Proverbios 3,1–12

· by predigten · in 20) Sprüche / Provers, 9. So. n. Trinitatis, Archiv, Beitragende, Bibel, Current (int.), Español, Federico H. Schäfer, Kapitel 03 / Chapter 03, Kasus, Neues Testament, Predigten / Sermons

10º domingo después de Pentecostés | 02.08.2026 | Proverbios 3,1–12 | Federico H. Schäfer |

 

Estimadas hermanas, estimados hermanos:

Ante el libro de los Proverbios en el Antiguo Testamente fácilmente podemos obtener una impresión negativa y exclamar : ¡Cuánta moralina! Haz esto, deja aquello, etc. etc. Al menos como evangélicos luteranos, la moralina siempre nos suena sospechosa; una receta para volver a la justificación por las obras. Con todo, estos proverbios siguen estando en la Escritura y siendo Palabra de Dios; y como dice el apóstol Pablo a su joven colaborador Timoteo: “….útil para enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien” (2º Timoteo 3, 16-17).

En este sentido estoy convencido, que el párrafo previsto para la predicación de hoy, también tiene algo importante que decirnos a nosotros. Es decir: desde el contenido literal y nuestro conocimiento racional seguramente no hay nada nuevo en este texto que no hayamos oído ya muchas veces: la virtud de actuar con amor, buscar la verdad, priorizar la confianza en Dios ante la propia sabiduría, combatir el orgullo propio, rechazar el mal, ser desprendido y generoso y aceptar la corrección. Desde niños nos han inculcado estos conceptos. Sin embargo, una cosa es que sepamos todas las normas éticas, y otra cosa es que hayamos internalizado estas pautas, que se hayan hecho carne y hueso en nosotros.

Desafortunadamente el ser humano, como todos sabemos, tiene la natural tendencia a recaer en su vieja esencia. Siempre de nuevo rebrota en él el “viejo Adán”, como solía decir el Dr. Martín Lutero. Es difícil y constante la luchas con el propio yo. Y si desde niños nos han inculcado demasiado toda clase de normas, podemos haber creado una especie de rechazo a todo ello, una especie de inmunidad, un “cuero grueso” sobre el cual reboten todos esos muy bien intencionados consejos. Por otro lado, puede ser también, que se haya formado en nosotros un “superego” tal, que nos reprime inconscientemente y coarte nuestra espontánea manera de ser, por miedo a cometer un error. Pero, por cierto, esta no es la intención de estas exhortaciones: no nos quieren crear complejos (de culpa) ni convertirnos en “fariseos” hipócritas.

Los eventuales vicios de interpretación de los Proverbios los podemos evitar, si rescatamos y ponderamos el foco de esta perícope, que yo lo veo allí donde se nos habla de la necesidad de poner nuestra confianza en Dios y no en nuestra propia inteligencia, o lo que es lo mismo, en todos los productos de nuestra presunta sabiduría, en nuestra

ciencia, en nuestras obras. Si poniendo toda nuestra confianza en Dios, logramos desprendernos de esa búsqueda (implacable) de reconocimiento de nuestros presuntos méritos; si logramos poner una distancia crítica entre nosotros y nuestro obrar, obtendremos una libertad que nos hará aptos par aceptar, que Dios mismo o que Dios a través de nuestros hermanos nos corrija. Esa misma libertad también nos hará aptos para desprendernos de nuestras riquezas superfluas; nos hará aptos para amar, para buscar y encontrar la verdad, también la verdad sobre nosotros mismos.

Pienso que estas máximas, que en nuestro texto parecen estar dirigidas solamente a una persona, a un individuo, asimismo son aplicables a grupos humanos, los cuales, consi-derando las naturales inclinaciones de los individuos que los componen, rápidamente actúan como corporaciones centradas en una especie de egoísmo colectivo, donde no se busca el bien común de toda una sociedad, sino de defender los intereses del grupo; incluso a veces a capa y espada (Por ejemplo: los fans de un club de fútbol). Desafor-tunadamente esta conducta también suele ser habitual en muchos grupos eclesiásticos, lo que impide la integración de una congregación o de toda una iglesia o de un conjunto de iglesias que pretenden ser ecuménicas.

También en este caso una mayor confianza depositada en Dios y una menor estima puesta en las acciones realizadas o proyectadas por el propio grupo, ayudaría a la auto-crítica y apertura del mismo. Cuanto más tiempo estuve involucrado en el pastorado de congregaciones y en la dirección de instituciones eclesiales me he tenido que dar cuenta, que también en ellas no se han podido superar los egoísmos de grupo, lo cual, obvia-mente, entorpecía la integración de las mismas congregaciones, de las instituciones, de la iglesia toda, de las organizaciones ecuménicas.

