, que la aceptó como su criatura y la integró a su familia. Así, más adelante, habiendo avanzado en su capacidad de discernir y previa instrucción más profunda en la palabra de Dios, podrá confirmar su fe en Dios y por sí misma aceptar o rechazar lo que Dios hizo con ella en el bautismo. El poner a una criatura en las manos de Dios tampoco es una decisión puramente humana. También allí contamos con la iniciativa divina a través de su Espíritu Santo. Es Dios el que nos llama a poner la vida del niño o la niña bajo su palabra, bajo su amor y cuidado. Y es así que elegimos una palabra determinada y que consideramos adecuada extraída de las Escrituras y se la ponemos como lema para su vida a la vez que le ponemos un nombre propio.

Pero el bautismo no solo es un acto personal, es también la señal por medio de la cual en forma oficial y visible una  nueva persona aceptada por Dios también es integrada aquí en este mundo a una congregación de creyentes concreta. Por ello es un contra-sentido la celebración de bautismos en recintos privados y sin presencia de la comunidad. La congregación de los que le son fieles a Jesucristo es también llamada por el apóstol Pablo, “el cuerpo de Cristo” en su comparación de la iglesia con un cuerpo humano en la que cada miembro tiene una función. En este cuerpo, Jesucristo es la cabeza, pero siendo los creyentes miembros de ese cuerpo, estamos unidos indefec-tiblemente a Jesucristo. Así, dice el apóstol, tenemos parte en la muerte y en la resurrección de Jesucristo. Es como que nosotros hubiéramos muerto y por tanto liquidado toda nuestra vieja existencia con todas sus fallas y males y a la vez resucitado junto a Jesús y así renacidos a una  nueva existencia libres de las ataduras del mal.

Con todo, el ser humano, aunque bautizado, tiene la tendencia de volver a caer siempre de nuevo en su viejo estilo de vida apartado de Dios. Pero el estar unidos a Jesucristo nos pone en un proceso de perfeccionamiento y santificación que seguramente durará toda nuestra vida en esta tierra hasta que el Señor le dé su acabado perfecto según el plan que tenga para cada uno de nosotros. Por ello y en esa misma línea, el Dr. Martín Lutero en la cuarta parte de su Catecismo Menor, señala que el bautizar con agua “significa que el viejo Adán en nosotros debe ser ahogado por pesar y arrepentimiento diarios y que debe morir con todos sus pecados y malos deseos; y asimismo, también cada día debe surgir y resucitar el nuevo hombre para vivir eternamente delante de Dios en justicia y pureza”. En este contexto no es óbice la costumbre de rememorar el día de nuestro bautismo, a los fines de recordar la responsabilidad que nos cabe como personas bautizadas.

Quiero terminar esta reflexión deseando que el Señor continúe bendiciéndolos a todos ustedes recordándoles que él los ha llamado, que él le ha puesto nombre y que a él le pertenecen,  para siempre (Isaías 43, 1). Que así sea!

Federico H. Schäfer,

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