Romanos 11, 25 – 36

· by predigten · in 06) Römer / Romans, 10. So. n. Trinitatis, Beitragende, Bibel, Current (int.), Español, Federico H. Schäfer, Kapitel 11 / Chapter 11, Kasus, Neues Testament, Predigten / Sermons

Sermón para 11º domingo después de Pentecostés | Texto: Romanos 11, 25 – 36  (Leccionario EKD, Serie II) | 09.08.2026

Estimadas hermanas, estimados hermanos:

Posiblemente lo he repetido ya muchas veces, esto es, que tenemos un mandato de nuestro Señor en el sentido de ir a las gentes de todas las naciones y hacerlas sus discípulos, bautizarlas en el nombre de Dios y enseñarles a obedecer todo lo que él nos ha mandado (Mateo 28, 18ss). Ya desde muy temprano en la iglesia cristiana la tarea evangelizadora, la tarea de llevar las buenas nuevas a todas las personas ha quedado más o menos en manos de los predicadores (pastores, evangelistas, misioneros, etc.) encargados especialmente con esta tarea. De hecho, Jesús encomienda con esta tarea a sus discípulos más cercanos, aunque también tenemos un testimonio según el cual en cierta ocasión envió a un grupo de discípulos más amplio (Lucas 10, 1ss). No vamos a negar que a lo largo de la historia muchas otras personas convencidas de la fe en Jesucristo han dado testimonio de estas buenas nuevas incluso en circunstancias que demandaban una alta cuota de valentía. Tampoco vamos a olvidar que la iglesia más allá de los ya nombrados predicadores tiene muchos otros colaboradores que realizan una tarea evangelizadora desde otras profesiones (diáconos, médicos, maestros, etc.). Desafortunadamente también es verdad, que una enorme cantidad de cristianos, o presuntamente cristianos, no se han ocupado demasiado en este servicio, considerándolo suficientemente bien delegado en los profesionales especialmente encomendados.

También es cierto, que la encomienda de la tarea de realizar la proclamación de las buenas nuevas a personas especialmente elegidas para ello, siempre tuvo que ver con la necesidad de tener un mínimo de conocimientos acerca del contenido de nuestra fe, de la capacidad de dar un testimonio cierto del decir y obrar de nuestro Señor Jesucristo. Y, más tarde, habiendo ya pasado la época de los primeros testigos, y la realidad de tener que abrevar los contenidos de la fe en escrituras y tradiciones, se hacía necesaria la capacidad de poder interpretar el mensaje, a partir de ellas en su verdadero sentido. A medida que el tiempo nos fue separando cada vez más de la venida de Dios al mundo en carne y hueso, también se hizo necesaria una sistematización de los hechos y dichos que constituyen nuestra fe para defenderla de otras creencias y filosofías, incluso de aquellas que sutilmente se inmiscuían en ella a riesgo de cambiarle su sentido original. Así es que nace la teología, la ciencia que estudia la documentación sobre el hecho de Cristo —–básicamente las Sagradas Escrituras— y que debe ser el sustento de toda procla-mación, que siempre será lo más ajustada posible a la verdad.

Dicho esto, es que se justifica, ya desde hace varios siglos, que los encargados de la proclamación de las buenas nuevas hayan realizado correspondientes estudios de teología, que les permita realizar el mejor ejercicio hermenéutico en busca de la adecuada comprensión y transmisión del mensaje a las gentes. Como tanto los predicadores como las personas receptoras del mensaje cristiano no viven en el aire, en el vacío, los predicadores no solo tendrían que estudiar los idiomas originales en que se han redactado las Escrituras y la sistematización de la doctrina cristiana, sino que tendrían que estudiar también la situación en que se encuentra el interlocutor del mensaje en toda su integralidad. Es necesario conocer a las personas a las que hablamos, su entorno, sus relaciones personales, familiares, laborales, sociales, como partes de una comunidad, de un pueblo, de una nación, sí, del mundo entero. La cosa pública, el bien común, la política no puede ser abstraída de este proceso de aprendizaje. Para el con-suelo de las personas y su atención pastoral tampoco puede dejarse de lado el cono-cimiento de rudimentos de la psicología. Con justa razón y quizás como correctivo de lo que se hacía antes, es que en los últimos decenios se enfatizó mucho en la necesidad de “hacer teología en contexto”. Como decía el célebre teólogo suizo Karl Barth, es necesario confeccionar el sermón con la Biblia en una mano y el periódico en la otra.

Con todo lo dicho, no los quiero cansar ni complicarles la existencia. No obstante, quiero continuar todavía un poco con el contexto. Hacemos, de acuerdo con el Evangelio, la opción por las gentes más pobres, los excluidos y marginados, los desocupados y oprimidos, los sin tierra y sin techo. También nos ocupamos de los desafíos que nos presenta la problemática de género, de los discapacitados, de los abusos sexuales, etc. En el mundo ecuménico y globalizado en el que estamos insertos no podemos, empero, olvidarnos de los desafíos que nos presenta la pluralidad religiosa y de la discriminación que se ejerce, muchas veces sutilmente, en este aspecto. Hay lugares en el mundo en los que tal discriminación adquiere ribetes preocupantes. En otros incluso se montan guerras sobre ellas, aunque más no sea como pantalla para justificar otros intereses. No olvidemos que para ciertas culturas lo político y lo religioso es inseparable. Además a los cristianos en general, la historia nos acusa por lo que nuestros ancestros no han podido evitar, tanto en el viejo mundo, como en América, en África o en Asia.