Así, pues, nos viene muy bien escuchar con detenimiento las exhortaciones que hoy nos brinda la Palabra de Dios, ya que, aunque sean exhortaciones que ya conozcamos sobradamente, aún no se han hecho carne y hueso en nosotros todos. Pero es necesario que penetren en nuestros corazones y mentes y se exterioricen en nuestras actitudes cotidianas. Solamente así podremos dar el testimonio común acerca de Jesucristo que pretendemos dar y que también se espera de nosotros.

La ciudad asentada sobre una loma, no puede quedar oculta —dice el dicho. Pues, nuestra congregación, nuestra iglesia, aunque pequeña y minoritaria, tampoco perma-nece oculta. Hemos obtenido cierto reconocimiento, en el municipio, en el barrio; sí, nos miran y esperan algo de nosotros. Más de uno se ha acercado a nuestra congre-gación. Le ha encontrado sentido a nuestra proclamación, le han gustado las celebra-ciones, finalmente ha tomado la decisión de adherirse a la misma. Pero, lamenta-blemente, muchos de ellos volvieron a abandonar la susodicha comunidad, cuando al tiempo se dieron cuenta, que al interior de la misma se desarrollaban las mismas falencias, las mismas actitudes egoístas, orgullos y prejuiciosa de clase, etc., que en cualquier otra organización.

Ante semejantes realidades, obviamente, crecen los desafíos y las obligaciones. No nos olvidemos, que no estamos para satisfacernos a nosotros mismos, sino que tenemos un encargo importante de nuestro Señor; y esto es, de proclamar las buenas nuevas hasta los confines de la tierra y hacer discípulos a todas las naciones y enseñarles todo lo que él nos enseñó a nosotros. Pero solo volviéndonos una y otra vez a Dios y dejándonos corregir por él podremos responder debidamente a esos desafíos y compromisos.

Por ejemplo: En sínodos, encuentros pastorales y conferencias ecuménicas interna-cionales aprobamos en línea con lo que consideramos fue el espíritu de nuestro Señor Jesucristo, la priorización de nuestra atención a los pobres, a los sencillos, a los discapacitados, a los que viven en situación de calle, etc., Pero estas recomendaciones en el sentido de enfatizar nuestra labor diaconal no deben quedar apenas en bien inten-cionadas actas, sino que deben llevarse a la práctica concreta, deben convertirse en posturas y actitudes testimoniales surgidas más del amor a Dios y al prójimo, que de la confianza en la inteligencia humana.

Años atrás y en virtud de profundas crisis económicas que atravesaron los países en los que se desenvuelve nuestra iglesia, llevaron asimismo al agotamiento de sus arcas sinodales. La situación económica de entonces nos ha casi forzado a corregir nuestro rumbo, a mirar más para arriba que a nosotros mismos. Nuestra sabiduría había llegado a sus límites. Pero el Señor no nos abandonó, proveyó de recursos mediante la asistencia solidaria de iglesias hermanas. Esto nos ayudó a salir nuevamente hacia adelante, pero también a dejarnos corregir y optar por otros caminos más ciertos. Esto es apenas una anécdota, entre tanto histórica, pero nos muestra que las advertencias del libro de los Proverbios no son inútiles.

Pero tengamos cuidado: Los Proverbios que nos ocupan no están inscriptos en una suerte de teología de la prosperidad. Nuestra oportuna generosidad no va a llevar automáticamente a que “nuestros pesos se conviertan en dólares “, o sea que en ese momento se le multiplicaran por mil, como lo manifestara hace poco a viva voz uno de esos exitosos predicadores autoconvocados, pero charlatanes al fin. Con el Señor no podemos hacer trueque. Seguiremos viviendo de la gracia de él en la confianza de que él nos ama como un padre ama y corrige a su hijo favorito.

Sera nuestra sabiduría no enojarnos, cuando el camino de nuestra vida resulte con vueltas y sinuosidades en contra de nuestra esperanza de un camino rectilíneo, que a nuestro criterio merecíamos por haber buscado siempre el amor y la verdad. No sabemos los planes que el Señor abriga para cada uno de nosotros. Pero sea como fuere, el Señor no dejará de cumplir su promesa de una vida eterna a quienes siempre buscaron el amor y la verdad. Amén.


Federico H. Schäfer,
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