Voy ahora a nuestro texto de hoy. El apóstol Pablo está en medio del conflicto, habida cuenta de que la comunidad cristiana surge del entorno judío. Lo que en tiempos de Jesús aún podía aparecer un tanto confuso desde afuera y como el intento de un profeta de reformar al judaísmo, a la hora de escribir esta carta, para Pablo ya aparece como un problema más perfilado. Y él sabía de lo que hablaba, pues lo había experimentado en carne propia: las nacientes comunidades cristianas versus las comunidades judías. Para los convencidos de que Jesús era realmente el Mesías esperado y enviado por Dios, aquellos que lo habían enviado a la cruz no podían aparecer sino como enemigos de Dios. Y esto, como se sabe, quedó acuñado en la tradición cristiana por casi veinte siglos, como si durante todo ese tiempo nadie hubiera leído de forma completa este párrafo bíblico que estamos tratando.

Pero Pablo dice saber de un secreto dentro del plan de Dios para con la salvación de los judíos. No quiero especular sobre cómo Pablo se dio cuenta de este secreto. Lo cierto es que en cuanto a la reconciliación del pueblo judío con Dios, él interpreta que hay tan solo una postergación en el tiempo —visto obviamente desde una perspectiva humana, pues qué es tiempo para Dios. Afirma Pablo que Dios ama al pueblo judío, a pesar de su desobediencia. Y asimismo, que todos de última, hemos vivido y vivimos dando la espalda a Dios. No lo dice aquí, pero sí en otro capítulo de esta carta (cap. 3, vers. 9ss), esto es,  que no hay ni un ser humano que pueda ser considerado justo por Dios y que todos dependemos de que Dios nos justifique y tenga compasión de nosotros.

Así no hay razón para que los cristianos se sientan superiores o más sabios que los judíos. Todos  necesitamos del amor y el perdón de Dios. Esto los cristianos nos lo debemos inculcar. No quiero que se me entienda mal; con lo dicho no quiero diluir el hecho de Cristo. Pero no hay lugar para la discriminación o la desdeñosa tolerancia. Acostumbrados, hoy más que nunca, que todo tenga su pecio: ¿Consideramos que Dios debe premiar nuestra fe? Pablo dice: ¿Quién le ha dado algo a Dios para que él tenga que devolvérselo? La reconciliación de los judíos con Dios está en manos de Dios y no en las nuestras. Vivimos de su gracia, y la riqueza de Dios es profunda y tal vez inexplicable; en todo caso, merecedora de nuestra alabanza y agradecimiento y no de nuestras prescripciones.

Hacer teología, misión y trabajo pastoral en contexto incluirá por ello el diálogo interreligioso y el esfuerzo por una convivencia en paz, máxime, cuando afirmamos que nuestro Dios es el único y el mismo para todos. No quiero forzar el texto de predicación, pero me pregunto si el hacer teología en contexto y cumplir con nuestro mandato misionero no debería considerar asimismo el diálogo interreligioso con los otros descendientes del patriarca Abraham, me refiero a nuestros hermanos islámicos.

Me pregunto, si en aras del exuberante amor de Dios para con sus criaturas humanas, y por el amor que los cristianos, por lo menos declaramos que sentimos por Dios, no podríamos incluso servir de puente ecuménico entre judíos e islamitas. Jesús nos pidió compartir el amor que él nos prodigó y prodiga también hasta con nuestros enemigos. ¿Es esto una utopía? Creo que vale la pena encararla. Para ello la herramienta funda-mental es el diálogo, es saber ponerse en la camiseta del otro. Aprender a dialogar, por otro lado, no es útil solamente para el diálogo interreligioso, sino también para el diálogo intercristiano y, no por último, para el trabajo pastoral y evangelizador cotidiano. Nos ayudará además a crecer y madurar en nuestra propia fe y a entrar en comunicación con las otras personas a las que queremos transmitir las buenas nuevas del Señor.

Para dialogar es premisa aceptar al otro, que no es más, pero no menos que yo, ser humano, con su dignidad dada por Dios a todos por igual y cubierta por el manto de su amor y misericordia. Practiquemos, entonces, el diálogo con nuestros vecinos, con nuestros compañeros de trabajo, con nuestros cónyuges e hijos, con los que compartimos la vida en nuestro entorno y en el mundo entero y contémosle a las gentes acerca del amor de Dios y de las obras que hizo y hace a favor nuestro, particularmente de la que hizo a través de su hijo Jesucristo. Qué él nos bendiga en el emprendimiento! Amén.

 Federico H. Schäfer,

Email: <federicohugo1943@hotmail.com.com>